jueves, 07 de diciembre de 2006
Un pintor llamado Balthus
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[4228] Comentarios[8]
En el estudio y análisis detallado de los grandes maestros del pasado, fundamenta Balthus los conceptos básicos sobre los que se construye su arte pictórico.

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Juan Antonio González Fuentes

En el año 1965 el crítico de arte John Russell pidió al conde Balthasar Klossowski de Rola (1908-2001), más conocido por el seudónimo Balthus, que le contase algunos detalles de su vida personal destinados a enriquecer la presentación de un catálogo que iba a editarse con motivo de una exposición retrospectiva sobre su obra en la Tate Gallery londinense. El artista respondió a la petición del crítico con el siguiente telegrama: “Empiece así: Balthus es un pintor del que no se sabe nada. Ahora podemos mirar sus cuadros”.

Esta anécdota, narrada por el propio Balthus en su libro de memorias (Lumen, Barcelona, 2002) , le sirve a su principal protagonista para dejarnos muy claro a nosotros los lectores que, en su opinión, la única explicación válida que precisa un pintor, “la más significativa y fiable”, son sus cuadros, que, “por sí solos, dicen mucho más que todo un discurso”. Si meditamos un poco más el sentido del telegrama, debemos incluso ir bastante más lejos en la apreciación, ya que Balthus parece querer decirnos que cualquier otro tipo de información sobre un pintor, incluida por supuesto la biográfica, no sólo resulta en esencia prescindible por no añadir nada al cuadro, sino que además entorpece el acercamiento al mismo.

Se puede estar o no de acuerdo con esta peculiar reflexión de Balthus, pero lo que llamará poderosamente la atención de cualquiera, es que la plasme en un libro de memorias, circunstancia que en principio es cuando menos contradictoria. Consciente al parecer del caso, Balthus justifica la aparición de estos recuerdos (fragmentos no escritos por el pintor y pertenecientes a entrevistas mantenidas poco antes de su muerte con Alain Vircondelet) aduciendo la necesidad de fijar algunos momentos de su existencia, ni más ni menos que “a la manera de Montaigne”, pero sin propósito alguno testamentario. Como era previsible, una contradicción conduce directamente a otra, y ésta a las siguientes. Y es que si algo caracteriza a este libro son sus abundantes paradojas; paradojas que a veces exasperan, otras producen hilaridad, y casi siempre dejan estupefactos a quienes no permanecen por completo ajenos a lo que ha sido la historia de la pintura del siglo XX.

Partamos de un hecho que me parece incontestable: todo libro de memorias –lo quisiera o no el señor Balthus– es, en buena medida, un propósito de ponerse en escena atendiendo especialmente a la fama póstuma, o con otras palabras, es un testamento que por regla general se desea presentar pulcro y perfumado, para que quienes vengan detrás juzguen de la forma más favorable posible a nuestros intereses.

Siguiendo esta regla, Balthus demuestra en sus memorias un especial interés por presentarse ante la posteridad como un distante, sencillo, sublime, católico y místico aristócrata, un señor feudal orante, alejado de cualquier distorsión mundana y entregado a todo lo que le eleva y le exalta, por ejemplo, el Cosí fan tutte de Mozart, los paisajes alpinos, o la poesía de Rilke, quien tuvo una estrecho vínculo con el pintor gracias a mantener una relación sentimental con su madre.

Es cierto que cada cual puede autopresentarse de la manera que mejor le plazca, y que mi lectura de estas memorias quizá peque en exceso de prosaica, pero juzgo cuando menos chocante que Balthus nos hable de su vida contemplativa, libre de seducciones sociales, humilde y ajena a la vanidad, desde una inmensa mansión en Rossiniére, poseyendo el castillo de Montecalvello, habiendo tenido a alguno de los mejores marchantes parisinos comerciando con sus cuadros, frecuentando a estrellas de Hollywood como Sharon Stone o Richard Gere, dirigiendo durante años la romana Villa Medicis por encargo del ministro André Malraux, aceptando doctorados honoris causa, refiriéndose a su segunda esposa como “la condesa”, o siendo exhibida su obra en los mejores museos de Occidente. En este sentido, puedo asegurar que no con facilidad se encontrarán unas memorias tan impostadas y pretenciosas como estas firmadas por Balthus.

Qué es entonces lo que hace recomendable la lectura de este volumen. Sin duda los fragmentos en los que Balthus se deja de zarandajas y se centra en hablarnos de pintura. Repasa así su formación autodidacta observando en museos o iglesias la obra de los primitivos italianos (Fra Angelico, Piero della Francesca, Masaccio o Giotto), de Cézanne, Poussin o Delacroix, para cuyas pinceladas siempre tiene un comentario iluminador e inteligente del que brota una radical devoción. Balthus cree que la pintura sin memoria no es posible, y sin cesar reivindica la imperiosa necesidad de un conocimiento profundo de la historia del arte del que, en su opinión, carece la inmensa mayoría de los pintores contemporáneos.

En el estudio y análisis detallado de los grandes maestros del pasado fundamenta Balthus los conceptos básicos sobre los que se construye su arte pictórico: el dibujo como escuela de verdad y exigencia, la paciencia infinita, la concentración y lentitud, la observación de las propias pinceladas, el cuidado por el detalle, el acercamiento íntimo a la naturaleza, el amor por el silencio, la enemistad con todo lo que huela a “intelectualismo”, el no dejarse arrastrar por las modas y las innovaciones apresuradas. En este último punto es en el que se ampara Balthus para explicar sus conflictos con los surrealistas, André Breton a la cabeza. Balthus opina que los “juegos” surrealistas no son arte, “sino un ejercicio, un entretenimiento que no tiene nada que ver con la práctica de la pintura, pues ésta, más allá de la pericia que requiere, es una actitud metafísica, espiritual, una auténtica andadura de peregrino, un descubrimiento profundo, grave en el sentido cabal de la palabra”. Casi siempre es el trato con el surrealismo y con otras “innovaciones” contemporáneas lo que utiliza Balthus como piedra de toque para juzgar y valorar a los artistas coetáneos. Mediante esta práctica nuestro pintor hace desfilar por su libro a Picasso, Miró, Dalí, Braque, Chagall, Giacometti, Bacon, Chirico, Tàpies, Jacob, Magritte, Mondrian..., saliendo del todo indemnes del examen muy pocos de ellos.

También deambulan en abundancia por estas páginas poetas y novelistas, y de vez en cuando algún que otro cineasta, aunque quien busque en ellas un retrato detallado de la vida intelectual parisina y europea del siglo XX saldrá por completo defraudado.

Buen provecho del trato con estas memorias sólo podrán obtenerlo quienes partan de un conocimiento previo del personaje y de los asuntos que trata, pues entonces dispondrán de alguna oportunidad para separar el grano de la paja. Los que no dispongan de dicho equipaje, pero sí de humor e ironía, disfrutarán de las sublimes ocurrencias del señor conde; y el resto de los lectores quizá piquen el anzuelo y, en consecuencia, pidan conjuntamente al Papa de Roma la beatificación de este venerable, rezador y virtuoso artista. ______________________________________________________________________
NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente .


Comentarios
22.01.2007 22:12:50 - Pedro Blas Julio Romero
Comentarios ...

14.04.2008 3:41:17 -



14.04.2008 3:41:21 -



14.04.2008 3:41:32 -

dddddd


29.04.2010 20:02:34 - camila



no me gusta la imformacion de este pintor..


29.04.2010 20:02:42 - camila



no me gusta la imformacion de este pintor..


29.04.2010 20:05:05 - pintor



no me gusta la imformacion de este pintor..


29.04.2010 20:05:13 - pintor



q me importa










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