Reseñas de libros/No ficción
El mundo de Robinson
Por Anaclet Pons y Justo Serna, sábado, 02 de junio de 2001
José María Lassalle lleva a cabo un análisis histórico de los fundamentos modernos de la propiedad y elige para ello a John Locke, base del pensamiento whig y referente obligado del liberalismo occidental.
Hay libros evidentes, cuyo objeto y lindes se imponen, y libros que evitan
la clasificación obvia, que trascienden los confines unánimes y que amenazan los
géneros y las ubicaciones. El que nos ocupa es de esta última especie. Si se nos
pidiera un esfuerzo, podríamos decir que es un volumen de filosofía política o
moral, de filosofía del derecho, de filosofía a secas, o incluso de historia sin
más. Quizá fuera esta última fórmula la más conveniente, al menos si la
entendemos bajo el prisma con el que Isaiah Berlin la utilizó en sus escritos.
Él dijo de sí mismo que abandonó su voluntad de filósofo tras la guerra y que
desde entonces se convirtió en un historiador de las ideas. La filosofía,
añadía, no progresa y él deseaba situarse frente a épocas pretéritas con el fin
de acabar conociendo algo más de lo que hasta ese momento sabía. La historia era
la que se lo permitía, la que le ponía en disposición de atender al pasado y al
futuro de las ideas sobre las que trataba. Además, esa perspectiva le permitía
abordar esas ideas en términos de individuos específicos, y no en abstracto,
presentando el impacto que tuvieron en su momento.
Pues bien, ésa es
precisamente una de las lecturas que permite el libro de José María Lassalle, la
que consiste en analizar la propuesta de John Locke en su contexto. Y ésta,
conviene señalarlo, no es una opción inexcusable, pues hay y se han empleado
otras alternativas cuando se han estudiado determinados autores. Al menos,
frente a esta versión que podríamos llamar contextualista, existe otra
que, sin despreciar absolutamente los referentes históricos, los margina en aras
de una comprensión del autor a partir de la tradición a la que pertenece. E. M.
Forster, por ejemplo, decía que en su recorrido por la historia de la literatura
su principal enemigo era el tiempo. Por eso, por oposición a quienes optaban por
la periodización, prefería imaginar a todos los escritores como si estuviesen
sentados en una especie de sala común, escribiendo su novela al mismo tiempo,
aunque procedieran de diferentes épocas y pertenecieran a distintas categorías.
La clave del volumen es, como su
propio título ya indica, esclarecer los fundamentos modernos de la propiedad.
Puede que a algunos filósofos ese concepto no les resulte dirimente, pero nadie
puede dudar, no ya de su pertinencia, sino de su centralidad. Y José María
Lassalle conduce además su análisis ejemplarmente, pues acierta en anudarlo en
torno a otro concepto de igual o mayor significación: el de
trabajo
Difícil es imaginarse a Locke bajo esa tesitura,
imaginarlo no sintiéndose contemporáneo de Carlos II o de Lord Shaftesbury y
sintiendo que su pluma era más real que aquellos con los que compartía un mundo.
De todos modos, el trabajo de Lassalle no se agota en esta aproximación, sino
que la excede con mucho, abarcando otras perspectivas. Ahora bien, para
mantenernos en la literalidad de la exposición, se podría decir que la
investigación tiene dos partes bien diferenciadas y claramente engarzadas. Por
un lado, los presupuestos escogidos. Uno es, como se ha dicho, el marco
histórico en el que hay que entender la obra del pensador inglés. El autor se
detiene así tanto en la guerra civil que supuso la decapitación de Carlos I y la
llegada al poder de Cromwell, con el trasfondo de los debates que promovieron
los levellers, como sobre todo en la llamada Crisis de la Exclusión
(1679-1681), con las polémicas entre whigs y tories que acabarían
conduciendo al fin de los Estuardo. Otro es el referido a la epistemología de
Locke, lo cual implica atender no sólo a las bases que le permitieron trenzar un
conocimiento moral sólido, siempre con el referente de la emergente ciencia de
raíz baconiana y newtoniana, sino también centrarse en su concepto de persona,
que acaba siendo el núcleo a partir del cual se puede explicar esa idea de
posesión que Lassalle quiere estudiar. Y ésta no es una cuestión baladí, no es
una elección cualquiera, pues dicho asunto es determinante para entender la
concepción burguesa del mundo, su genealogía. Es precisamente la forma cómo se
define al individuo, y su corolario de la propiedad, lo que nos ayuda a entender
el significado de nuestra sociedad, los cimientos sobre los que se ha
construido.
Así pues, la clave del volumen es, como su propio título ya
indica, esclarecer los fundamentos modernos de la propiedad. Puede que a algunos
filósofos ese concepto no les resulte dirimente, pero nadie puede dudar, no ya
de su pertinencia, sino de su centralidad. Y José María Lassalle conduce además
su análisis ejemplarmente, pues acierta en anudarlo en torno a otro concepto de
igual o mayor significación: el de trabajo. Cabe añadir que el tratamiento
otorgado es complejo, pues lo es el universo teórico de Locke en este asunto. El
punto de partida es aquella epistemología de la que hablábamos, la que permite
entender cómo el hombre deviene persona. Así pues, el trabajo, la fabricación,
se presenta como un acto de disciplina (moral) que le convierte en un ser
inteligente, responsable de sus acciones y a la búsqueda de sus fines (la
felicidad, el bienestar). Y es a través del trabajo cómo se produce la
apropiación de la naturaleza, la propiedad, un acto característico de agentes
activos e industriosos que otorgan valor al bien sobre el que aplican su
esfuerzo. Son éstos un aspecto y una mirada que Adam Smith hará suyos
posteriormente para fundamentar su análisis sobre la riqueza de las
naciones.
El esfuerzo del José María Lassalle no termina aquí, pues su
investigación está entreverada con otros propósitos igualmente sugerentes. Lo
es, por ejemplo, el de revisar la visión que tradicionalmente había dado la
historiografía de la obra de Locke. Esa interpretación lo habría visto como el
gran ideólogo whig, el teórico de la Gloriosa Revolución de 1688 y, en
suma, como el arquitecto que habría sentado las bases políticas de la Inglaterra
del setecientos. En ese sentido, la presentación previa del contexto histórico
le permite reconsiderar ahora el sentido de las ideas lockeanas. Así, pongamos
por caso, lo rescata de las garras de Hobbes (y, en cambio, lo asocia con gran
tino a la obra de Milton) para ubicar su relato en un doble objetivo
estratégico: refutar las tesis de Filmer, atendiendo al sentido literal de su
primer tratado del gobierno civil, y proponer un discurso que legitimara las
posiciones defendidas por Shaftesbury y el partido whig contra la
política de Carlos II.
La obra se cierra con un capítulo
envidiable, un epílogo literario al margen de los usos habituales, que nos
permite cierta relajación y que al autor le faculta para llevar a cabo una
aleación entre historia, vida y novela. Se trata de rastrear el eco de las ideas
de Locke en Defoe. De hecho, la descripción del Robinson Crusoe como
escenario narrativo de la propiedad lockeana es un excelente colofón que también
pudiera dar lugar a un volumen aparte
Quizá esta mirada
pueda resultar polémica desde determinado punto de vista, pues hay
interpretaciones divergentes sobre este aspecto. Podríamos decir que Lassalle
ofrece una visión abierta, un esfuerzo hermenéutico que no cierra posibilidades,
sino que asfalta un camino posible, intentando mostrar que por qué su opción es
preferible. Y eso permite que cualquiera pueda transitar también por atajos
colaterales desviándose del camino principal en determinados puntos del
recorrido. Porque, por ejemplo, su seguimiento del modelo iusnaturalista
lockeano devuelve al lector imágenes no explícitas y le sugiere otros
itinerarios. El propio Hobbes, a pesar de haber sido excluido como motivo
principal de los argumentos expuestos en los Two Treatises, tiende a
reaparecer en multitud de ocasiones como referente oculto. Algo que, por otro
lado, no es nada extraño, pues, como añade José María Lassalle, Locke era
conocedor de Hobbes y de la importancia de su pensamiento. El hecho, pues, de
que Lassalle prefiera situar, con razón, a Locke en la senda de Grocio no ciega
aquella otra posibilidad. Como señaló Miguel Angel Rodilla, la operación
hobbesiana es de tal envergadura (sobre todo la que concierne a la concepción
positivista del derecho) que difícilmente puede ser obviada, y menos por
alguien que, como Locke, pertenece a la misma escuela y se vio envuelto en
similares acontecimientos políticos. De hechos, existe incluso una larga
tradición, con nombres como R.H. Cox o W.M. Spellman, que defienden la
existencia de un hobbesianismo latente en la idea lockeana de estado natural. En
cualquier caso, quizá sólo una reconsideración del autor del Leviatán en
términos similares a la llevada a cabo con Locke hubiera permitido a José María
Lassalle otra lectura, pero que pensemos así obedece exclusivamente a lo que
sugiere su propio trabajo y ése es otro de sus méritos.
En fin, la obra
de nuestro autor es demasiado densa como para limitar su comentario a unas pocas
líneas. Podríamos asegurar que cada uno de sus capítulos contiene materia
suficiente para a su vez haber engendrado una pieza suelta, una derivación
precisa. De hecho, sólo la esmerada escritura y su magnífico estilo permiten
sobrellevar la dilatada extensión, la erudición minuciosa y la riqueza plural
del texto. Como suele suceder en estos casos, al tratarse de una tesis doctoral,
el autor tiende a algún exceso, tiende a hacer ostentación de academicismo,
aunque aquí ese pecado original se compense con la calidad del objeto y con un
dominio soberbio de la palabra. Además, la obra se cierra con un capítulo
envidiable, un capítulo que literalmente le envidiamos, un epílogo literario al
margen de los usos habituales, que nos permite cierta relajación y que al autor
le faculta para llevar a cabo una aleación entre historia, vida y novela. Se
trata de rastrear las huellas que las ideas de Locke habrían dejado en Defoe. De
hecho, la descripción del Robinson Crusoe como escenario narrativo de la
propiedad lockeana es un excelente colofón que también pudiera dar lugar a un
volumen aparte. En efecto, la novela y el mito literario sugieren numerosas
interpretaciones en torno a las decisiones de Robinson, es decir, en torno al
modelo de persona que es y que se hace en ese activismo incesante, en esa
laboriosidad inagotable que son su emblema, su destino y su fortuna. Por eso, a
Robinson puede juzgársele de manera distinta cuando se comporta como aventurero
que desobedece a un padre sensato y avejentado, como marinero esforzado que
lleva a cabo empresas audaces, incluso temerarias, como comerciante escrupuloso
que anota sus ingresos y gastos en los libros de asiento y contabilidad, como
trabajador industrioso que modifica la naturaleza, a la que hace su sierva, y
como propietario, el rey de un dominio en el que conviven especies distintas y
humanos con confesiones religiosas diversas.
Lassalle nos ha restituido
el Defoe de su época, nos ha devuelto un personaje que es hijo de su tiempo y de
la cultura política que lo inviste. Sin embargo, con interpretaciones así, ricas
y atinadas, el analista se sabe de antemano derrotado, porque Robinson
trasciende su propio contexto, burla las determinaciones sociales e históricas
que le dan sentido inicial y que reconocen sus primeros lectores, y emprende un
viaje inacabado en la historia que lo hace mito, emblema y símbolo de la
condición humana, de la soledad humana, de la audacia humana. Si volvemos a
Robinson no es porque apreciemos en él al burgués industrioso, infatigable y
laborioso que siente pánico ante la inactividad o el dolce far niente; si
volvemos a Robinson no es tampoco porque aprobemos el recogimiento piadoso y
consolador con que atempera su aislamiento; si volvemos a él es porque podemos
tomarlo como metáfora aproximada de nosotros mismos, porque nos sabemos
arrojados, limitados y rodeados de un entorno potencialmente hostil, de un
espacio cuya angostura coincide con los límites exactos de nuestra alma. Pero
no, no es así. Después de veintiocho años, Robinson salió indemne de la
experiencia a que fue sometido, rico, sabio, fortalecido, y a la larga
convertido en un símbolo de resistencia y en un emblema universal, imperecedero;
después de una inmortalidad de setenta u ochenta años por vivir, nosotros no,
nosotros no lograremos perdurar, no lograremos salir victoriosos y propietarios.