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    AUTOR
H.P. Lovecraft y otros

    GÉNERO
Terror, relato gótico

    TÍTULO
Cthulhu. Una Celebración
de los Mitos


    OTROS DATOS
Traducción de Francisco Torres Oliver. Madrid, 2001. 566 páginas. 23.43 euros (3.900 pesetas)

    EDITORIAL
Valdemar




Reseñas de libros/Ficción
Monstruos y mestizos
Por Justo Serna, sábado, 17 de noviembre de 2001
Los monstruos antediluvianos, la sublimación del terror y la expresión visionaria del miedo
Las cosas que sabemos de él, las cosas que de su vida se conocen, no le favorecen, y esos detalles que sabemos, sus desvaríos, nos lo convierten en un tipo antipático. Fue, en efecto, un individuo solitario, un huraño aquejado de misantropía, ajeno a su tiempo, huido a un pasado arbitrario y fantástico. Odió ferozmente el progreso, la luz eléctrica, las prótesis mecánicas y los mestizajes y, en consecuencia, deploró el error histórico que para él había sido la independencia norteamericana. Se declaró orgullosamente racista y admiró con acérrima ilusión lo británico o, mejor, lo que él creyó que era lo británico y de lo que veía trazas, huellas y vestigios en su Providence natal, y, por eso, alumbró un sueño reparador, el de una Nueva Inglaterra sin aleaciones, trasunto de una Europa blanca. Se pensó con fantasía enajenada como un caballero, pero sólo era un tipo filiforme, un petimetre enfermizo, físicamente escaso, derrotado por el infortunio, un tipo poco atractivo, con extravíos obstinados y con doctrinas temerarias y feroces en las que se empeñó más allá de lo que a su salud y a su juicio le convenían.

Las cosas que sabemos de su obra tampoco le dan una posición desahogada en la historia universal de la literatura. Los grandes críticos ni lo mencionan. Probablemente porque ninguno de sus relatos alcanzó la excelencia, la maestría exacta de la insinuación. En sus terroríficos relatos hay monstruos, pero éstos son unos entes minuciosamente descritos, unos entes a los que su creador se empeñó en presentar en todo su pormenor, unos entes que, además, siempre son los mismos (los terribles y repulsivos primigenios), aquejados de una maldad inconmensurable, sin veta alguna de conciencia o de duda. Por eso, estas radiografías de los monstruos son reiterativas y previsibles y representan a híbridos (de humanos, rapaces, batracios, saurios, etcétera), sublimación de su odio a la identidad mestiza, antinatural. Por eso, los reviste de un aura terrorífica empleando unos adjetivos enfáticos (abominable, alucinante, etcétera) que son una extravagancia retórica. No menos reiterativos son el esquema básico de sus relatos, los personajes en los que se sustenta la acción y los narradores que cuentan el hallazgo, el suceso o la atrocidad. Son, generalmente, eruditos pertenecientes a las antiguas y distinguidas familias de Nueva Inglaterra, dotados de historia, de linaje, y a los que se les revela abruptamente el monstruo, algún diablo de efigie horrorosa que se oculta burlando los límites del cosmos y cuya antigüedad es prehumana, contemporánea de los viejos saurios.
El ciudadano Lovecraft se pensó como caballero, se revistió con una calidad linajuda y se ennobleció fantasiosa, locamente, con una progenie sin tacha, libre de advenedizos y de híbridos. Pero el escritor Lovecraft, aquel que imaginó personajes adversarios de la modernidad, fue también aquel que se supo hijo de la confusión de razas y del apareamiento de lo distinto, aquel que se supo monstruoso. ¿Cabe mayor lección para un tiempo, el nuestro, en donde hay tantos a los que aún les tienta la idea de atrincherarse en la pureza racial?

Si esos reproches son tan evidentes, si hay tan poca sorpresa, ¿por qué es recomendable la lectura de H.P. Lovecraft? Para quienes son sus seguidores más acérrimos, la recomendación se debe a que fue el autor de una mitología monstruosa, a que fue el autor de una zoología imposible pero familiar. Puede que Lovecraft no tenga una gran obra, pero él mismo habría sido un gran creador, al menos en el sentido de que la excelencia la alcanzan aquellos que son capaces de recrear el mundo, de hacerlo propio y de hacer sus obras dependientes unas de otras, unidas en sutil o evidente comunicación. Para otros defensores suyos, sus relatos son memorables porque exhuman los terrores justamente evidentes y ancestrales, esos terrores que nos aquejaron cuando niños y de los que no nos acabamos de curar: la muerte, la soledad, la locura. Para otros, para sus lectores menos incondicionales, lo mejor de su obra procede paradójicamente del extravío de sus ideas, procede de la inversión de su racismo, de su odio al mestizaje, pero de un odio sublimado, el odio invertido de un neurótico feroz.

¿Qué sucede en los relatos de Lovecraft? El descubrimiento del protagonista es siempre horroroso, porque es, propiamente, el descubrimiento de lo siniestro. De acuerdo con Freud, la irrupción de lo siniestro es la revelación de aquello que siendo íntimo y familiar y habiendo estado reprimido por abyecto retorna con fuerza para producir el desgarro de una amarga verdad. Como hemos dicho, los relatos de Lovecraft cuentan siempre con protagonistas semejantes, dotados de similares atributos, esto es, son narradores de una experiencia atroz, terrorífica, y que no es otra que la del instante en que averiguan su genealogía monstruosa. Son personajes solitarios, eruditos, habitantes de Nueva Inglaterra, y son como él tipos enemistados con el presente o con el estado actual de las cosas; pero son también rastreadores de un pasado igualmente monstruoso. No hay viejos y buenos tiempos ni tipos puros, hay deformidad de origen, hay filiaciones y mezclas imposibles que son tan antiguas como las brujas de Salem o tan increíbles como el amancebamiento pretérito y bestial de peces-rana y humanos. Es decir, son herederos de un horror antiguo, incluso primitivo, de una culpa no satisfecha, son eruditos que averiguan en sus apellidos una prosapia de brujos, de nigromantes y de monstruos propiamente antediluvianos. En nuestros genes, en los genes de los más antiguos habitantes, de mayor prosapia, hay monstruos y hay imperfección. Ésa es precisamente la enseñanza o la lección provechosa que podemos aprender de su literatura. Por un lado, en la vida real, con un padre loco y sifilítico, al que una temprana muerte le arrebató, y con una madre posesiva y puritana, H. P. Lovecraft se vio como un caballero de estirpe británica; y así, como si de una novela familiar se tratara, fantaseó con un ficción cotidiana, la de su propia imagen retocada. En sus relatos, por el contrario, ese caballero, que efectivamente procedía de las buenas familias de Nueva Inglaterra, se descubrió a la vez monstruoso, híbrido, descendiente de una promiscuidad originaria, sin reparación.
Aprovechen las ediciones vigentes, que son muchas, y lean esas ficciones, porque, al margen de los logros estéticos, su literatura sirve para eso, para sajar, para explorar la herida narcisista y originaria que hay en cada uno

Dicho de otro modo, es en sus ficciones en donde la verdad humana cobra fuerza frente a la mentira consoladora de la vida real y de las fantasías reparadoras; es en el relato en donde invierte la novela familiar y el escapismo engañoso, en donde se arranca la máscara y se ve como lo que es, como lo que somos todos, uno a uno, ese monstruo herido, ese ser impuro, deforme, que anida en el interior. No es posible distinguir al mestizo, el mestizo es usted, soy yo. El ciudadano Lovecraft se pensó como caballero, se revistió con una calidad linajuda y se ennobleció fantasiosa, locamente, con una progenie sin tacha, libre de advenedizos y de híbridos. Pero el escritor Lovecraft, aquel que imaginó personajes adversarios de la modernidad, fue también aquel que se supo hijo de la confusión de razas y del apareamiento de lo distinto, aquel que se supo monstruoso. ¿Cabe mayor lección para un tiempo, el nuestro, en donde hay tantos a los que aún les tienta la idea de atrincherarse en la pureza racial?

Aprovechen las ediciones vigentes, que son muchas, y lean esas ficciones, porque, al margen de los logros estéticos, su literatura sirve para eso, para sajar, para explorar la herida narcisista y originaria que hay en cada uno. Si tuviera que elegir, si me pidieran consejo, les recomendaría un volumen reciente publicado por Valdemar en su colección "Gótica", un texto de celebración y homenaje en el que se recogen cuentos de Lovecraft y relatos de sus epígonos, de aquellos que contribuyeron a multiplicar y a añadir secuelas a los primigenios ideados por el maestro. Léanlo y experimentarán temor y temblor. Es posible que los monstruos del escritor de Providence fueran un traslado sublimado de su radical soledad, de la extrañeza que para él fue vivir. Esa sería, por ejemplo, una clave de lectura ortodoxamente freudiana de la que antes nos hacíamos eco. Pero es posible también que, más allá de lo personal, las repulsivas criaturas de Lovecraft sean la expresión visionaria de unas verdades esenciales de la humanidad, esas verdades que pertenecen a la esferas de las sombras y que podríamos remontar al hombre primitivo. Es posible que, a pesar de sus defectos y de sus extravagancias retóricas, esa visión estremecedora sea una descripción exacta y filogenética de los viejos demonios, de esos demonios que nos atemorizan desde antiguo y que son vivencia frecuente de algunos privilegiados portavoces de lo ominoso. Pero, claro, si aceptamos esto, si aceptamos esta clave de lectura, ya no estaríamos reproduciendo una tesis freudiana, sino que estaríamos parafraseando la fórmula que defendiera C.G. Jung en Psicología y poesía. Qué más da. Déjense llevar por el horror cósmico y sientan el estremecimiento de su acecho, el mefítico olor de una presencia amenazadora, la textura gelatinosa e informe de algo que emite ruidos, gruñidos, que salmodia el cántico de un aquelarre en un idioma indescifrable. Ya están aquí y no hay escapatoria.
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