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Carlos Malamud

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Cuauhtémoc Cárdenas

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Porfirio Muñoz Ledo

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El presidente de México, Vicente Fox

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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
El VI Congreso Nacional del PRD
Por Carlos Malamud, sábado, 5 de mayo de 2001
Entre el 23 y el 28 de abril pasados se celebró en la ciudad de Zacatecas el VI Congreso Nacional del Partido de la Revolución Democrática (PRD), bajo el lema “Nuevos tiempos, nuevas metas, nuevo sol”. El Congreso escenificó los graves problemas internos que vive el partido, dividido entre integristas, reformadores y francotiradores de izquierda, y las dificultades para encontrar un perfil claro y un rumbo definido tras la caída del PRI y el inicio de la presidencia de Vicente Fox.
En 1989 dos veteranos y destacados dirigentes del Partido de la Revolución Institucional (PRI), Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, tras una ruptura traumática con la organización que los vio nacer, impulsaron la formación de un nuevo partido, que sería el PRD. El motivo de la división giraba en torno al célebre dedazo del presidente mexicano, que haciendo tabla rasa con cualquier asomo de democracia interna en las filas del PRI, servía para nominar al futuro, y entonces seguro, presidente del país. Por herencia familiar, por carácter y por educación, Cuauhtémoc Cárdenas se creía destinado a ocupar las más altas magistraturas de su país, y como el camino estaba bloqueado en el PRI decidió ensayar un recorrido propio, que pese a intentarlo tres veces, no lo condujo a la presidencia de México.

Así es como nació el PRD. Desde sus inicios el PRD se convirtió en la perfecta réplica del PRI. Sólo que en este caso se pensaba que el adjetivo democrático era mejor que el institucional y reflejaba más cabalmente los verdaderos intereses populares. Pero ambos, el PRD y el PRI, son Partidos de la Revolución, ambos se consideraban hijos y herederos de la Revolución Mexicana, y ambos peleaban por encarnar y representar su legado. Sólo que unos, los institucionales, lo hicieron desde la perspectiva del gobierno y del poder, y los otros, los democráticos, lo hicieron desde la órbita del nacionalismo y del antiimperialismo.
En esta pugna entre fracciones no estaba sólo en juego la conducción del partido, sino su futuro como opción de izquierda, un futuro que empieza a estar cada vez más comprometido ante la evidente falta de rumbo y orientación de la conducción

En las famosas elecciones de 1988, cuando la caída del sistema informático convalidó el discutido triunfo de Carlos Salinas de Gortari, Cárdenas pareció tocar el cielo con las manos, aunque nunca demostró fehacientemente sus acusaciones de fraude. Desde entonces y hasta las legislativas de 1997, cuando obtuvo el 47% de los votos, el PRD tuvo un rápido crecimiento, llegando a convertirse en el segundo partido del país, por delante del PAN. Pero en las elecciones de julio de 2000 el PRD sólo conquistó el 20% de los sufragios y obtuvo 52 diputados (de 500) y 16 senadores (de 128), y retuvo el gobierno de la Ciudad de México. En los últimos tiempos, y tras el retroceso electoral, la ilusión dejó su lugar al desánimo y al desconcierto, especialmente después del triunfo de Vicente Fox, que dejó a los perredistas sin la mayor parte de sus argumentos tradicionales.

En medio de este clima tuvo lugar el VI Congreso Nacional del PRD, que evidenció más que nunca las graves diferencias que se viven dentro del partido. Ya en la sesión inaugural, Amalia García, presidenta del PRD, y Jesús Ortega, líder de la fracción renovadora, fueron abucheados por buena parte de los más de 2000 delegados y asistentes al Congreso, que sin embargo aclamaron al líder moral del partido, Cuauhtémoc Cárdenas, a la consejera nacional Rosario Robles y a Andrés Manuel López Obrador (AMLO), jefe del gobierno del Distrito Federal. En esta pugna entre fracciones no estaba sólo en juego la conducción del partido, sino su futuro como opción de izquierda, un futuro que empieza a estar cada vez más comprometido ante la evidente falta de rumbo y orientación de la conducción. Buena prueba de ello es el voto de los diputados y senadores perredistas en relación con la Ley Indígena. Mientras se inclinaban por respaldar la iniciativa legislativa en una cámara, votaban en contra en la otra.
La falta de referentes claros y su huida hacia delante detrás de un nacionalismo revolucionario que nadie define lleva al PRD a respaldar las reivindicaciones de grupos minoritarios, como la de los indígenas de Chiapas, que pese a ser válidas en sí mismas, al igual que la de los homosexuales y otras minorías, no encarnan el sentir ni las necesidades de la mayoría de la población

Hoy el PRD se debate entre el apoyo al EZLN y sus propuestas mesiánicas e indigenistas y el apoyo crítico al gobierno del presidente Fox. Si para unos el actual gobierno, portador de los peores mensajes del neoliberalismo, encarna el mismo espíritu que el PRI, aunque con otra envoltura, para otros, se trata de no desaprovechar el inicio de un proceso de democratización que puede tener profundas consecuencias para el futuro del país. La falta de referentes claros y su huida hacia delante detrás de un nacionalismo revolucionario que nadie define lleva al PRD a respaldar las reivindicaciones de grupos minoritarios, como la de los indígenas de Chiapas, que pese a ser válidas en sí mismas, al igual que la de los homosexuales y otras minorías, no encarnan el sentir ni las necesidades de la mayoría de la población. En este sentido, lo preocupante del apoyo del PRD a la ley que respalda la autonomía indígena, es la desaparición del ciudadano y de los derechos individuales del centro de la discusión.

Más allá de lo estéril del debate que actualmente tiene lugar en el interior de la organización, lo cierto es que el camino que siga el PRD puede tener importantes consecuencias para el conjunto de la izquierda en América Latina. Una izquierda que todavía no se ha repuesto de la caída del Muro de Berlín y que sigue sin terminar de definirse. De ahí la importancia de las palabras de Felipe González ante los congresistas, alertando sobre los riesgos del sectarismo y señalando que la verdadera vocación de los partidos de izquierda debe ser conquistar el poder a través de las elecciones. En tanto los comicios son totalmente limpios en la mayor parte de la región, prácticamente no hay exclusiones y las garantías de limpieza son sólidas, las tareas de la izquierda en esta hora son importantes. Sabido es que una de las grandes carencias de la gobernabilidad en América Latina es la debilidad y la inconsistencia de sus elites dirigentes. Hasta el momento los políticos de la izquierda comparten con los oligarcas de siempre las mismas falencias que dicen combatir. Es hora de que comiencen a mirar al lado correcto, es decir hacia donde están los verdaderos problemas del pueblo.
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