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Niurka Montalvo, de Cuba al record de España de longitud, subcampeona del mundo

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    GÉNERO
DEPORTE

    TEMA
¿Quieres ser español? (por Margarita Márquez Padorno)

    OTROS DATOS




Iván Pérez, selección española de waterpolo

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Alfredo Di Stefano, uno de los primeros deportistas nacionalizados

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Los españoles Brabender y Luyk, grandes baloncestitas mundiales

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Magazine/Nuestro Mundo
¿Quieres ser español?
Por Margarita Márquez Padorno, sábado, 17 de noviembre de 2001
Durante la última década el deporte español, en casi todas sus modalidades, tiene una nueva fórmula para elevar el nivel de sus éxitos: la nacionalización de deportistas extranjeros de alto nivel que, bien por venir de países en vías de desarrollo, zonas en conflicto o por tener en sus lugares de origen una competitividad altísima, recalan en las federaciones de nuestro país para aportar a éstas una subida considerable en los medalleros internacionales.
Este sistema que en un primer momento produce éxitos importantísimos, puede desembocar en un plazo algo más largo, a la destrucción de la cultura y la educación básica deportiva que todo estado debe reforzar y fomentar.

Esquí, esgrima, atletismo, waterpolo, baloncesto, fútbol, natación..., prácticamente todos los deportes federados en nuestro país conocen casos de atletas nacidos en tierras lejanas que visten la camiseta de la selección nacional dejando al lado de sus resultados extraordinarios el nombre de España en podios, medalleros y records. ¿Son realmente éxitos del deporte español? ¿Es beneficioso a la larga “inflar” los resultados de las federaciones para la cultura deportiva de nuestro país?

Hace décadas ya hubo polémica por el tema de “los oriundos”· Para evitar la ocupación de las dos plazas de extranjero con deportistas nacidos en Hispanoamérica y dejar éstas libres sobre todo en los clubes de fútbol y baloncesto, se ideó esta “triquiñuela” que permitía fichar a grandes estrellas del otro lado del Atlántico y de la que Di Stefano fue uno de los pioneros. Menos oriundos, pero no por ello menos españoles, fueron Brabender, Luyk, Puskas o Kubala. Pero eran casos aislados y nadie ponía en duda que por ello fuera a empeorar la educación deportiva en nuestro país, porque ¿podía ésta ser peor?
Es más barato y más rápido becar a un excampeón mundial huido de un país del Este venido a menos que impulsar entre los escolares un deporte, preparar técnicos, pagar viajes y organizar competiciones que lleven, quién sabe cuándo, a tener entre nosotros un plusmarquista internacional

Sin embargo, la política de base y la apertura, por tanto, a la cultura deportiva que se abrió a raíz de la candidatura y posterior designación de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos de 1992, se convirtió por fin en el germen de un futuro prometedor. El fomento de los campeonatos escolares, hasta entonces meros fuegos fatuos para verter parte de los presupuestos de los Institutos Municipales de Deporte, la creación de los centros de iniciación técnico/deportiva (CITD) y las ayudas al deportista olímpico, fomentadas por el Consejo Superior de Deporte, son algunos de los ejemplos de lo que seriamente comenzaba a ser un verdadero desarrollo del deporte base en nuestro país.

Pero éstas son operaciones largas, con resultados que no siempre son los esperados y a veces hay más prisa por obtener beneficios sonoros que una base fuerte de la que –eso sí, a la larga- sacar poco a poco balances positivos. Así que lentamente, a través de matrimonios, estancias prolongadas, parientes y antepasados españoles, las federaciones, que reciben ayudas y subvenciones del estado a través del Consejo Superior de Deportes, han encontrado un filón con el que responder a los resultados exigidos cada temporada. Es más barato y más rápido becar a un excampeón mundial huido de un país del Este venido a menos que impulsar entre los escolares un deporte, preparar técnicos, pagar viajes y organizar competiciones que lleven, quién sabe cuándo, a tener entre nosotros un plusmarquista internacional.
Este nuevo fenómeno de “españolización” tiene, por supuesto, muchas ventajas y, llevado con sumo cuidado puede reportar beneficios (...) La posible escuela que a través de estos fichajes y sus entrenadores se puede crear llevaría a la mejora de nuestras bases, no sólo para nuestros futuros atletas, sino también para incentivar en la sociedad una cultura del deporte bien orientada de la que anda hoy en día tan carente

Este nuevo fenómeno de “españolización” tiene, por supuesto, muchas ventajas y, llevado con sumo cuidado puede reportar beneficios: en primer lugar, ofrecer al deportista recién llegado un lugar donde desarrollar con comodidad la especialidad para la que se ha preparado durante tantos años, brindándole unas facilidades que le permitan mejorar sus marcas y en un futuro un medio profesional para transmitir sus conocimientos técnicos. Esto último también ayuda a fomentar el deporte entre nuestros jóvenes que han tenido al “nuevo español” como referente en las competiciones internacionales donde ha luchado con los mejores por los puestos más altos.

La posible escuela que a través de estos fichajes y sus entrenadores se puede crear llevaría a la mejora de nuestras bases, no sólo para nuestros futuros atletas, sino también para incentivar en la sociedad una cultura del deporte bien orientada de la que anda hoy en día tan carente.

Más pesimista es la realidad de nuestras federaciones, divididas en reinos de taifas, llenas de intereses políticos y personalistas que poco ayudan a crear esta mejora para todos a través de la nacionalización. Sin una política de seguimiento y cuidado del deporte tanto en su faceta de escaparate (las selecciones nacionales) como en sus apoyos (la base, es decir, el deporte escolar, los clubes, la universidad), la venida a España de estos grandes participantes de la élite mundial no contribuirá al desarrollo deportivo en general. Muy al contrario: si bien es cierto que la consecución de éxitos internacionales, plusmarcas nacionales continuas y mejoras de equipo llegarán –de hecho están llegando-, no pasa el triunfo de tener al deportista nacionalizado durante un tiempo, más bien corto, en la cumbre.

Sin el cuidado a la estrella, proporcionándole sus antiguos entrenadores o preparando técnicos propios en escuelas internacionales, el atleta se echará a perder. Si no se le prepara un futuro profesional, sus conocimientos se desvanecerán conforme su carrera entre en declive. El que sea imagen para los jóvenes a través de los grandes eventos internacionales donde ha triunfado se verá mermado, incluso se convertirá en una semilla de xenofobia, si no se acompaña de una adecuación a nuestro desarrollo: es decir, la plusmarca nacional es siempre el referente de las federaciones a la hora de convocar selecciones y otorgar becas; si el resultado está hinchado por cuanto la medida es un “record extranjero-nacionalizado” esas marcas, por tanto las convocatorias y ayudas, son inalcanzables por los españoles.

Quizás sea cuestión de preguntarnos qué es lo que queremos de verdad en materia deportiva: aprovecharnos de la buena preparación y desarrollo de desafortunados cuyos países o situaciones personales no están en su mejor momento para tener a través de ellos una medalla o un momento de gloria en las grandes competiciones, o ayudar a través del fomento del deporte a buscar un futuro para estos superdotados que a la vez redunde en un proceso de retroalimentación a nuestra propia cultura deportiva.
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