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Carlos Malamud es profesor de Historia de América de la UNED y Subdirector del Instituto Universitario Ortega y Gasset

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Fernando de la Rua

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Ciudad de Buenos Aires

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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Argentina: ¿de quién es la bronca?
Por Carlos Malamud, sábado, 20 de octubre de 2001
Pese a no constituir ninguna sorpresa, el resultado de las últimas elecciones legislativas argentinas fue un verdadero aldabonazo para todo el mundo, comenzando por los propios partidos políticos y por sus principales dirigentes. El llamado de atención del electorado con respecto a sus representantes fue realmente impresionante y plantea de cara al futuro un sinnúmero de interrogantes.
En esta última elección los argentinos inauguraron un nuevo tipo de voto: el voto bronca, que en realidad es la suma del voto nulo más el voto en blanco. No es que esta forma de sufragio no existiera previamente, sino que era claramente minoritaria. Sólo cuando el peronismo estuvo proscrito, después de la llamada Revolución libertadora de 1955, los seguidores del máximo líder populista rioplatense hicieron del voto en blanco su verdadera bandera de lucha y fue el voto en blanco quien arrasaba en la mayoría de las elecciones y quien restaba legitimidad a la mayor parte de las autoridades y de los representantes electos en las urnas. Sin embargo, después de la vuelta a la democracia de 1982, el acceso a las urnas fue totalmente libre y no hubo proscripciones de ningún tipo, de modo que el electorado solía decantarse por aquellas opciones que le eran más próximas. Si a esto sumamos el carácter obligatorio del voto en la Argentina y un compromiso relativamente alto de la ciudadanía con la democracia, el respaldo electoral a los cargos electos solía ser elevado.

Sin embargo, en la última elección el comportamiento de los electores fue radicalmente diferente, lo que es una buena prueba del descontento popular existente en el país. Las razones de este profundo malestar, que tiene todo el aspecto de devenir en un síndrome psicoanalítico, las encontramos básicamente en la prolongada recesión que golpea al país desde hace ya varios años, en las promesas incumplidas por la coalición que llevó al poder al presidente de la Rúa con la bandera de la anticorrupción por delante, en la ruptura de la propia Alianza que supo unir a la Unión Cívica Radical (UCR) y al Frepaso detrás de una plataforma atractiva para mucha gente, en la existencia de numerosos planes de ajuste, uno detrás de otro, que no terminan de reactivar la economía y cada vez exigen nuevos y mayores esfuerzos a los de siempre y, por si todo esto fuera poco, en la probada capacidad del presidente y su entorno para retrasar la toma de las decisiones más importantes. No en vano se lo conoce popularmente como Frenando de la Duda.
El voto de la bronca, nulo más blanco, ganó en la Capital Federal y en la provincia de Santa Fe, quedó segundo en la provincia de Buenos Aires y tercero en la de Córdoba. Los cuatro distritos más importantes del país dieron una importante señal de alarma

La mejor prueba del comportamiento del electorado argentino la tenemos en el hecho de que sumados los votos nulos al voto en blanco y a las abstenciones, el 41% de los empadronados no se decantó por ninguna opción positiva o concreta. Si observamos el número de votos válidos de las legislativas de 1999 y los comparamos con los actuales se percibe una merma de 4 millones de sufragios, pese a que el número de votantes aumentó en 700.000. El voto de la bronca, nulo más blanco, ganó en la Capital Federal y en la provincia de Santa Fe, quedó segundo en la provincia de Buenos Aires y tercero en la de Córdoba. Esto significa que los cuatro distritos más importantes del país dieron una importante señal de alarma. Por supuesto que no todas las provincias se comportaron de la misma manera, ya que hubo algunas con porcentajes de votación muy elevados, sin embargo, en la mayor parte del país y en los distritos más pujantes el mensaje fue claro y unánime.

El mensaje tiene distintos significados, ya que son muchos los emisores, aunque el registro, el voto nulo o blanco, haya sido el mismo. ¿Qué es la bronca? La bronca es el cabreo, el derecho al pateleo por tanta mishiadura (pobreza) y tanto chorro (ladrón). Y al son de la bronca, como en la famosa Marcha de la bronca, una canción de moda en la Argentina de los setenta, y detrás de ella, el domingo 14 de octubre marcharon muchos argentinos. Los mismos que pusieron de moda el voto de la bronca, de la bronca con los partidos políticos, con los líderes políticos y también con los gobernantes, cualquiera sea su extracción y su color. Sin embargo, como dice el reputado sociólogo argentino Juan Carlos Portantiero en La Nación de Buenos Aires: El aumento del voto nulo, del voto en blanco y de la abstención “significa una clara expresión de que la gente no se siente representada por nadie, sin que ello quiera decir que esas personas estén en contra de la existencia de partidos políticos, ni menos aún de la democracia”. Para Portantiero: “el voto anulado [el voto bronca] no puede interpretarse como un voto pasivo, porque significa una toma de posición: un compromiso y un rechazo muy fuerte. El elector se interesó, fue a votar y descartó todo lo que le proponían”. Sin embargo, el compromiso con el sistema termina ahí, ya que los electores, en tanto ciudadanos, han sido incapaces de formular algún planteamiento organizativo concreto.
En esta generalizada explosión de bronca popular fueron muchos los responsables, comenzando por el presidente de la Rúa, que con su inacción y su autismo generó una gran indignación entre el electorado y de ahí su contundente respuesta

¿Quiénes fueron los responsables de tanta bronca? En esta generalizada explosión de bronca popular fueron muchos los responsables, comenzando por el presidente de la Rúa, que con su inacción y su autismo generó una gran indignación entre el electorado y de ahí su contundente respuesta. En este sentido vale la pena tener presente que la Alianza obtuvo la mitad de los sufragios alcanzados en la elección de 1999. Pese a todo, el voto bronca no fue sólo contra el gobierno. Los peronistas también recibieron lo suyo, comenzando por el hecho de que los votos obtenidos fueron menores que en la elección anterior y sólo conquistaron el 30% del voto nacional. Lo cual significa que no sólo perdieron votos, sino también fueron incapaces de provocar un traspaso de votos de ciudadanos descontentos con el gobierno. Este umbral es demasiado bajo, todavía, para reconquistar el poder, aunque es evidente que el peronismo está en una situación más favorable que el radicalismo de cara a la próxima elección presidencial.

Tampoco supieron capitalizar el descontento aquellos grupos emergentes, como la Alternativa para una Repúblicas de Iguales (ARI), liderada por la ex radical Elisa Carrió, que si bien se convirtió en la tercera fuerza parlamentaria, sólo obtuvo el 7 por ciento de los votos en todo el país, lo cual la aleja bastante de convertirse en una verdadera alternativa de poder. Esto significa que buena parte de sus expectativas triunfalistas se frustraron después del veredicto popular. Lo mismo sucedió con el cura Luis Farinello, impulsor del Polo Social, que utilizando el voto del descontento pensaba convertirse en un importante referente en la Provincia de Buenos Aires. La izquierda logró un importante avance, especialmente en la ciudad de Buenos Aires, aunque su congénita y patológica división le impide ir más allá de lo medianamente razonable. Pese a que algunos sonrieron más que otros en la madrugada del lunes 15, lo cierto es que unos y otros, es decir, todos los políticos, deben sentarse a reflexionar acerca de sus culpas. También deben hacer lo mismo todos aquellos que marcharon con el voto de la bronca como consigna. Sin el trabajo y el compromiso de todos, Argentina nunca podrá salir del atolladero en que se encuentra.
Todo hace prever que se trata de un voto que puede ser recuperado por la Alianza si ésta es capaz de rehacerse, de establecerse sobre nuevas bases y con compromisos organizativos, dejando atrás las miserias personales que llevaron a su ruptura

¿Quién podrá capitalizar este voto del descontento mirando al futuro y especialmente a las elecciones presidenciales de 2003? Es obvio que el peronismo no lo ha podido hacer y que se mantuvo en su cota tradicional del 30 por ciento de los votos. Tampoco la izquierda ni las nuevas opciones tienen un mensaje claro y capaz de atraer al electorado. O son capaces de mejorar sus propuestas o si no este voto tampoco irá a sus filas. Todo hace prever que se trata de un voto que puede ser recuperado por la Alianza si ésta es capaz de rehacerse, de establecerse sobre nuevas bases y con compromisos organizativos, dejando atrás las miserias personales que llevaron a su ruptura. Argentina no es una sociedad acostumbrada al compromiso entre los partidos, lo cual no implica que no hubiera una tradición de pactos, pero estos eran más producto del pasteleo y del regateo que del compromiso y de la voluntad de llegar a propuestas comunes.

¿Cómo se saldrá del actual atolladero? Es difícil, pero no imposible. Paradójicamente en una época de tantas y tantas dificultades económicas es el momento de los políticos y no de los tecnócratas. Hay que apostar por la gobernabilidad, en un momento en que la cohabitación se impone. Hay que apostar por el reforzamiento de los partidos, dando paso a nuevos militantes y a los dirigentes jóvenes. El relevo generacional es necesario, para barrer con la mayoría de las caras que hicieron posible la transición pero que ya han cumplido su ciclo. Hay que volver a ilusionar al electorado para permitir que la Argentina vuelva a crecer. Despejada la incertidumbre electoral es hora de que los argentinos se pongan a trabajar en la recuperación de su país.
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