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El fuego sagrado y la bandera olímpica

El fuego sagrado y la bandera olímpica

    GÉNERO
DEPORTES

    TEMA
La vigencia del espíritu olímpico (por Margarita Márquez Padorno)



    OTROS DATOS
La autora del artículo, que es historiadora y deportista, fue Voluntaria Olímpica en los Juegos de Barcelona 92



Estadio Olímpico de Atenas 1896. Entrada del vencedor de Marathon, Spiridon Louis

Estadio Olímpico de Atenas 1896. Entrada del vencedor de Marathon, Spiridon Louis

Cartel de los Juegos Olímpicos de Estocolmo, 1912

Cartel de los Juegos Olímpicos de Estocolmo, 1912

100 metros lisos en Seul 88. El duelo Johnson-Lewis, la prueba reina

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Magazine/Nuestro Mundo
La vigencia del espíritu olímpico
Por Margarita Márquez Padorno, sábado, 20 de octubre de 2001
Durante más de cien años el movimiento olímpico ha sido el único guardián permanente de la paz mundial. Una tregua de unas semanas cada cuatro años se convierte en un símbolo que trasciende fronteras, ideologías y religiones para dar un halo de esperanza a una sociedad que se ha quedado sin otros valores comunes. El espíritu de los juegos es una herencia clásica modificada por Pierre de Coubertin a finales del siglo XIX: Una competición deportiva limpia donde todas las naciones del mundo participan con el fin de conseguir la unión y la concordia. Desde entonces la cita cuatrienal ha tenido graves crisis que por fortuna ha sabido superar.
El movimiento olímpico todavía perdura como la última gran reunión auténticamente internacional, el espacio que aglutina a toda la humanidad sin distinciones políticas, sociales o de credo. Durante las semanas en las que se desarrollan los Juegos, la tierra vuelve sus ojos a la sede olímpica y cada estado envía a ella sus mejores exponentes para reñir en lucha armónica con rivales y aliados. Es la tregua de Olimpia, el respeto al fuego sagrado redivivo cada cuatro años, como antaño, cuando el vate Píndaro hacía inmortales en sus versos a los vencedores de la lucha, discóbolos o aurigas.

Los participantes eran la aristocracia helena, ciudadanos libres de una serie de polis griegas que cerraban filas ante la posible presencia de extranjeros (bárbaros) que quisieran medir sus fuerzas en el monte sagrado de Zeus. Quizás fue ese hermetismo y su lenta evolución aperturista lo que llevó a su decadencia y definitiva desaparición.
Coubertin aprovechó y heredó para su iniciativa algunos símbolos del clasicismo olímpico como la proclamación de la tregua sagrada durante los juegos o la corona de olivo del vencedor, pero aportó otros que hoy en día pensamos tan clásicos como los anteriores: la antorcha olímpica, la suelta de palomas o el podio de los vencedores

Mucho han cambiado los Juegos de la era antigua a la moderna. Fue el pedagogo francés Pierre de Fredy, barón de Coubertin, quien a finales del siglo XIX resucitó y adaptó el más grande de los Juegos Panhelénicos. El esfuerzo de Coubertin, gran amante y conocedor de la Grecia Clásica, por convertir este espectáculo en una competición deportiva limpia donde participaran atletas de las más diversas naciones con el fin de propiciar una auténtica paz universal, le llevó a visitar reyes, altos mandatarios y diplomáticos de occidente hasta conseguir convocar en 1894 el Congreso Internacional de París para el Estudio y la Propagación del Atletismo. Con ello desbancaba el escepticismo y desprecio inicial a un interés que derivó unos meses después de la celebración del congreso en el nacimiento del Comité Olímpico Internacional. En su primera reunión se acordó restaurar los Juegos Olímpicos y proclamar la primera Olimpiada de la Era Moderna. En ellos participaron 14 países.

Coubertin aprovechó y heredó para su iniciativa algunos símbolos del clasicismo olímpico como la proclamación de la tregua sagrada durante los juegos o la corona de olivo del vencedor, pero aportó otros que hoy en día pensamos tan clásicos como los anteriores: la antorcha olímpica, la suelta de palomas o el podio de los vencedores, y otras que sí representan el romanticismo decimonónico de Pierre de Fredy: la bandera olímpica compuesta por cinco aros de distinto color unidos aludiendo a la unión de los continentes, el izado de las banderas de los vencedores, el amateurismo como símbolo de pureza y de desinterés material por parte del participante y su divisa: Citius, Altius, Fortius – más Grande, más Alto, más Fuerte – en aras de la unión y la concordia.

Como homenaje a la historia fue Atenas la sede de los I juegos de la Era Moderna y de la primera Olimpiada, términos que tendemos a confundir y que no son sinónimos. Olimpiada es el período de cuatro años que discurre entre Juegos, momento en el que este lapso de tiempo culmina. Aunque se distinguen por su numeración, son popularmente conocidos por la ciudad designada como sede del fuego sagrado, por ejemplo, hoy nos encontramos en la XXVIII Olimpiada de la era moderna, Atenas 2000-2004.
Un claro ejemplo de esta amplitud de miras es la polémica decisión de nombrar hace apenas unos meses a Pekín como sede de los Juegos de 2008 que no entendieron los defensores de la libertad y la democracia los cuales veían con ojos políticamente más correctos designar a París o Toronto (... ) El Comité Olímpico Internacional optó por abrir una vez más las puertas a la paz incluyendo en su gran abrazo aglutinador a un país que vive de espaldas a la democracia... para ayudarle a dar la vuelta

Desde ese reinicio de los juegos hasta la presente olimpiada, muchos avatares han estado a punto de truncar la carrera del olimpismo. De los 27 juegos presentes en nuestra era los de 1916, 1940 y 1944 mantuvieron su numeración a pesar de que las dos guerras mundiales del siglo XX impidieron la tregua sagrada necesaria para su celebración. Crisis económicas o la guerra fría que dejó huérfanas de medio mundo a las sedes de Moscú y Los Ángeles en 1980 y 1984 respectivamente mantuvieron en vilo la continuidad del movimiento olímpico. Más graves fueron los atentados de la Villa Olímpica de Munich 72 o los incidentes del “black power” en México 68 –ambos con muertes de participantes- que profanaron el Sancta Santorum de este espíritu que sigue vivo, unas veces con más fuerza que otras, tirando de una paz incierta y de una unión sin prejuicios.

Un claro ejemplo de esta amplitud de miras es la polémica decisión de nombrar hace apenas unos meses a Pekín como sede de los Juegos de 2008 que no entendieron los defensores de la libertad y la democracia los cuales veían con ojos políticamente más correctos designar a París o Toronto rivales en esta elección de la capital de la República Popular donde los derechos humanos son pisoteados y continuamente transgredidos. El Comité Olímpico Internacional optó por abrir una vez más las puertas a la paz incluyendo en su gran abrazo aglutinador a un país que vive de espaldas a la democracia... para ayudarle a dar la vuelta.

El próximo gran compromiso que este movimiento tendrá será en el verano de 2004, cuando Atenas se convierta en la sede de un mundo que hoy vive maltrecho y dividido en dos mitades por el terrorismo y la guerra. No sólo tendrán que velar Atenas y la organización de los juegos por el feliz desarrollo del deporte que aloje, sino que habrán de ser capaces de cobijar bajo el mismo techo a occidentales y a orientales, musulmanes y cristianos, norte y sur con desigual fortuna. De nuevo en Grecia tendremos la ocasión de encontrar la puerta a través de la cual Oriente y Occidente nos podamos dar la mano para caminar, correr, saltar, lanzar, competir; vivir juntos y de una manera armoniosa. Durante unos días se cambiarán armas por cronómetros y cintas métricas, observadores por jueces y árbitros. Hoy por hoy, la única paz posible.

Los cinco anillos entrelazados y el más grande, más alto, más fuerte, presidirán el reto.
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