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Carlos Malamud es profesor de Historia de América de la UNED y Subdirector del Instituto Universitario Ortega y Gasset

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Enrique Bolaños

Enrique Bolaños

Daniel Ortega

Daniel Ortega

Arnaldo Alemán

Arnaldo Alemán


Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Nicaragua: el reino de los caciques, el paraíso de la corrupción
Por Carlos Malamud, sábado, 17 de noviembre de 2001
El pasado cuatro de noviembre se celebraron elecciones presidenciales en Nicaragua. Pese al empate técnico que pronosticaban las encuestas, la victoria de Enrique Bolaños, el candidato liberal, sobre el sandinista Daniel Ortega fue aplastante y la diferencia entre uno y otro fue superior al 14% de los votos.
Con el escrutinio prácticamente acabado, Bolaños obtenía 1.228.412 votos (el 56,31%), mientras que Ortega alcanzaba los 922.436 sufragios (el 42,28%). Por su parte, el candidato del Partido Conservador sólo conseguía un testimonial 1,41%, que en las parlamentarias subía por encima del 3%. ¿Cómo explicar este resultado, producto de la gran polarización electoral que atravesó el país? En primer lugar por la altísima participación, la mayor en esta etapa de la democracia nicaragüense. Una buena parte de los analistas pensaba en una alta abstención, que de haberse producido podría haber beneficiado al sandinismo, que cuenta con un electorado mucho más disciplinado que el liberal. En segundo lugar, y esto es mucho más importante, por el notable rechazo que Daniel Ortega produce entre los nicaragüenses, alentado esta vez por la postura de la Iglesia católica y de los Estados Unidos, que de alguna manera apostaron al voto del miedo.

Sin embargo, hay que reconocer que los nicaragüenses no necesitan muchos argumentos para dejarse convencer de las graves y serias limitaciones de Daniel Ortega y de las notas negativas de su pasado. Su empecinamiento en volver a presentarse por tercera vez le costó al sandinismo y a sus aliados la derrota. Si hubiera dado un elegante paso al costado y en su lugar se hubiera presentado, por ejemplo, el alcalde de Managua, los resultados podrían haber sido diferentes. Esta situación nos alerta sobre la urgente necesidad de renovación del sandinismo, un partido que vive anclado en el pasado y en las viejas glorias de sus antiguos comandantes, por más que Daniel Ortega en esta ocasión haya dejado de encomendarse a los santos del panteón revolucionario y haya escogido a Jesús como compañero de viaje, cambiando el tradicional rojo y negro de los sandinistas por el más moderado rosa pálido.

El elevado nivel de participación alcanzado permite albergar una cierta esperanza acerca del futuro de la democracia nicaragüense, más allá del negro recuerdo de tanta corrupción y de las componendas de sus principales caudillos

Una vez más el sandinismo ha despreciado una oportunidad de oro para recuperar el gobierno. Nunca como hasta ahora había existido un consenso popular tan amplio sobre la naturaleza corrupta del gobierno de Arnoldo Alemán. Basta ver la forma exponencial en que han crecido los saldos de sus cuentas corrientes y el número de sus propiedades. La repulsa generada por tamaña inmoralidad, es decir por el expolio cometido por el gobierno liberal saliente, hizo crecer las expectativas de una alternancia en el poder, de acuerdo con el resultado de las encuestas que se iban conociendo con anterioridad a la cita electoral. Sin embargo, si el rechazo a los corruptos era grande, el recuerdo de las penalidades sufridas durante la guerra con los contras y de las tropelías cometidas por muchos sandinistas hasta 1990, sintetizadas en la ya clásica expresión de la piñata, era bastante mayor.

Como ya se ha dicho, la posibilidad de que los sandinistas volvieran al poder provocó una importante movilización popular, que coincidió con una campaña electoral activa y relativamente tranquila, pese a los vaticinios agoreros de unos cuantos analistas. Una parte de la sociedad nicaragüense se movilizó para acabar con la enorme corrupción protagonizada por Alemán y sus huestes, que recordaba los negros tiempos de Somoza, mientras que otra parte lo hizo para evitar el retorno de Ortega y los viejos comandantes al poder. De todos modos, el elevado nivel de participación alcanzado permite albergar una cierta esperanza acerca del futuro de la democracia nicaragüense, más allá del negro recuerdo de tanta corrupción y de las componendas de sus principales caudillos.

El problema es qué hará, o qué podrá hacer, el próximo presidente, Enrique Bolaños, para sacar a su país de la postración actual


Arnoldo Alemán y Daniel Ortega son los máximos responsables de la crisis política que atraviesa el país. Llevados por su necesidad de impunidad frente a la justicia (cada cual tiene sus propios problemas) y por su brutal y desmedida pasión por el poder negociaron en su momento una profunda reforma política que cerró las puertas de los comicios a muchas otras opciones, menores, pero igualmente trascendentes para el futuro del país. Basándose en los acuerdos alcanzados, los dos partidos mayoritarios se reservaron importantes parcelas de poder en organismos claves para la administración del país, como el Consejo Electoral. Gracias a ellos, el presidente saliente también se garantizó un escaño en el nuevo Congreso, lo que le permite aspirar a la presidencia del Parlamento. Con esta jugada no sólo mantiene un importante espacio de impunidad, a salvo de cualquier investigación que lo implique en casos de corrupción, sino también aspira a consolidar todavía más su liderazgo partidario. En este sentido vale la pena recordar que catorce de los diputados electos en su grupo parlamentario son parientes o amigos suyos. Como serán las cosas que el presidente de la Cámara de Industrias de Nicaragua le recomendó a Alemán apartarse durante dos años de la política, algo que con toda seguridad no hará.

Afortunadamente para el futuro inmediato de la democracia nicaragüense, y a diferencia de lo ocurrido en derrotas anteriores, Daniel Ortega ha reconocido rápidamente el triunfo de Enrique Bolaños, lo que ha servido para bajar el tono de crispación del país y disminuir la incertidumbre sobre su futuro político, lo que hubiera ennegrecido aún más las perspectivas del país. Nicaragua atraviesa momentos dramáticos. La crisis económica es terrible, los precios de los productos que exporta, comenzando por el café, no dejan de caer, la sequía ha golpeado al campo y el número de personas que vive bajo la línea de la pobreza sigue aumentando de forma constante. El problema es qué hará, o qué podrá hacer, el próximo presidente, Enrique Bolaños, para sacar a su país de la postración actual. Durante muchos años testigo silencioso de las tropelías de Alemán y los suyos, las dudas de muchos de sus compatriotas pasan por saber si el nuevo presidente tendrá el coraje necesario para liberarse de la tutela de Alemán y desarrollar un gobierno sin ataduras ni hipotecas. Para colmo de males, las múltiples e incumplibles promesas electorales también han comprometido su futuro de cara a la opinión pública. En América Latina, afortunadamente, los excesos orales a la hora de prometer comienzan a pagarse, que se lo pregunten si no al presidente peruano Alejandro Toledo cuya popularidad ha descendido en picado en los últimos meses por no haber satisfecho las enormes expectativas generadas entre los suyos durante la campaña electoral.

Circulan en Nicaragua algunos rumores alarmantes del deseo de Alemán y Ortega de convocar a una asamblea constituyente en un plazo de dos años con el objetivo de reformar la Constitución. De este modo se rebajaría la duración del mandato presidencial, Bolaños debería dejar el poder y los dos grandes caudillos nacionales podrían volver a presentarse a un nuevo comicio antes de que finalice el nuevo mandato presidencial. De forma paralela nos encontramos con otros mensajes claramente contradictorios, que indican que sería el propio Bolaños quien quiere modificar la Constitución en 2003 para anular el reparto de poder entre Ortega y Alemán que ha hipotecado el futuro del país y puesto en serio riesgo su gobernabilidad. Una u otra salida dependerán de la correlación de fuerzas dentro del partido gobernante. El panorama es terrorífico y la única solución pasa por que tanto el sandinismo como el Partido Liberal jubilen a sus viejos dirigentes, tarea complicada si se piensa que hoy por hoy son ellos quienes controlan el Congreso y tienen en sus manos los principales resortes del país. Sólo la renovación profunda de las estructuras partidarias, que implique acorralar a los viejos caudillos y a los enriquecidos corruptos, favorecerá el reencuentro entre Nicaragua y el desarrollo.
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