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Londres, Blackwell, 1995

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Bolonia,  Il Mulino, 2001

Bolonia, Il Mulino, 2001

Bolonia, Il Mulino, 1995

Bolonia, Il Mulino, 1995

Londres, Frank Cass, 2000 (1998)<br><br>

Londres, Frank Cass, 2000 (1998)



París, Aube, 2000

París, Aube, 2000

París, Flammarion, 2000

París, Flammarion, 2000

París, Fayard, 2000

París, Fayard, 2000

París, Seuil, 2000

París, Seuil, 2000

Seyssel, Éditions Champ Vallon, 2001.

Seyssel, Éditions Champ Vallon, 2001.

Lausana, Editions Payot, 2001

Lausana, Editions Payot, 2001


Reseñas de libros/No ficción
El turismo es un gran invento
Por Anaclet Pons, sábado, 30 de junio de 2001
Un breve repaso bibliográfico al mundo del viaje y del turismo desde la perspectiva de las ciencias sociales.
Allá por el año 1968, mientras por otros pagos se ejercitaban en el arte de la protesta, se estrenaba entre nosotros una película que llevaba por título “El turismo es un gran invento”. La obra había sido dirigida por el insigne Pedro Lazaga y la protagonizaba el sin par Francisco Martínez Soria, a cuya vera se afanaba un reparto estelar encabezado por José Luis López Vázquez y Antonio Ozores, además de otros rostros conocidos de cuyo nombre no consigo acordarme, ni viene al caso. Lo cierto es que, al margen de sus cualidades cinematográficas, esta producción nos remite a un hecho sociológico, cual es el de la importancia que empezó a adquirir por entonces ese fenómeno (el turismo, no el actor). Bien es sabido que su aparición inesperada permitió desempolvar nuestra balanza de pagos y que, de paso, oreó todo el paisa(na)je peninsular. ¿Quién puede dudar de que ese ajetreo despertó nuestros sentidos a gentes diversas, a ideas distintas y a nuevas experiencias? Con el tiempo, y ya lejanas en nuestra memoria las entrañables imágenes del No-Do en las que un funcionario del régimen premiaba a la/el visitante un millón..., el turismo se ha convertido además en la principal industria española, propia de una potencia europea y mundial, con unos ingresos por tal concepto sólo comparables en nuestro entorno con los obtenidos por franceses e italianos.


España

Sin embargo, esa evolución no ha tenido traslado al campo académico, pues son escasos los textos que se han dedicado a analizar el significado de esa realidad. Corrijamos. Existen un sinfín de estudios, pero en su mayoría abordan aspectos como la ordenación, promoción, gestión o comercialización, además de análisis sectoriales, estratégicos, econométricos, coyunturales, estructurales; también existen cursos y congresos, así como la Asociación Española de Expertos Científicos en Turismo. Así pues, lo que falta es una aproximación histórica al fenómeno, dado que, a excepción de los manuales clásicos de Luis Fernández Fuster, sólo unos pocos historiadores y geógrafos se han acercado tímidamente al asunto. Por otra parte, también resulta extraño que, siendo España un país donde la traducción de obras extranjeras es muy abundante, se hayan vertido pocos de los textos de referencia que existen. De hecho, una de las excepciones es la puntual versión de Travel in Early Modern Europe, obra del historiador polaco Antoni Maczak (Viajes y viajeros en la Europa moderna, Barcelona, Omega, 1996). En este caso, se trata de una reconstrucción de las vidas y de las experiencias cotidianas de los viajeros europeos de los siglos XVI y XVII. Así, el libro analiza las razones que les movieron, lo que esperaban encontrar y lo que adquirieron en sus diversos periplos. Además, el texto se detiene en las dificultades que hallaron a su paso, tanto en los medios de transporte y en el sistema viario como en los sobresaltos que les deparaban soldados, malhechores o salteadores de caminos, todo ello sin olvidar las inclemencias del tiempo, la alimentación o el alojamiento. No es que el libro de Maczak haya tenido gran impacto, pero hay muchos otros textos de referencia que ni siquiera han conseguido un hueco en nuestra edición. Ese es el caso, por citar un ejemplo, de The Mind of the Traveler: From Gilgamesh to Global Tourism (New York, Basic Books, 1991), obra de Eric J. Leed, profesor de historia en la Universidad de Florida.
La obra de Leed permite abordar el significado del término viajar. Ante todo, ese verbo nos remite a una realidad común, un lugar lleno de metáforas, algo que es muy familiar a todos los seres humanos que se mueven de un sitio a otro. Pero, a pesar de ese carácter intemporal y universal, su sentido ha variado con el tiempo. En la antigüedad, el viaje tenía valor en la medida en que desplegaba un acto humano, dictado comúnmente por la necesidad (que obligaba a buscar nuevos territorios, nuevos pastos, etcétera). Si el que lo emprendía era un héroe, entonces era una suerte de sufrimiento, una especie de penalidad que debía arrostrar despojado de los oropeles y las comodidades que había acumulado en su vida. Por eso, viajar era transformarse, despojarse de lo inútil para conseguir la madurez y la sabiduría, perder para adquirir. Es el mito del viaje como retorno, el que emprendieron Jasón y los argonautas o el que impulsó a Ulises, un mito que narra un viaje circular, un proceso que permite tanto conseguir una nueva identidad como asegurar la ya adquirida, salvaguardando así el estatus reconocido en la comunidad de la que se partió. En cualquier caso, era una prueba de fuerza y de coraje al tiempo que un medio de asegurar la supervivencia. En cambio, para los modernos es sobre todo una manifestación de libertad, una fuga a la búsqueda de otras fuentes de deleite. Moverse, pues, es descubrir, acceder a cualquier cosa nueva u original, incluso inesperada. Por eso, viajar es a un tiempo un placer y una forma de adquirirlo. Claro está que no es lo mismo el viaje que la vacación. Los estudiosos han supuesto que lo primero privilegia el deseo de conocer, ligado a la autonomía personal y al sentido crítico. Por su parte, lo segundo se refiere a la diversión y a los ambientes conocidos y confortables. Es, pues, una especie de pausa, una interrupción indispensable de los hábitos cotidianos a la que se le atribuyen valores menos dinámicos. Existiría aún otra suerte de viaje, representado por el mito de la fuga, algo que más que una elección es a menudo una constricción, una liberación. Es decir, suelen ser acontecimientos desgraciados los que obligan a la huida o al exilio, al abandono del lugar de origen y de la identidad social. Claro está que en ocasiones el exilio es la forma de desprenderse de las ataduras para conquistar o recuperar una identidad auténtica y profunda. Así pues, según Eric J. Leed, el viaje era tal cuando existía una frontera entre lo conocido y lo ignoto, entre la civilización y lo natural. Ahora, en cambio, no podemos huir de ese especie de mundo global que han creado generaciones de exploradores, viajeros, curiosos, emigrantes y mercaderes. Y a pesar de eso, lo intentamos, quizá porque nuestra cultura invita a la fuga, porque entendemos con Freud que cultura es represión de los instintos naturales y por eso nos atrae lo inexplorado o lo distinto o la supuesta vida original, la del otro.

Pero si, como señalaba, no hemos prestado mucha atención al contexto histórico en el que apareció el fenómeno turístico ni a su evolución, no ocurre lo mismo entre nuestros competidores, en especial entre franceses e italianos.


Italia

En Italia suelen aparecer periódicamente estudios sobre el particular. Ahora mismo acaba de ver la luz Vacanze di pochi, vacanze di tutti. L'evoluzione del turismo europeo, obra de Patrizia Battilani, profesora de historia económica del turismo en la Universidad de Bolonia. En esta ocasión, lo que se ofrece es una síntesis, aunque privilegiando la vertiente económica. Aún así, la autora presenta un análisis de larga duración que establece una primera y amplísima etapa que iría desde la antigüedad romana hasta la revolución industrial, un período en el que este fenómeno estaría caracterizado por el elitismo y por la ausencia de una estructura organizada. La transformación, por otra parte, se iniciaría en Gran Bretaña entre los siglos XVII y XVIII, aunque el turismo de masas aparecería en los EUA en los años veinte de nuestro siglo, para expandirse por Europa tras la II Guerra Mundial. Sería a partir de este momento cuando podríamos hablar de un fenómeno de masas.

De todos modos, más allá de las novedades, los transalpinos cuentas con sus propios clásicos. Lo son, por ejemplo, las obras de Cesare de Seta, profesor de historia de la arquitectura en la Universidad de Nápoles, pero sobre todo los trabajos de Attilio Brilli, profesor de literatura anglo-americana en la Universidad de Siena y reputado especialista en los relatos de viajes. En este último caso, es ya una referencia inexcusable su Quando viaggiare era un’arte. Il romanzo del Grand Tour. Este libro ofrece un recorrido por el viaje moderno, tal y como empieza a configurarse en Inglaterra a lo largo del siglo XVII, siglo en el que adquiere dignidad cultural lo que se llamó el Grand Tour, un periplo que por entonces se circunscribía sobre todo a Francia e Italia. En realidad, el término fue utilizado por primera vez en 1697, con motivo de la traducción francesa de la guía escrita por el teólogo inglés Richard Lassels (An Italian Voyage, or Compleat Journey through Italy, 1670). Por lo demás, ese viaje tenía una pátina iniciática, y así lo emprendieron multitud de burgueses y aristócratas en su paso de la adolescencia a la edad adulta como parte integrante de su instrucción. El libro dedica a ese aspecto un tercio de su extensión, mientras que el resto se ocupa a los itinerarios y a los aspectos materiales del viaje (alojamiento, transporte, etcétera). En ese sentido, existen también diversas obras que tratan el asunto desde la óptica anglosajona, entre las que cabría citar el volumen, recientemente reeditado, de Edward Chaney: The evolution of the Grand Tour. Anglo-Italian cultural relations since the Renaissance.


Francia

Mucho más abundante es la producción francesa, que cuenta con numerosos especialistas en el asunto. Entre otros muchos, quizá el más reputado sea el historiador Marc Boyer, autor de diversos libros sobre la cuestión, que acaba de publicar su Histoire de l'invention du tourisme y que anuncia otro: L'invention de la cote d'azur. También podemos acudir a la obra dirigida por Jean Sagnès Deux siècles de tourisme en France (XIXe - XXe siècles) (Perpignan, Presses universitaires de Perpignan, 2001). En realidad, este volumen recoge las actas de un congreso celebrado en Béziers el 30 septiembre de 2000, congreso en el que se abordaron diversos aspectos significativos del turismo francés contemporáneo.

Ahora bien, tanto Italia como Francia cuentan además con una tradición de la que nosotros carecemos en igual sentido. En estos dos países uno de los focos centrales del turismo lo constituyen las ciudades y entre todas ellas la más reclamada es sin duda París. Por eso, no es de extrañar que haya también numerosos textos italianos y franceses que se ocupan de sus principales urbes. Pero si nos referimos a la capital gala, al margen de monumentos de toda suerte, el París que conocemos y nos viene a la mente fue obra en buena medida del barón Georges Eugène Haussmann (1809-1891). Pues bien, precisamente en este último año han aparecido tres textos referidos a quien fuera prefecto de la capital entre 1853 y 1870. En primer término, un par de biografías, una más breve del escritor y periodista Georges Valance (Haussmann le Grand) y otra más amplia de Michel Carmona, profesor de la Université de Paris-IV (Haussmann). En segundo lugar, la edición crítica de sus memorias a cargo del historiador del urbanismo Françoise Choay (Mémoires). Pero París es también una ciudad de papel, un mito construido por multitud de escritores, un legado de imágenes a menudo más reales que la materialidad misma de sus calles y edificios. Eso al menos es lo que pretende mostrarnos Jean-Pierre Bernard en su Les Deux Paris, un texto que estudia la representación de la capital en la segunda mitad del siglo XIX.

Y aún cabría citar, aunque sólo fuera por proximidad geográfica, una obra relevante, la del historiador suizo Laurent Tissot: Naissance d'une industrie touristique. Les Anglais et la Suisse au XIXe siècle. Como es sabido, Suiza devino un país turístico a fines del ochocientos gracias a sus estaciones invernales, lugares que, como Davos, Interlaken o Montreux, lo tenían todo para seducir al visitante: un paisaje romántico, la práctica deportiva o un clima reparador. Así pues, lo que ha hecho Tissot ha sido estudiar de forma meticulosa las guías de viaje y los archivos de la agencia de viajes británica Cook para mostrar cómo elaboraron los ingleses ese “producto helvético” y lo integraron en el naciente mercado de la industria turística. De paso, todo ello le permite mostrarnos que Suiza sirvió de laboratorio de ensayo para ese nuevo fenómeno de masas que ya entonces despuntaba. En particular, resulta de extraordinario interés seguir los avatares de esa empresa y la forma en la que fue introduciendo elementos que hoy en día nos resultan habituales, como los cheques de viaje o los bonos de hotel, y cómo convirtió lo que en principio era una arriesgada aventura, la de su Swiss Tour de 1863, en un negocio floreciente y estable, consolidado ya con su Popular Tour de 1903.

Y, por último, un consejo. Ya persigan ustedes el viaje o ya la vacación, si tienen previsto desplazarse a Italia antes de que finalice el mes de julio y están interesados en el tema, tienen una cita obligada. En el palacio ducal de Génova se inauguró el pasado treinta de marzo una exposición titulada “Viaggio in Italia. Un corteo magico dal Cinquecento al Novecento”. Se trata de un extraordinario recorrido por las impresiones y las emociones que Italia suscitó entre los grandes viajeros de los siglos pasados, entre escritores, pensadores y pintores. Así, la muestra expone testimonios de todo tipo, como libros o manuscritos, pero también obras de grandes artistas, ya sean fruto del viaje o razón del mismo (Tintoretto, Tiziano, Turner, Michelangelo, Raffaello, Rubens, Velázquez, Caravaggio, etcétera). De este modo, el visitante puede recorrer esa mirada del extranjero a lo largo de catorce secciones organizadas atendiendo a la relación que hubo entre autores y ciudades, desde las cortes italianas del quinientos hasta la Venecia de Proust, pasando por Montaigne, Montesquieu, Goya, Goethe, Stendhal, Flaubert, Byron, Dickens o Henry James, entre otros. Y todo ello aderezado con un buen número de conferencias y actividades didácticas, aunque, por desgracia, la mayoría de ellas terminan a finales de mayo. En cualquier caso, vayan o no, les deseo felices vacaciones.
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