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Opinión/Cartas al director
Cartas al director
Por --------, domingo, 07 de octubre de 2001
Consideraciones sobre una guerra

En estos momentos, uno de los temas principales de conversación gira en torno a los atentados de las Torres Gemelas de New York y el Pentágono de Washington en los EE.UU. y sobre la respuesta que dará este país, anunciada en forma de “guerra contra el terrorismo mundial”. Sorprende ver como los EE.UU. se embarcan ahora en una cruzada contra el terrorismo cuando han estado fomentándolo en todo el mundo, apoyando a facciones contrarias a los regímenes que no eran de su agrado y que el mismo Osama Bin Laden estaba financiado y apoyado por la C.I.A. para luchar contra el régimen comunista de Afganistán. Tampoco hicieron nada para acabar con el régimen Taliban cuando destruyeron las milenarias figuras de los Budas de Bamiyan, simplemente porque representaban una figura humana y eso iba contra los preceptos del Corán, o cuando desde las organizaciones humanitarias se denunciaban los continuos delitos contra los Derechos Humanos. Es curioso que tampoco hayan hecho nada para acabar con el terrorismo del IRA ni contra el que tenemos más cerca, la organización terrorista ETA en nuestro país. Solo ahora que esta plaga azota su propio país se mueven para acaban con el terrorismo a nivel mundial, abanderando esta cruzada e implicando a todos los países del llamado “Primer Mundo”.

Todos temen que se desencadene la III Guerra Mundial cuyos efectos serían devastadores para la humanidad, pero la realidad es que no se trata de los albores de una gran guerra mundial sino de la enésima guerra de religión en el mundo, una “razón” que ha hecho correr auténticos ríos de sangre a lo largo de la Historia y que por desgracia no está en vías de solución en un corto plazo. Desde las primeras Cruzadas en las que los Papas llamaban a la “guerra santa” a todos los reinos de la cristiandad para liberar los “Santos Lugares” del dominio del infiel, hasta las últimas que hemos podido ver por TV, como la Guerra del Golfo, la antigua Yugoslavia o la Guerra de Chechenia, en las que unos grupos masacraban a otros simplemente porque no eran de su etnia o religión.

El Islam es una cultura milenaria, de un exquisito gusto y refinamiento, además de poseer una cordialidad y amabilidad muy superior a los “occidentales” en la acogida y agasajo a sus visitantes. Sería más apropiado decir a los países cristianos, dado que también existen países islámicos en occidente, como por ejemplo, Marruecos y todo el magreb, pero en nuestra visión del mundo no consideramos a los países africanos como occidentales. Pero algunos países islámicos tiene una asignatura pendiente en cuanto a las libertades y derechos de la población, socialmente se encuentran en la Edad Media. Es evidente que esos países musulmanes, cuyos regímenes políticos se basan en una férrea dictadura religiosa que niegan la mayor parte de los derechos humanos a sus habitantes, sobre todo a las mujeres, deben evolucionar hacia unas formas de gobierno más democráticos, dejando de lado esas prácticas “feudalistas”. En Europa sufrimos los efectos de la sojuzgación religiosa del pueblo durante toda la Edad Media y las innumerables guerras de religión contra los infieles, tanto musulmanes como luteranos o calvinistas. Estábamos dominados por el fervor religioso de los gobernantes que aprovechaban estas guerras para anexionarse más territorios y donde una rama de la Iglesia ejercía un poder de vida o muerte sobre la población: la Santa Inquisición. Solamente conseguimos librarnos del yugo religioso cuando comenzaron las revoluciones populares en el siglo XVIII y los países occidentales nos dimos como forma de gobierno la Democracia.

Estos días, en los que los medios de comunicación tratan continuamente el tema del terrorismo mundial, me han llamado poderosamente la atención unas palabras de Ramón Pí en Radio Nacional de España: “hemos de tener en consideración que nunca en la Historia ha habido una guerra entre dos democracias, entre democracias y dictaduras u otros regímenes totalitaristas, sí, pero nunca entre dos democracias”. El mundo debe evolucionar hacia unas formas de vida en las que toda su población tenga acceso a los Derechos Humanos: la cultura, la libertad, etc. Pero no es menos cierto que los países desarrollados tienen la obligación de hacer factible que ese cambio se produzca, dejando de estrangular económicamente a los países del “tercer mundo” (siempre me he preguntado cual es el “segundo mundo”), favoreciendo su desarrollo, tanto social y cultural para evitar que los fanatismos religiosos, motivados en gran medida por la incultura en la que viven sus habitantes, produzcan los efectos que hemos sufrido toda la humanidad el 11 de septiembre con la destrucción de las Torres Gemelas y parte del Pentágono, donde han muerto más de 6.000 personas, ciudadanos de más de 60 países.
PIkizu
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