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Carlos Malamud es profesor de Historia de América de la UNED y Subdirector del Instituto Universitario Ortega y Gasset

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Pastrana y Marulanda

Pastrana y Marulanda


Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Las Torres Gemelas y el proceso de paz en Colombia
Por Carlos Malamud, domingo, 7 de octubre de 2001
En la mañana del fatídico 11 de septiembre tres aviones repletos de gasolina arrasaron las Torres Gemelas de Nueva York y un ala del Pentágono, cobrándose en su intento miles de víctimas inocentes, de todos los colores, de muchas nacionalidades y de prácticamente todos los credos. Rápidamente el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, decidió suspender el viaje a Bogotá que iba a emprender desde Lima y retornó de inmediato a su país.
Esa misma tarde, según relata El Tiempo, no demasiado lejos de la capital colombiana, algunos muchachos de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), guerrilleros según sus amigos, sembraron el terror y la desolación en el remoto poblado de Tame, Estado de Arauca, una hazaña que costó cuatro muertos. Para ello utilizaron bombonas de gas cargadas de metralla, un arma mortífera capaz de cobrarse ingentes víctimas inocentes. En esta geografía del terror Tame ha vuelto a aparecer esta semana, ya que fue allí donde las FARC asesinaron al diputado del Partido Liberal Octavio Sarmiento Bohórquez.

Podrá argumentarse que entre el método Bin Laden y el método Marulanda (jefe máximo de las FARC) hay una diferencia de magnitud enorme. Es verdad, aunque habría que recordar que en los últimos meses el método Marulanda ha venido empleándose de forma cotidiana y se siguió empleando de la misma manera después del 11 de septiembre


De hecho, los muchachos de las FARC decidieron no sumarse al luto y al estupor internacional motivados por la salvajada de los muchachos de Bin Laden. Alguno podrá pensar que, aislados en la selva como estaban, no tuvieron noticias de lo que ocurría más al norte y, por lo tanto, les fue imposible abortar la operación planificada. Sin embargo, valdría la pena no olvidar los sofisticados medios de comunicación que manejan, incluyendo internet. Hasta la llegada de los “técnicos” del IRA irlandés, las FARC habían hecho de las bombonas de gas con metralla una de sus armas preferidas, con las cuales arrasaban pueblos enteros, que al igual que las Torres Gemelas quedaban reducidos a escombros, bajo los cuales descansaban muchas de sus víctimas. Podrá argumentarse que entre el método Bin Laden y el método Marulanda (jefe máximo de las FARC) hay una diferencia de magnitud enorme. Es verdad, aunque habría que recordar que en los últimos meses el método Marulanda ha venido empleándose de forma cotidiana y se siguió empleando de la misma manera después del 11 de septiembre. Pese a todo, no sabemos si la misión irlandesa de asistencia técnica reforzará la tendencia interna que apuesta por el coche bomba y el terrorismo urbano.

Tras la salvajada de las Torres Gemelas, ciertos analistas ansiosos por dar alguna buena noticia a la humanidad señalaron que este acto de guerra iba a suponer un nuevo tratamiento del terrorismo, y que la opinión pública internacional iba a tener tolerancia cero con los terroristas y sus cómplices, un tema al que la sociedad española es muy sensible dado el impacto del fenómeno ETA. Las medidas adoptadas en la lucha contra la financiación de los grupos terroristas, que muy pronto podrían afectar a las FARC, al ELN y a los paramilitares parecen demostrar este extremo. En España, el gobierno, las principales fuerzas políticas y buena parte de la opinión pública tienen muy claro lo que el terrorismo significa y por eso solicitan del resto del mundo un comportamiento acorde. ¿Cuántas vestiduras hemos visto rasgadas cuando la BBC u otro medio internacional hablaba de “los independentistas vascos” y no de los terroristas? Y sin embargo, hasta ahora y pese a las dificultades para definir lo que el terrorismo significa, no hemos sido consecuentes con lo que nosotros mismos exigimos a los demás.

Los europeos no estamos para rearmar al ejército colombiano. Para eso, para el trabajo sucio, están los yankys. A nosotros, los cultos europeos, nos corresponde fomentar la cultura y reforzar la sociedad civil, tareas nobles por donde las haya


Pocos años atrás, el Sr. Reyes, uno de los principales dirigentes de las FARC, visitó España y fue recibido por el presidente de la Generalitat Valenciana, el Sr. Zaplana. Entonces las voces críticas fueron casi inexistentes. En fechas más recientes, la mayoría de nuestros eurodiputados, especialmente los populares y los socialistas, se abstuvieron en una votación sobre el Plan Colombia, por considerarlo demasiado belicista. Según su punto de vista, los europeos no estamos para rearmar al ejército colombiano. Para eso, para el trabajo sucio, están los yankys. A nosotros, los cultos europeos, nos corresponde fomentar la cultura y reforzar la sociedad civil, tareas nobles por donde las haya. Todo esto se justifica porque solemos explicar la violencia guerrillera en Colombia en función de la pobreza, del desigual reparto de la tierra o de las numerosas injusticias a las que se enfrenta su pueblo. En la misma línea de incomprensión con lo que sucede en Colombia, sometida diariamente a la agresión de la guerrilla, el narcotráfico y los paramilitares, se encuentra el artículo del eurodiputado socialista Emilio Menéndez del Valle (El País, 28/VIII/2001).

Como ha quedado claro en estos días de septiembre, nada, absolutamente nada, justifica el uso del terror para lograr fines políticos. Al amparo de las garantías y contradicciones de las sociedades democráticas, se ha instalado la idea de que la violencia puede ser políticamente rentable y que cuando uno carece de las mayorías necesarias basta recurrir a la violencia, a la que luego se buscará legitimar en función de elevados objetivos nacionales, étnicos o religiosos, para doblegar la voluntad de las mayorías y el funcionamiento de la democracia, de modo de imponer los propios puntos de vista en desmedro de los mayoritarios. Por eso, sería terrible que nos quedáramos en la condena del terrorismo islámico, en vez de ser tajantes en el rechazo del terrorismo, venga de donde venga.

Es el momento de recuperar para el Estado colombiano el monopolio de la violencia, un monopolio sometido como en todas las democracias constitucionales al necesario control de los distintos poderes del Estado


En Colombia, pese a todas las dificultades que atraviesa el país, hay un Estado, aunque débil, y un sistema democrático que funciona, más allá de sus imperfecciones. Cada cuatro años hay elecciones para cambiar al presidente, a los legisladores, a los gobernadores y a los alcaldes de sus más de mil poblaciones, aunque un número mínimo de ellas, especialmente en las zonas más apartadas, están en manos de la guerrilla y de los paramilitares. Unos y otros son enemigos abiertos de la democracia por carecer de la más mínima representación, como prueba una encuesta reciente que otorga a las FARC un reconocimiento de sólo el 1%, al ELN del 2% y a los paramilitares del 8%, mientras que las Fuerzas Armadas están cerca del 60%. Casualmente, las Autodefensas Unidas, los paramilitares, fueron incluidas el 10 de septiembre en la lista que el Departamento de Estado norteamericano hace de las principales organizaciones terroristas mundiales.

Por eso, la única solución al actual conflicto pasa por el reforzamiento del Estado y de todas sus instancias, comenzando por el Parlamento, el Poder Judicial, el sistema electoral, etc., pero siguiendo por el Ejército. Es el momento de recuperar para el Estado colombiano el monopolio de la violencia, un monopolio sometido como en todas las democracias constitucionales al necesario control de los distintos poderes del Estado. Sólo un Estado fuerte e implantado en todo el territorio nacional es capaz de hacer respetar de forma integral la legalidad y los derechos humanos. Precisamente en este terreno, el Estado colombiano ha dado pasos importantes en los últimos años. Tras el nombramiento del vicepresidente Gustavo Bell como ministro de Defensa, un educado historiador graduado en Oxford, esta tendencia se ha reforzado. Bell ha demostrado tener el temple suficiente como para continuar la ya iniciada tarea de aumentar la autoestima de unas Fuerzas Armadas que habían caído en el desánimo, sin que esto supusiera desatender su capacidad bélica. Por el contrario, la mayor parte de las violaciones recientes a los derechos humanos en el país, según constatan las denuncias de American Right Watch, un organismo muy crítico con el gobierno colombiano, son realizadas por los paramilitares y por la guerrilla. Precisamente las FARC han demostrado su desprecio por los tratados internacionales y el derecho internacional humanitario al secuestrar a tres cooperantes alemanes y de un vehículo de las Naciones Unidas al ex gobernador Alan Jarra.

Marulanda y los suyos sienten un profundo desprecio por el presidente Pastrana (también por la democracia colombiana). También desprecian a los partidos políticos y a lo que ellos representan


Ahora comienza a discutirse en Colombia cómo la oleada terrorista contra los Estados Unidos afectará al proceso de paz. Muchos partidarios del diálogo, como la ex embajadora en Madrid María Emma Mejía, se mostraban preocupados por la actitud de la administración Bush. Esto ocurre en un momento decisivo. Antes del 7 de octubre el presidente Andrés Pastrana tiene que decidir si prórroga la vigencia de la zona de despeje, más de 42.000 kilómetros cuadrados (un territorio similar a Extremadura o Suiza), en la cual las FARC campan por sus respetos. Si bien antes del 11 de septiembre se había manifestado de acuerdo con la prórroga al entender que la alternativa es la guerra total, un cambio de opinión no sería del todo inverosímil, especialmente tras el asesinato de la ex ministra de Cultura, Consuelo Araujo, ejecutada después de ser secuestrada por los terroristas de las FARC.

En realidad, Marulanda y los suyos sienten un profundo desprecio por el presidente Pastrana (también por la democracia colombiana) y lo consideran un hombre políticamente acabado, dada la cercanía de las elecciones presidenciales del año próximo. También desprecian a los partidos políticos y a lo que ellos representan. Tal es su temor ante la opinión de los políticos que minaron el camino de acceso a la zona de despeje (a su zona) cuando el candidato liberal a la presidencia Horacio Serpa pretendía llegar a la misma con 10.000 correligionarios. Ante la cerrada negativa de las FARC de avanzar en el proceso de paz, en el cual nunca creyeron y nunca estuvieron interesados más allá de lo declarativo, resulta cuanto menos curiosa la postura del gobierno colombiano de seguir apostando por unas conversaciones que hasta el momento sólo han beneficiado a los terroristas que han comenzado a crear en la parcela que controlan el embrión del Estado que quieren conformar.

Pese a una condena meramente declarativa de los atentados del 11 de septiembre, donde por supuesto no dejan de hablar de las responsabilidades de los Estados Unidos, las FARC han perseverado en su política de sembrar el terror a lo largo y a lo ancho de Colombia. Sería bueno que replantearan su conducta en esta una nueva coyuntura internacional, aunque lamentablemente demostraron su miopía tras la caída del muro de Berlín y apostaron claramente por reforzar sus lazos con el terrorismo internacional, comenzando con el IRA y siguiendo con las sospechadas con ETA, Hezbolá y otras organizaciones. Caso contrario, como todo hace prever, el Estado y la sociedad colombianas, encabezadas por su gobierno, deberán hacer frente a un prolongado y complejo combate contra el terror de guerrilleros y paramilitares. Nadie quiere hablar de guerra en Colombia, pero lo cierto es que Colombia está en guerra.
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