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Marcial Pons / Prensas Universitarias de Zaragoza, Madrid, 2000

Marcial Pons / Prensas Universitarias de Zaragoza, Madrid, 2000

    AUTOR
Juan José Carreras

    GÉNERO
Historiografía

    TÍTULO
Razón de historia. Estudios de historiografía


    OTROS DATOS
Nota preliminar de Carlos Forcadell. Madrid, 2000. 358 páginas. 3600 pesetas

    EDITORIAL
Marcial Pons / Prensas Universitarias de Zaragoza




Reseñas de libros/No ficción
El historiador y sus clásicos
Por Anaclet Pons y Justo Serna, sábado, 16 de junio de 2001
La Razón de historia de Juan José Carreras o cómo aprender de nuestros maestros.
En una entrevista publicada por El Heraldo de Aragón con motivo de la aparición de Razón de historia, se definía a Juan José Carreras como un historiador “en sordina”. Con esa descripción, el interlocutor intentaba expresar la índole de su condición humana y académica, la naturaleza del profesor dedicado a la docencia y dispuesto siempre a ofrecer su ayuda a quien se la solicite, huyendo del oropel, de la vanidad y de la fama fácil. Y, en efecto, no andaba descaminado quien así lo calificaba, pues Carreras ha destacado especialmente en una tarea creativa ciertamente inmaterial, la labor callada y efectiva de formación de historiadores; pero también se ha significado por su entrega, por su libramiento, por acudir gustoso y diligente allá en donde se reclame su presencia para reflexionar en voz alta sobre sus conocimientos y sobre su oficio. Esa actitud de intervención, desenvuelta y desprendida, ha tenido su traslado incluso a la producción escrita, pues nuestro autor nunca ha estado preocupado por ofrecernos obras extensas, obras de lucimiento personal, y ha preferido, por el contrario, desprenderse de sí mismo a manos llenas, ha preferido la oralidad, la proximidad y el contacto disputado y amistoso con quienes estuviesen o estén interesados en atender sus conferencias y en polemizar con sus puntos de vista. De ahí, pues, el acierto y la bondad del texto que ahora nos ocupa: Razón de historia: por fin, podremos contar con un repertorio fiel y ajustado de páginas que son parte de sí mismo, que son los trozos de un académico singular.
Lo primero que puede apreciar el lector no avezado es el profundo conocimiento que Carreras posee sobre las dos grandes corrientes de la historiografía del ochocientos: el historicismo y el positivismo

Como señala Carlos Forcadell en la "Nota preliminar" de este volumen, una nota imprescindible e informada, se trataba de “inventar” un libro para Juan José Carreras, del que él sería autor involuntario y material, un libro que nunca se propuso escribir, agrupando una obra dispersa, a menudo de difícil localización, pero de indudables interés e influencia, de cita obligada y de alusión continua. Y el “invento”, a la postre, resulta afortunado por dos razones. Por un lado, por lo evidente, porque permite un acceso fácil y directo a esa obra diseminada aquí y allá, una obra sembrada que se desparrama en lugares dispares y alejados. Por otro, porque la coherencia metodológica de Carreras, la madurez del autor desde fecha temprana, logra que el lector no tropiece con escritos incongruentes, que no se sienta desorientado en ningún momento por desajustes cronológicos o por diferencias de estilo. De hecho, se ha optado incluso por unir en cada bloque unos textos con otros, por hacer una aleación de cosas distantes y distintas, sólo con la trabazón de un título, y esa elección, que por lo general resulta artificiosa e improcedente, se supera aquí sin contratiempo alguno. Por lo demás, los artículos han sido agrupados con buen criterio en cinco apartados, que son a su vez como los capítulos de esa obra no escrita: las historiografías alemana y europea ocupan los dos primeros, el tercero se dedica a la relación de la historia con el marxismo, para acabar con otros dos centrados respectivamente en la defensa del método histórico y en la historia europea del siglo XX.

De todo ello, lo primero que puede apreciar el lector no avezado es el profundo conocimiento que Carreras posee sobre las dos grandes corrientes de la historiografía del ochocientos: el historicismo y el positivismo. Un conocimiento que no sólo explica con clarividencia los diversos postulados que una y otra mantuvieron, sino que permite deshacer algunos entuertos recurrentes entre nosotros, en particular aquella pertinaz e ignara operación consistente en confundir una y otra; pero permite también sortear con éxito la deformación interesada a que ambas propuestas fueron sometidas bajo la mirada retrospectiva de quienes les sucedieron en el olimpo historiográfico, en particular la escuela annalista, mucho más influyente en la historiografía española del tardofranquismo.

El historicismo o, mejor, la escuela histórica alemana, nos expone Carreras, es ante todo una metodología individualizadora. El concepto clave es el de individualidad, que puede expresarse de forma distinta según los autores a los que hagamos referencia. El primer eslabón es Ranke, para quien el individuo histórico por excelencia será el Estado y quienes le sirven. Pero es Droysen --con todas las diferencias que les separan-- quien establecerá con mayor claridad los principios que gobiernan el método historicista: el dato histórico no es algo previo, sino que lo construimos cuando preguntamos a las fuentes, y lo que nos permite escapar del chato positivismo de los hechos es la comprensión. A diferencia de las ciencias naturales, la comprensión es fruto de nuestra condición humana y ésta nos permite situarnos a ambos lados del proceso histórico: somos hombres, como lo son los sujetos que estudiamos, en el pasado, y además constituyen, en el presente, nuestro objeto como historiadores. La comprensión se basa, pues, en esta homogeneidad entre sujeto y objeto.
Influido por el marxismo y por la historiografía alemana (de raíz sociológica), Carreras se propone en algunos de los textos recopilados cuestionarse uno de los elementos más sobresalientes de la nueva historia: su acercamiento a la antropología y su retorno a la narración

También el positivismo, pero en mayor medida si cabe, nos ha llegado deformado por quienes intentaron en el siglo XX sentar las bases de una nueva forma de hacer historia, en particular por los investigadores de los Annales. Pese a lo que se ha sostenido con frecuencia, la fe positivista en la objetividad de la historia no les condujo a sus representantes a la pura y simple erudición, como así quiso ver sobre todo Lucien Febvre. Los metódicos Langlois y Seignobos, pero no sólo ellos, construyeron un programa mucho más abierto de lo que ese espejo deformante annalista nos ha hecho creer. En primer lugar, nunca pensaron que la historia fuese el resultado automático de la observación de los hechos. Precisamente, las limitaciones de la disciplina radican en su imposibilidad de observar de manera directa, pues por lo común sólo dispone de huellas, lo cual obliga a un ejercicio riguroso de critica (interna y externa) de las fuentes. En segundo término, tampoco los metódicos renunciaron a la teoría, aunque la expulsaran de aquella fase analítica y rechazaran las especulaciones de la historiografía romántica, en un sentido próximo al de Ranke. En tercer lugar, tampoco es de todo punto cierto que sus preocupaciones se agotaran en el marco de la historia política, puesto que alumbraron un temario más variado de lo que se suele creer. Finalmente, los positivistas no eran eruditos recluidos en sus despachos y alejados del mundo. Al contrario, todos ellos concedieron decisiva importancia --incluso, una importancia de algún modo perversa-- al papel socializador de la historia y, en consecuencia, contribuyeron a desarrollarlo en sus textos, poniéndose al servicio de la construcción nacional, de la nacionalización de los ciudadanos a través de la lección de historia. Por todo ello, concluye nuestro autor, la escuela metódica muere en la medida en que estimula las nuevas corrientes que han de sucederla.

Cabe añadir que, junto a esta doble exposición clarificadora, Carreras manifiesta su voluntad de alojar ambas corrientes dentro de la historiografía española. Así se observa sobre todo en su estudio de Rafael Altamira, cuya obra sitúa dentro del contexto europeo de finales del ochocientos, es decir, en sintonía con otros esfuerzos por constituir la historia como ciencia autónoma, de lo cual dan buena muestra los distintos textos de introducción a la disciplina que se publicaron por entonces y que Pedro Ruiz Torres ha puesto de relieve en su interesantísimo estudio dedicado a los Discursos sobre la historia (Valencia, Universitat de València, 2000). Cierto es que Altamira no llegó a culminar sus escritos metodológicos, pero el repaso que nos ofrece Carreras permite no sólo advertir la influencia de la escuela metódica, sino también seguir de qué modo eran recibidos los debates que se suscitaban en otros lugares. Y ello a pesar de las dificultades que tal ejercicio comporta, pues esa influencia, que en tiempos resultó desigual, ha quedado muy diluida gracias precisamente al impacto annalista. De hecho, ya no se trata solamente de los malentendidos a los que antes aludíamos, sino de la ausencia actual de esos padres fundadores en las reflexiones que los historiadores españoles de hoy se hacen sobre su propia disciplina. Y es una lástima, porque Carreras demuestra con tino que sus planteamientos no son tan ingenuos como pudiera creerse, sino todo lo contrario. Su recuperación, pues, no sería vana. La labor de exhumación que, por ejemplo, emprende Pedro Ruiz Torres en el volumen citado es una buena muestra de esta tarea urgente y necesaria. Sin embargo, fuera de este último texto, los clásicos de la disciplina son ignorados al no disponer ni siquiera de versiones actualizadas de esos maestros propios o ajenos. Así, por ejemplo, las principales obras de la escuela metódica francesa no se han vuelto a reeditar en España desde principios de siglo: la Introducción de Langlois y Seignobos data de 1913 (a pesar de una edición cubana de 1965, como señala Carreras), mientras que El método de Seignobos se editó en 1923. Y lo mismo cabe decir de la escuela histórica alemana, pues si bien Ranke y Meinecke han tenido mejor suerte, traducidos en México, a Droysen, el primero en formular los principios del historicismo, sólo lo disfrutan los lectores en catalán, con una ejemplar edición de su Històrica (Barcelona, Edicions 62). Por eso, ahora que se anuncia la aparición de los cuatro volúmenes de la Historia de España y de la civilización española que Altamira empezó a publicar en 1900, quizá no estuviera de más recuperar también a alguno de sus maestros europeos.
La tarea de Carreras ha sido literalmente fundamental, es decir, nos ha permitido conocer los fundamentos de nuestra disciplina en un momento y en un tiempo en que la propia historiografía española precisaba las bases de su renovación

En cualquier caso, el libro de Carreras no se agota en la recuperación de estas escuelas, sino que nos permite también observar la posición del autor respecto de las nuevas corrientes. Influido por el marxismo y por la historiografía alemana (de raíz sociológica), Carreras se propone en algunos de los textos recopilados cuestionarse uno de los elementos más sobresalientes de la nueva historia: su acercamiento a la antropología y su retorno a la narración. Tanto en su artículo de Ayer, dedicado al relato, como en el que escribe sobre el acoso y la seducción a que se ve sometida la historia, la culpable parece ser la antropología, una pareja nada conveniente, desnaturalizadora del método y del objeto. Ella sería la que habría impuesto un retorno a la narración, requiriéndonos para que diéramos la espalda a los grandes procesos anónimos y para que abandonáramos la terminología propia de las ciencias sociales. Si el diagnóstico de Carreras es correcto, el problema de estas seducciones y de estos regresos es que habrían contribuido a debilitar el estatuto epistemológico de la historia, despojándola de su función crítica. Incluso los Annales habrían sucumbido finalmente a sus encantos, "desmigajándose", entregándose a una dimensión antropológica cultural en la que la crítica estaría ya muy disminuida. Y todo ello, se plantea Carreras, ¿no sería acaso una regresión, una vuelta al historicismo rankeano y a la voluntad de comprender cada época y cada individuo en sus propias categorías? De darse esa solución, la “teoría del nativo sería la teoría del historiador”, mero portavoz de palabras ajena, mero portaestandarte del salvaje o del antepasado. Frente a estas declinaciones y frente a estas derrotas epistemológicas, la corriente contemporánea que parece haber resistido mejor el acoso antropológico habría sido la historiografía alemana, en la medida en que sus representantes habrían mantenido una relación más persistente, más duradera y fundada, con la sociología histórica. Como indicaba Jürgen Kocka en Historia social, tanto les habría costado a los historiadores alemanes de la segunda mitad del novecientos dcesprenderse y desembarazarse de la tradición historicista para llegar a la ciencia social, que se habrían mostrado poco receptivos a los encantos de la antropología.

Desde nuestro punto de vista, la posición de Carreras tiene partes discutibles, incluso muy discutibles, como también hay formulaciones dudosas y no siempre convincentes en sus exposiciones sobre el significado de las escuelas históricas clásicas. Pero la posición de Carreras es digna y exigente, informada y rigurosa, la posición de quien no abdica de sus creencias más arraigadas al tenerlas por ciertas. De hecho, si podemos polemizar con sus análisis, si podemos entrar en controversia con sus ideas, es gracias a lo que él nos ha enseñado. En efecto, la tarea de Carreras ha sido literalmente fundamental, es decir, nos ha permitido conocer los fundamentos de nuestra disciplina en un momento y en un tiempo en que la propia historiografía española precisaba las bases de su renovación. Sin embargo, con ser interesantísimo e imprescindible, este libro de Carreras es muy parcial y no supera al Carreras propiamente oral: sólo es un Carreras posible, un retrato, quizá un autorretrato, que traza sus perfiles sin agotar la rica complejidad del autor. Pero quien tenga la dicha de conocerlo personalmente hallará en el volumen ciertos rasgos reconocibles de nuestro historiador, ciertos rasgos que tal vez sean la mejor fisonomía de su retrato: su modestia humana y su grandeza intelectual, su ironía y su guasa, su entrega y su generosidad.
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