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Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Los latinoamericanos y el ALCA
Por Carlos Malamud, sábado, 28 de abril de 2001
La cobertura de la prensa española de la III Cumbre de las Américas, en Quebec, que fue la encargada de sentar las bases de lo que a partir de 2005 debería ser el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), fue bastante defectuosa. Por lo general se prestó más atención al ruido generado por los manifestantes antiglobalización que a los trabajos de los mandatarios allí reunidos. Resulta significativo, y prueba de la ligereza con que solemos abordar los problemas de fondo, que como en tantas otras oportunidades recientes lo principal sea reemplazado por lo accesorio.
En el VI Congreso del mexicano Partido de la Revolución Democrática (PRD), celebrado la semana pasada, el ex presidente español Felipe González recomendó al PRD convertirse en una izquierda moderna y mayoritaria y abandonar el sectarismo y agregó que: Hay mucha gente de izquierdas que no tiene vocación mayoritaria… porque las mayorías son complejas y a veces contradictorias, y uno quiere estar muy a gusto y ser bien sectario. Estar bien segurito con poquita gente, porque sino se sufre mucho. Si algo tiene en claro González es que para gobernar hay que ganar elecciones, la única manera de convertir una determinada opción política en mayoritaria, en una verdadera alternativa de poder, de modo de poder gobernar y sacar las propuestas adelante con un importante respaldo popular. Pero en América Latina la izquierda no suele ganar elecciones.

A partir de su triunfo electoral en 1982, el PSOE y Felipe González tuvieron en claro que la incorporación de España a la Comunidad Económica Europea era vital para dar el definitivo impulso a la economía española y para seguir avanzando en la modernización del país. También sabían que la incorporación era posible en esos momentos por cuanto España había recuperado la democracia, una condición sine qua non para poder ingresar en un club tan selecto. De ahí la importancia que tiene la propuesta del ALCA de incluir una cláusula de garantía democrática para permanecer en sus filas. Un hecho de semejante naturaleza debe ser recibido con alegría y satisfacción por todos los demócratas latinoamericanos, especialmente si se tiene en cuenta el pasado convulso y populista de la región.
Las palabras de apoyo de Fidel Castro a los manifestantes antiglobalización suponen una traición palmaria a los principios internacionalistas que durante tanto tiempo dijo defender

Sin embargo, en este punto no ha habido unanimidad. En primer lugar chirrían las palabras de apoyo de Fidel Castro a los manifestantes antiglobalización, que de hecho suponen una traición palmaria a los principios internacionalistas que durante tanto tiempo dijo defender y que sirvieron de base para que intentara exportar, a un precio sangriento, por cierto, su revolución al resto de América Latina. Claro está que vemos a Castro muy irritado últimamente, y no sólo porque no lo invitaron a Quebec, sino también, y básicamente, por su derrota en la votación sobre los derechos humanos en Cuba que tuvo lugar en las Naciones Unidas, en Ginebra, el pasado 18 de abril y que pese a los intentos de su canciller de ser vendida como un triunfo, fue una derrota en toda regla. Por eso no extraña que desempolvara el insulto de lamebotas yankee para dirigirse al ministro argentino de Exteriores o que tuviera un lamentable incidentes con los costarricenses, a los que llamó lacayos, sirvientes y socios de la mafia. Tanto Argentina como Costa Rica votaron en contra de Cuba.

También chirrió la negativa del presidente venezolano, el comandante Hugo Chávez, de firmar la cláusula democrática, dadas las enormes limitaciones que tiene la democracia representativa (nuevamente denostada y vilipendiada por formal y burguesa) frente a los grandes logros de su democracia participativa y bolivariana. Cada vez resulta más preocupante el desparpajo con que Chávez critica a la democracia existente en la región, que poca o mucha, mejor o peor, es infinitamente superior que las dictaduras militares existentes dos décadas atrás o que su régimen tan peculiar. Está claro en este punto que primaron su alianza estratégica con Castro y su nacionalismo y antiimperialismo.
La apertura del mercado norteamericano será complicada. Son numerosas las barreras proteccionistas, no necesariamente arancelarias, que limitan las exportaciones latinoamericanas

Las reacciones latinoamericanas con el ALCA no acaban aquí. Por lo general, la mayor parte de los gobiernos de la región, y sus pueblos, son decididos partidarios del proyecto y de la posibilidad de exportar sus productos al mercado norteamericano. He ahí el por qué del gran interés chileno de ingresar al TLC (Tratado de Libre Comercio de América del Norte), integrado por México, Canadá y los Estados Unidos. Un tema sobre el que podemos tener importantes novedades antes de que finalice el año.

Es evidente que no todo el monte es orégano y que la apertura del mercado norteamericano será complicada. Son numerosas las barreras proteccionistas, no necesariamente arancelarias, que limitan las exportaciones latinoamericanas. Los subsidios y los paraaranceles, especialmente en materia fitosanitaria, se han convertido en una barrera bastante inexpugnable. Sólo con la firmeza en la negociación se puede avanzar en ese camino. Pero parece que no es el camino elegido por muchos, que prefieren la política del sálvese quien pueda. La actual crisis del Mercosur, debida fundamentalmente a tensiones entre los socios mayoritarios, Argentina y Brasil, restó protagonismo negociador al bloque.
El tono firme y nada complaciente del presidente Fernando Henrique Cardoso en el discurso pronunciado en la apertura de la Cumbre hizo comprender a las más altas autoridades norteamericanas que estaban frente a una verdadera potencia regional

Sin embargo, la postura de Brasil fue clara y tuvo efectos inmediatos, como el de evitar que se adelante la fecha de entrada en vigor del ALCA al 2003. El tono firme y nada complaciente del presidente Fernando Henrique Cardoso en el discurso pronunciado en la apertura de la Cumbre hizo comprender a las más altas autoridades norteamericanas que estaban frente a una verdadera potencia regional. Según el periódico brasileño O´Globo, uno de los consejeros del presidente Bush señaló que es hora de reconocer al Brasil como un actor importante en el escenario mundial e intentar tratarlo como un socio estratégico de la mayor importancia. Es curioso que la misma fuente reconociera que el antagonismo existente entre Brasil y Estados Unidos en varios puntos de la agenda comercial daría lugar a una colaboración pragmática entre ambos, en vez de a un enfrentamiento estéril.

El ALCA es todavía una realidad por escribir. El proceso resultante depende en buena medida de lo que los latinoamericanos hagan al respecto, como demuestra claramente el ejemplo brasileño. No se puede dejar todo librado al arbitrio de los Estados Unidos. Pero para ello es necesario tener las ideas muy claras y saber con certeza cuáles son los objetivos y hacia donde se quiere caminar. Y en este punto, una vez más, y pese a lo que se suele afirmar, el futuro de los latinoamericanos depende de ellos mismos y de sus gobiernos.
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