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    AUTOR
Charles Powell

    GÉNERO
Ensayo

    TÍTULO
España en democracia, 1975-2000

    OTROS DATOS
Premio ASÍ FUE 2001.
Barcelona, 2001. 685 páginas. 3450 pesetas.


    EDITORIAL
Plaza & Janés




Reseñas de libros/No ficción
España: una democracia consolidada
Por Manuel Alvarez Tardío, sábado, 5 de mayo de 2001
Charles T. Powell, buen conocedor de una de las instituciones fundamentales de la España constitucional, la Monarquía, presenta ahora un balance exhaustivo de la vida política española en democracia
Hay quienes piensan que el antecedente más inmediato de nuestra actual democracia es la Segunda República, a la que consideran la primera experiencia democrática relevante de nuestro país. Aquel intento, sin embargo, fracasó; al menos en la tarea de construir un Estado de derecho e integrar a todas las fuerzas políticas en el sistema. Ese fracaso tuvo, por lo que hace exclusivamente a la vida política, unas cuantas claves que merecen ser recordadas. La transición desde la Monarquía a la República se produjo y se argumentó en términos de ruptura revolucionaria. La nueva Constitución republicana no fue diseñada como un conjunto de reglas plurales para todos los españoles sino como el programa de acción de un grupo ideológico concreto. El sufragio universal, tan anhelado por los críticos de la Restauración, no fue, como cabía esperar en democracia, un árbitro de la alternancia respetado por todos. La jefatura del Estado, presa de un diseño constitucional deliberadamente ambiguo, no acertó a ser una institución legitima y prestigiada. El sistema de partidos adoleció de una gran inestabilidad, además de predominar entre los partidos mayoritarios, como señaló Juan J. Linz, las actitudes semileales o desleales. A ese cuadro institucional se sumaron tres fracturas que acentuaron la polarización y las tendencias centrífugas: la socio-religiosa, la organización territorial del Estado y la violencia política recurrente.

En 1975, después de cuatro largas décadas de dictadura, tan eternas que hicieron creer a algunos que nunca había existido en España un régimen de libertades, la vida política española tuvo la oportunidad de tomar el camino de una democracia liberal. En ese momento la memoria de la Segunda República adquirió un protagonismo comprensible. La mayor parte de las veces se trató, con éxito, de evitar los errores del régimen republicano. Ateniéndonos a cada una de la claves mencionadas más arriba, cabe pensar que fueron consciente y cuidadosamente superadas.
Este libro es un ejemplo más de la buena salud de que goza la historia política en nuestro país

Así parece desprenderse del análisis que contienen la primera y segunda partes de este España en democracia, poco más o menos la mitad del libro con el que Charles T. Powell vuelve a explicar, como ya hiciera en sus trabajos anteriores sobre la Monarquía, el tema de la transición y consolidación de la democracia después de la muerte de Franco. Se trata, sin duda, de un trabajo riguroso, de un libro de libros que acierta a presentar un balance exhaustivo y prudente –tanto o más prudente como la cercanía de los hechos aconseja- de la vida política española en el último cuarto del siglo XX. Construido gracias a los trabajos y memorias que se han publicado en estos últimos años, este libro es, por la gran cantidad de interrogantes que plantea y por el interés que despierta su lectura, un ejemplo más de la buena salud de que goza la historia política en nuestro país. Una historia, es cierto, muy renovada, en la que el protagonismo de la vida política, de los actores y de sus decisiones, no está reñida –todo lo contrario- con un buen estudio de esos otros aspectos de la realidad que se entrecruzan con el campo de la política, unas veces para condicionarla y otras para ser por ella condicionados. Así, el aspecto complementario de la economía, esencial para la comprensión de los Estados modernos, como es el caso del español, y de esa Europa de la que formamos parte sustancial, tiene en este libro un lugar muy destacado y meritorio.
No es extraño que Powell insista en considerar como una de las causas decisivas para el éxito de la transición la del peculiar pero exitoso equilibrio entre legalidad existente y reforma.

Es en esa primera mitad del libro dedicada al tardofranquismo, la transición y los gobiernos de UCD, en la que Powell analiza detenidamente los puntos que permiten comprender el éxito del proceso democratizador. Aunque no es nuevo, el argumento de que la transición fue posible en la medida en que la España de 1975 no era -en muchos sentidos y no sólo el económico, también en el cultural, en el religioso o incluso en el institucional- la misma que la de 1936 está aquí cuidadosamente recogido. Aunque el franquismo no puso conscientemente las bases de la democracia, su evolución interna, sus políticas e incluso su legislación propiciaron cambios que resultarían decisivos durante la transición.

No es extraño, por tanto, que Powell insista en considerar como una de las causas decisivas para el éxito de la transición la del peculiar pero exitoso equilibrio entre legalidad existente y reforma. Así, el cambio pudo gestarse a partir de las mismas leyes fundamentales, sin que eso impidiera ni la participación de la oposición ni que dicho cambio fuera insustancial. De este modo, casi todos los actores políticos tuvieron que dar por bueno el proceso, produciéndose situaciones tan paradójicas como que las propias Cortes franquistas cedieran paso ordenada y pacíficamente a unas elecciones libres. Esta complicada trama dice bastante, por sí sola, de cómo se superaron algunos lastres de la experiencia republicana de los años treinta, entre otros la vocación de ruptura y el exclusivismo. (Aunque aún hoy hay quienes siguen renegando de la condición pactada de la transición y consideran llegada la hora del auténtico ajuste de cuentas con el pasado –Powell los comenta y refuta detenidamente en el epílogo de este libro-.)

Así, a finales de 1979, recién aprobados los dos primeros estatutos de autonomía, la transición pudo darse por concluida. Se abrió entonces un periodo de consolidación democrática, según Powell, que duró unos siete años, hasta 1986, y que se repartieron, casi a partes iguales, los gobiernos de UCD y el PSOE. Fueron años muy duros, tanto por la crítica situación de la economía española como por el ataque de las dos únicas fuerzas con capacidad para desequilibrar la democracia: la violencia terrorista de ETA y los deseos autoritarios de algunos altos mandos del ejército. Con todo, para entonces se habían consolidado en el sistema prácticas integradoras y estabilizadoras que iban a permitir superar el envite de los enemigos y los problemas políticos generados por la crisis interna de UCD. Entre otras, la afirmación del valor del consenso, el respeto de las cauces constitucionales para la resolución de conflictos o la correcta actuación de la jefatura del Estado en momentos de crisis como el del 23 de febrero de 1981.
La historia política de la democracia en tanto que sistema consolidado y normalizado no habría empezado hasta la segunda victoria electoral de los socialistas. Y habría adquirido plena carta de naturaleza en el momento en que estos dejaron paso, en 1996 y previa consulta electoral, a un gobierno del Partido Popular.

Cuando el Partido Socialista ganó las elecciones de 1982 se encontró con una tarea que iba mucho más allá del desarrollo de un programa y para la que, según Powell, se había estado preparando de antemano, con independencia de las ambigüedades y contradicciones de su discurso y de su actuación mientras había estado en la oposición. En opinión de aquél, en 1982 no hubo una alternancia normal en el sentido de que el partido mayoritario pudiera ponerse inmediatamente a desarrollar su programa de gobierno. Hasta 1986 el PSOE hubo de preocuparse antes que nada de la consolidación democrática, esto es, la reordenación de la estructura territorial del Estado o la reforma de las fuerzas armadas, al margen, claro está, de poner en marcha sus primeras políticas en el ámbito de la economía o de la educación, por poner dos ejemplos importantes.

Podría decirse, por tanto, que la historia política de la democracia en tanto que sistema consolidado y normalizado no habría empezado hasta la segunda victoria electoral de los socialistas. Y habría adquirido plena carta de naturaleza en el momento en que estos dejaron paso, en 1996 y previa consulta electoral, a un gobierno del Partido Popular.
Hace poco más de un año la idea de participar en política suscitaba miedo entre el 70 por ciento de los vascos, además del 21 por ciento que declaraba no atreverse siquiera a hablar de política. Sin embargo, las autoridades nacionalistas siguen empeñadas en demostrar que el País Vasco goza de excelente salud democrática.

A finales del año 2000 un 78 por ciento de los encuestados opinaba que la democracia era mejor que cualquier otro sistema, por tan sólo un 7 por ciento que prefería un régimen autoritario. A estos datos hay que sumar los del prestigio de que goza la Corona y la progresiva mejora de la valoración de las instituciones representativas –aunque no así de la justicia- en la última legislatura. Aún considerando ciertas deficiencias importantes en el sistema judicial –al que Powell, por cierto, apenas presta atención- o de problemas estructurales pendientes en el funcionamiento de la economía, la democracia española podría considerarse exenta de enemigos graves de no ser por la presencia de ETA y del nacionalismo. Hace poco más de un año la idea de participar en política suscitaba miedo entre el 70 por ciento de los vascos (de los que un 24 por ciento tenía mucho y un 46 % bastante), además del 21 por ciento que declaraba no atreverse siquiera a hablar de política. Sin embargo, las autoridades nacionalistas siguen empeñadas en demostrar que el País Vasco goza de excelente salud democrática. Acierta Powell al señalar en el epílogo que si bien en 1978 podía pensarse que el rechazo de una parte de los vascos y de los catalanes a la Constitución no era una amenaza grave para el sistema y podía superarse una vez desarrollado el Estado autonómico y garantizadas plenamente las libertades, lo sucedido a finales de los años noventa, con la declaración de Barcelona o el pacto de Estella por medio, invita a pensar que la democracia española tiene un serio problema. Contra todo pronóstico cuanto más ha aumentado el autogobierno en el País Vasco y en Cataluña, más ha crecido el descontento y la ambigüedad de los nacionalistas.
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