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    AUTOR
Carl. E. Schorske

    GÉNERO
Historia

    TÍTULO
Pensar con la historia. Ensayos sobre la transición a la modernidad

    OTROS DATOS
Madrid, 2001. 393 páginas. 2950 pesetas.

    EDITORIAL
Taurus




Reseñas de libros/No ficción
Historia y cultura
Por Manuel Alvarez Tardío, sábado, 23 de junio de 2001
El que fuera premio Pulitzer por su Viena-fin-de-siècle presenta ahora una reflexión sugerente y bien construida sobre el lugar que ha ocupado la historia en la evolución de la cultura: del apego del siglo XIX a pensar con la historia a una cultura moderna desentendida, ya en la primera mitad del XX, del sentido histórico.
Por lo que hace a la historia como disciplina de conocimiento, los tres últimos lustros del siglo XX han sido, a los ojos de muchos historiadores, una época de crisis. Crisis básicamente de método, como resultado de la quiebra definitiva e irreversible de modelos que hasta hace bien poco habían sido la panacea de la ciencia histórica. El derrumbe de la historiografía marxista o el declive de la escuela de los Annales... dejaron al descubierto la arrogancia y fatuidad de algunos falsos profetas de la historia. Eso tuvo, para muchos, efectos positivos, como el de impulsar una nueva recuperación del individuo y de lo singular en el discurso histórico, tan denostado durante años. (En todo caso, el resultado de haber entendido la historia como el conocimiento perfectamente científico de la sociedad, concebida ésta en términos de unidad y globalidad susceptible de ser comprendida e incluso pronosticada, ha tenido seguramente consecuencias muy funestas sobre la credibilidad de la propia disciplina, por no hablar de su responsabilidad en el diseño y realización de proyectos políticos totalitarios.)
En cuanto a la crisis de la historia a finales del siglo XX, es muy seguro, como ha señalado algún autor, que dicha crisis no haya sido tal y que los lamentos se hayan debido más al miedo de muchos historiadores al pluralismo metodológico, a la falta de sujeciones firmes e incuestionables, de teorías con las que amoldar el pasado y manipular el presente

Sea como fuere, el siglo XX ha acabado tal y como empezó, con discusiones teóricas sobre la razón de ser y la misma utilidad de la Historia. A finales de los setenta, pero sobre todo en los ochenta, pasadas unas cuantas décadas de hegemonía de un tipo de historiografía convencida de su condición científica y de su superioridad sobre la llamada historia tradicional, la disciplina volvía a estar como a finales del ochocientos, en el terreno pantanoso e inseguro que había rodeado el antes y el después de la Gran Guerra, preguntándose: ¿Para qué la historia?

En cierto modo, la cuestión de fondo era la misma que antaño: la historia seguía sin ser ese firme colchón de seguridad, esa fuente de certidumbres y modelos que muchos habían deseado. En el cambio del siglo XIX al XX -y también durante las primeras décadas de éste- sufrió las consecuencias de la crisis del positivismo, de la pérdida de confianza en el progreso y en el valor intrínseco de la racionalidad humana. Perdió así, del mismo modo, su prestigio como disciplina de conocimiento y su papel hegemónico tanto en el terreno de las ciencias sociales como en la vida misma de los individuos.

En cuanto a la crisis de la historia a finales del siglo XX, es muy seguro, como ha señalado algún autor, que dicha crisis no haya sido tal y que los lamentos se hayan debido más al miedo de muchos historiadores al pluralismo metodológico, a la falta de sujeciones firmes e incuestionables, de teorías con las que amoldar el pasado y manipular el presente. Hay además una diferencia sustancial entre esta supuesta crisis de finales del XX y la que se vivió a comienzos de ese misma centuria: en el primer caso la historia no ha perdido su protagonismo público ni su papel social, mientras que en el otro sí sufrió de auténtica crisis de supervivencia, siendo desplazada a un papel de mero agente auxiliar de otras ciencias sociales entonces en auge. Después de más de un siglo –de la Ilustración en adelante- acostumbrados a pensar, a explicar y a proponer con la historia, en la primera mitad del novecientos esa situación se invirtió –y no dejó de ser así cuanto menos hasta el final de la Segunda Guerra Mundial-.
Shorske no persigue pensar sobre la historia sino con la historia. De ahí que su cometido sea explicar, a través de distintos análisis sectoriales, el papel desempeñado por la historia en la evolución de la cultura contemporánea; y en particular, el por qué del ocaso de la Historia en el momento de la transición hacia la cultura moderna en torno a las primeras décadas del siglo XX

Carl E. Shorske se ocupa con una lucidez y una maestría difícilmente igualables de la evolución de ese pensar con la historia desde Voltaire hasta Freud. Lo hace desde una perspectiva que maneja como nadie, la de una historia cultural ambiciosa y abierta, brillantemente contaminada de historia de las ideas y del poder. No persigue pensar sobre la historia (sólo lo hace de forma marginal, en el último epígrafe) sino, como queda dicho, con la historia. De ahí que su cometido sea explicar, a través de distintos análisis sectoriales, el papel desempeñado por la historia en la evolución de la cultura contemporánea; y en particular, el por qué del ocaso de la Historia en el momento de la transición hacia la cultura moderna en torno a las primeras décadas del siglo XX.

Carl E. Shorske, profesor emérito de Historia de la Universidad de Princeton y autor de un trabajo ya clásico sobre la Viena fin-de-siècle (1981), ha reunido en este Pensar con la historia un total de diez ensayos publicados entre los años 1963 y 1995. Todos ellos responden a ese hilo argumental común acerca del papel de la historia en la cultura europea contemporánea: un primer bloque explica la “supremacía de Clío” o las culturas historicistas en el siglo XIX, y un segundo se ocupa del cómo y el por qué del “eclipse de Clío” o el camino hacia la modernidad en la Viena de los primeros años del novecientos.
Una vez pasadas tanto la época de lo que Shorske llama la “deshistorización de la cultura académica” (en los cincuenta) como la de las teorías generales y los modelos ahistóricos, es posible que Clío esté saliendo de una crisis larga antes que entrando en ella, y que lo esté haciendo con “una idea más clara y modesta de sus poderes”

En opinión de Schorske “el rechazo deliberado de la historia” que caracterizó la “génesis histórica de la conciencia cultural moderna” se extendió a la segunda mitad del siglo XX, muy influido ahora por una subordinación de la historia a las demás ciencias sociales y por la desconfianza y el pesimismo generados por las dos guerras mundiales. El método histórico y la dimensión temporal perdieron protagonismo a costa de la abstracción, los modelos teóricos y los análisis sincrónicos.

Quizá, al hilo de Schorske, lo que algunos llaman desde finales de los ochenta crisis de la historia sea, por el contrario, una recuperación. Una vez pasadas tanto la época de lo que Shorske llama la “deshistorización de la cultura académica” (en los cincuenta) como la de las teorías generales y los modelos ahistóricos, es posible que Clío esté saliendo de una crisis larga antes que entrando en ella, y que lo esté haciendo con “una idea más clara y modesta de sus poderes” y teniendo en cuenta que la recuperación de su papel en la cultura no es sino la de una renovada valoración de sí misma como fuente de significado del presente.
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