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Madrid, Universidad Carlos III / Dykinson, 2000, 454 págs.

Madrid, Universidad Carlos III / Dykinson, 2000, 454 págs.

    AUTOR
José María Lassalle Ruiz

    GÉNERO
Filosofía del derecho

    TÍTULO
John Locke y los fundamentos modernos de la propiedad

    OTROS DATOS
Madrid, 2000. 454 páginas.

    EDITORIAL
Universidad Carlos III / Dykinson




Reseñas de libros/No ficción
El mundo de Robinson: John Locke y los fundamentos modernos de la propiedad, de José María Lasalle
Por Anaclet Pons y Justo Serna, sábado, 2 de junio de 2001
José María Lassalle lleva a cabo un análisis histórico de los fundamentos modernos de la propiedad y elige para ello a John Locke, base del pensamiento whig y referente obligado del liberalismo occidental.
Hay libros evidentes, cuyo objeto y lindes se imponen, y libros que evitan la clasificación obvia, que trascienden los confines unánimes y que amenazan los géneros y las ubicaciones. El que nos ocupa es de esta última especie. Si se nos pidiera un esfuerzo, podríamos decir que es un volumen de filosofía política o moral, de filosofía del derecho, de filosofía a secas, o incluso de historia sin más. Quizá fuera esta última fórmula la más conveniente, al menos si la entendemos bajo el prisma con el que Isaiah Berlin la utilizó en sus escritos. Él dijo de sí mismo que abandonó su voluntad de filósofo tras la guerra y que desde entonces se convirtió en un historiador de las ideas. La filosofía, añadía, no progresa y él deseaba situarse frente a épocas pretéritas con el fin de acabar conociendo algo más de lo que hasta ese momento sabía. La historia era la que se lo permitía, la que le ponía en disposición de atender al pasado y al futuro de las ideas sobre las que trataba. Además, esa perspectiva le permitía abordar esas ideas en términos de individuos específicos, y no en abstracto, presentando el impacto que tuvieron en su momento.

Pues bien, ésa es precisamente una de las lecturas que permite el libro de José María Lassalle, la que consiste en analizar la propuesta de John Locke en su contexto. Y ésta, conviene señalarlo, no es una opción inexcusable, pues hay y se han empleado otras alternativas cuando se han estudiado determinados autores. Al menos, frente a esta versión que podríamos llamar contextualista, existe otra que, sin despreciar absolutamente los referentes históricos, los margina en aras de una comprensión del autor a partir de la tradición a la que pertenece. E. M. Forster, por ejemplo, decía que en su recorrido por la historia de la literatura su principal enemigo era el tiempo. Por eso, por oposición a quienes optaban por la periodización, prefería imaginar a todos los escritores como si estuviesen sentados en una especie de sala común, escribiendo su novela al mismo tiempo, aunque procedieran de diferentes épocas y pertenecieran a distintas categorías.

La clave del volumen es, como su propio título ya indica, esclarecer los fundamentos modernos de la propiedad. Puede que a algunos filósofos ese concepto no les resulte dirimente, pero nadie puede dudar, no ya de su pertinencia, sino de su centralidad 

Difícil es imaginarse a Locke bajo esa tesitura, imaginarlo no sintiéndose contemporáneo de Carlos II o de Lord Shaftesbury y sintiendo que su pluma era más real que aquellos con los que compartía un mundo. De todos modos, el trabajo de Lassalle no se agota en esta aproximación, sino que la excede con mucho, abarcando otras perspectivas. Ahora bien, para mantenernos en la literalidad de la exposición, se podría decir que la investigación tiene dos partes bien diferenciadas y claramente engarzadas. Por un lado, los presupuestos escogidos. Uno es, como se ha dicho, el marco histórico en el que hay que entender la obra del pensador inglés. El autor se detiene así tanto en la guerra civil que supuso la decapitación de Carlos I y la llegada al poder de Cromwell, con el trasfondo de los debates que promovieron los levellers, como sobre todo en la llamada Crisis de la Exclusión (1679-1681), con las polémicas entre whigs y tories que acabarían conduciendo al fin de los Estuardo. Otro es el referido a la epistemología de Locke, lo cual implica atender no sólo a las bases que le permitieron trenzar un conocimiento moral sólido, siempre con el referente de la emergente ciencia de raíz baconiana y newtoniana, sino también centrarse en su concepto de persona, que acaba siendo el núcleo a partir del cual se puede explicar esa idea de posesión que Lassalle quiere estudiar. Y ésta no es una cuestión baladí, no es una elección cualquiera, pues dicho asunto es determinante para entender la concepción burguesa del mundo, su genealogía. Es precisamente la forma cómo se define al individuo, y su corolario de la propiedad, lo que nos ayuda a entender el significado de nuestra sociedad, los cimientos sobre los que se ha construido.

Así pues, la clave del volumen es, como su propio título ya indica, esclarecer los fundamentos modernos de la propiedad. Puede que a algunos filósofos ese concepto no les resulte dirimente, pero nadie puede dudar, no ya de su pertinencia, sino de su centralidad. Y José María Lassalle conduce además su análisis ejemplarmente, pues acierta en anudarlo en torno a otro concepto de igual o mayor significación: el de trabajo. Cabe añadir que el tratamiento otorgado es complejo, pues lo es el universo teórico de Locke en este asunto. El punto de partida es aquella epistemología de la que hablábamos, la que permite entender cómo el hombre deviene persona. Así pues, el trabajo, la fabricación, se presenta como un acto de disciplina (moral) que le convierte en un ser inteligente, responsable de sus acciones y a la búsqueda de sus fines (la felicidad, el bienestar). Y es a través del trabajo cómo se produce la apropiación de la naturaleza, la propiedad, un acto característico de agentes activos e industriosos que otorgan valor al bien sobre el que aplican su esfuerzo. Son éstos un aspecto y una mirada que Adam Smith hará suyos posteriormente para fundamentar su análisis sobre la riqueza de las naciones.

El esfuerzo del José María Lassalle no termina aquí, pues su investigación está entreverada con otros propósitos igualmente sugerentes. Lo es, por ejemplo, el de revisar la visión que tradicionalmente había dado la historiografía de la obra de Locke. Esa interpretación lo habría visto como el gran ideólogo whig, el teórico de la Gloriosa Revolución de 1688 y, en suma, como el arquitecto que habría sentado las bases políticas de la Inglaterra del setecientos. En ese sentido, la presentación previa del contexto histórico le permite reconsiderar ahora el sentido de las ideas lockeanas. Así, pongamos por caso, lo rescata de las garras de Hobbes (y, en cambio, lo asocia con gran tino a la obra de Milton) para ubicar su relato en un doble objetivo estratégico: refutar las tesis de Filmer, atendiendo al sentido literal de su primer tratado del gobierno civil, y proponer un discurso que legitimara las posiciones defendidas por Shaftesbury y el partido whig contra la política de Carlos II.

La obra se cierra con un capítulo envidiable, un epílogo literario al margen de los usos habituales, que nos permite cierta relajación y que al autor le faculta para llevar a cabo una aleación entre historia, vida y novela. Se trata de rastrear el eco de las ideas de Locke en Defoe

Quizá esta mirada pueda resultar polémica desde determinado punto de vista, pues hay interpretaciones divergentes sobre este aspecto. Podríamos decir que Lassalle ofrece una visión abierta, un esfuerzo hermenéutico que no cierra posibilidades, sino que asfalta un camino posible, intentando mostrar que por qué su opción es preferible. Y eso permite que cualquiera pueda transitar también por atajos colaterales desviándose del camino principal en determinados puntos del recorrido. Porque, por ejemplo, su seguimiento del modelo iusnaturalista lockeano devuelve al lector imágenes no explícitas y le sugiere otros itinerarios. El propio Hobbes, a pesar de haber sido excluido como motivo principal de los argumentos expuestos en los Two Treatises, tiende a reaparecer en multitud de ocasiones como referente oculto. Algo que, por otro lado, no es nada extraño, pues, como añade José María Lassalle, Locke era conocedor de Hobbes y de la importancia de su pensamiento. El hecho, pues, de que Lassalle prefiera situar, con razón, a Locke en la senda de Grocio no ciega aquella otra posibilidad. Como señaló Miguel Angel Rodilla, la operación hobbesiana es de tal envergadura (sobre todo la que concierne a la concepción positivista del derecho) que difícilmente puede ser obviada, y menos por alguien que, como Locke, pertenece a la misma escuela y se vio envuelto en similares acontecimientos políticos. De hechos, existe incluso una larga tradición, con nombres como R.H. Cox o W.M. Spellman, que defienden la existencia de un hobbesianismo latente en la idea lockeana de estado natural. En cualquier caso, quizá sólo una reconsideración del autor del Leviatán en términos similares a la llevada a cabo con Locke hubiera permitido a José María Lassalle otra lectura, pero que pensemos así obedece exclusivamente a lo que sugiere su propio trabajo y ése es otro de sus méritos.

En fin, la obra de nuestro autor es demasiado densa como para limitar su comentario a unas pocas líneas. Podríamos asegurar que cada uno de sus capítulos contiene materia suficiente para a su vez haber engendrado una pieza suelta, una derivación precisa. De hecho, sólo la esmerada escritura y su magnífico estilo permiten sobrellevar la dilatada extensión, la erudición minuciosa y la riqueza plural del texto. Como suele suceder en estos casos, al tratarse de una tesis doctoral, el autor tiende a algún exceso, tiende a hacer ostentación de academicismo, aunque aquí ese pecado original se compense con la calidad del objeto y con un dominio soberbio de la palabra. Además, la obra se cierra con un capítulo envidiable, un capítulo que literalmente le envidiamos, un epílogo literario al margen de los usos habituales, que nos permite cierta relajación y que al autor le faculta para llevar a cabo una aleación entre historia, vida y novela. Se trata de rastrear las huellas que las ideas de Locke habrían dejado en Defoe. De hecho, la descripción del Robinson Crusoe como escenario narrativo de la propiedad lockeana es un excelente colofón que también pudiera dar lugar a un volumen aparte. En efecto, la novela y el mito literario sugieren numerosas interpretaciones en torno a las decisiones de Robinson, es decir, en torno al modelo de persona que es y que se hace en ese activismo incesante, en esa laboriosidad inagotable que son su emblema, su destino y su fortuna. Por eso, a Robinson puede juzgársele de manera distinta cuando se comporta como aventurero que desobedece a un padre sensato y avejentado, como marinero esforzado que lleva a cabo empresas audaces, incluso temerarias, como comerciante escrupuloso que anota sus ingresos y gastos en los libros de asiento y contabilidad, como trabajador industrioso que modifica la naturaleza, a la que hace su sierva, y como propietario, el rey de un dominio en el que conviven especies distintas y humanos con confesiones religiosas diversas.

Lassalle nos ha restituido el Defoe de su época, nos ha devuelto un personaje que es hijo de su tiempo y de la cultura política que lo inviste. Sin embargo, con interpretaciones así, ricas y atinadas, el analista se sabe de antemano derrotado, porque Robinson trasciende su propio contexto, burla las determinaciones sociales e históricas que le dan sentido inicial y que reconocen sus primeros lectores, y emprende un viaje inacabado en la historia que lo hace mito, emblema y símbolo de la condición humana, de la soledad humana, de la audacia humana. Si volvemos a Robinson no es porque apreciemos en él al burgués industrioso, infatigable y laborioso que siente pánico ante la inactividad o el dolce far niente; si volvemos a Robinson no es tampoco porque aprobemos el recogimiento piadoso y consolador con que atempera su aislamiento; si volvemos a él es porque podemos tomarlo como metáfora aproximada de nosotros mismos, porque nos sabemos arrojados, limitados y rodeados de un entorno potencialmente hostil, de un espacio cuya angostura coincide con los límites exactos de nuestra alma. Pero no, no es así. Después de veintiocho años, Robinson salió indemne de la experiencia a que fue sometido, rico, sabio, fortalecido, y a la larga convertido en un símbolo de resistencia y en un emblema universal, imperecedero; después de una inmortalidad de setenta u ochenta años por vivir, nosotros no, nosotros no lograremos perdurar, no lograremos salir victoriosos y propietarios.
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