lunes, 17 de diciembre de 2007
Un joven Julio Maruri lee una carta de J.R. Jiménez
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[5000] Comentarios[0]
Siempre me fascinó una foto antigua en la que un joven poeta, Maruri, lee con “glamour” una carta que resulta ser del exiliado J.R. Jiménez

Juan Antonio González Fuentes

Juan Antonio González Fuentes

Para mí todo empezó contemplando una foto. Sin duda la primera vez que vi esa foto fue el tres de diciembre del año 1992. Lo puedo asegurar con tanta precisión porque dicha fecha es la que figura al pie de la dedicatoria que en la tercera página de Desde el borde de la memoria me escribió su autor, Aurelio García Cantalapiedra, el mismo día en que compré el libro.

Recuerdo que pasé la noche hojeando una a una todas sus páginas, dedicando además especial atención a las imágenes que las ilustran poniendo rostros y escenarios en blanco y negro a buena parte de la vida cultural y artística santanderina del pasado medio siglo. La foto a la que me refiero desde luego estaba allí, más concretamente en la página doscientas treinta y tres del libro, como ahora mismo compruebo, y tuve por tanto que detener la mirada sobre ella aunque sólo fuera durante un mínimo instante. Sin embargo aquel primer contacto visual con la foto no causó en mí ninguna impresión especial, quedando mi memoria libre de cualquier signo que apuntase lo contrario.

Pero ni siquiera tuvo que transcurrir un año para que la foto volviese a aparecer en mi vida, y esta vez sí, para dejar en ella una huella del todo imborrable. Acababa de terminar el verano de 1993 cuando acudí al Palacete del Embarcadero de la Autoridad Portuaria de Santander para ver la exposición del fotógrafo y pintor Ángel de la Hoz, antológica que se celebraba conjuntamente en dicho espacio y en la sala de exposiciones del Centro Cultural de Caja Cantabria en la popular calle Tantín de Santander.

Julio Maruri en 1949 (foto de Ángel de la Hoz)

Julio Maruri en 1949 (foto de Ángel de la Hoz)

La hermosa sala estaba tan abarrotada de gente que realmente se hacía difícil poder echar un provechoso vistazo a los trabajos expuestos, buena parte de ellos realizados en la década de 1950. Con todo, pude disfrutar de los logrados retratos de conocidos personajes como Tàpies, Ana Mariscal, Vladimir Romanov, Antonio Quirós, Gerardo Diego, José Hierro , Pancho Cossío, Álvarez Ortega..., y también de los de desconocidas mujeres que entonces me parecieron, quizá por sus aires y nombres de evidencia extranjera, de una belleza apabullante, inalcanzable y prohibitiva en su sofisticación.

Repito, deambulaba curioso por la concurrida sala cuando mis pasos me guiaron justo ante la foto, reproducida para la ocasión a un enorme tamaño. Al instante quedé prendado de ella, sí, prendado, esa es la palabra justa, no hay otra más adecuada para describir lo ocurrido. En este mismo instante, cuando la contemplo impresa en la blanca página de un libro, siento con penetrante claridad cómo continua fascinándome. Ahora intentaré explicar algunas de mis razones.

El retrato/bodegón de Ángel de la Hoz, realizado en un elegante blanco y negro, es de una acusada perfección técnica en su formato rectangular, con una composición de clásica estructura piramidal que me parece muy atractiva y acertada desde un punto de vista visual y comunicativo. En él vemos, por medio de lo que en cine sería un plano medio, a un hombre joven sentado ante una mesa leyendo una carta escrita a máquina. El fondo del plano está completamente oscurecido y nada puede adivinarse del entorno, lo que ayuda al espectador a concentrar toda su atención en la figura del joven lector. A éste sólo le vemos de medio cuerpo hacia arriba, quedando el resto de su fisonomía oculta por la mesa, que ocupa toda la parte inferior de la imagen, materializando así un ámbito humano y corpóreo enfrentado a la omnipresente e inaprensible oscuridad circundante. Sobre la mesa de madera hay, en primer término, dos elementos que por un lado humanizan el espacio y por otro ayudan a caracterizar al personaje: un sobre con las direcciones del emisor y receptor de la carta, colocado de cara al observador, como si alguien quisiera facilitarle al mismo el conocimiento del origen y destino de la misiva; y una jarrita de cristal transparente llena de agua que alberga una cerrada rosa con su largo tallo y todas sus hojas verdes desplegadas.

El joven lector, por su aspecto e indumentaria, bien pudiera pasar por un estudiante de doctorado en letras de Oxford o Cambrigde, un personaje que físicamente hubiera encajado bastante bien en el ambiente universitario inglés que con tanta precisión e ironía describe Evelyn Waugh en su obra maestra de 1946 Retorno a Brideshead. El joven lector tiene grandes gafas de fina montura metálica; luce un pelo abundante, lustroso, peinado con raya a un lado y con un mechón rizado que cae sobre la frente, otorgando al conjunto un aire de comedida rebeldía. Viste camisa blanca con rayas, corbata oscura, jersey de cuello en pico y una chaqueta de franela. Los dos brazos están apoyados en la mesa de madera. El izquierdo está casi extendido sobre la tabla, su mano sostiene la carta mecanografiada y entre dos de sus dedos humea un cigarrillo con picadura. El derecho forma prácticamente un ángulo de noventa grados para sostener con comodidad la cabeza cuyos ojos aparecen fijos en el papel escrito. Sin embargo, la disposición general del cuerpo, su arquitectónica y estudiada puesta en escena, no transmiten concentración, esfuerzo, tensión o marcado interés por lo que los ojos observan, si no más bien una cierta dejadez refinada, lacónica pero afectada, la languidez trabajada e ingenua de quien desea aparecerse, revelarse en el papel fotográfico, probablemente como desea que los demás lo vean, lo piensen y lo sientan, como un artista, tal vez como un poeta.

Sí, desde hace años esta foto atrae siempre que la veo mi atención. No sé si es la mejor de su autor, pero es con diferencia la que más me gusta de todas cuantas de él he visto. Ahora cojo una lupa y sin esperanza alguna, por pasar un rato jugando a detectives, la dirijo hacia las letras que aparecen en el sobre. No, no lo puedo creer, en la parte superior del sobre puedo descifrar con alguna dificultad, sí, pero sin albergar ninguna duda, el nombre y dirección del remitente. J.R. Jiménez Queensbury Road, Riverdale, Maryland; y en el centro el nombre del destinatario, Pedro Gómez Cantolla, director de la revista literaria santanderina Proel.

El joven que junto a una rosa fresca lee con aire indolente la carta de Juan Ramón Jiménez a Pedro Gómez Cantolla, carta que muy probablemente contenga o hable de la colaboración del poeta exiliado en el número especial Primavera-Estío (1950) de Proel, es Julio Maruri. La foto está fechada en 1949, cuando Maruri contaba con veintinueve o treinta años de edad, había publicado ya sus dos primeros libros de poesía, también había realizado su primera exposición como pintor en el santanderino “Saloncillo de Alerta”, y no le quedaban muchos meses por delante para tomar una drástica decisión que marcaría un antes y un después en su vida: tomar el hábito del Carmelo, abandonar para siempre Santander y convertirse durante muchos años en fray Casto del Niño Jesús.

Es decir, la foto de Ángel de la Hoz ofrece a la posteridad la imagen de Julio Maruri cuando se encontraba en el punto álgido de su breve pero decisiva carrera como poeta de la llamada “generación proelista”, cuando era atendido y recibido por poetas mayores de la talla de Vicente Aleixandre o su paisano Gerardo Diego, cuando formaba parte junto a José Hierro y José Luis Hidalgo del pronto malogrado terceto de una de las más prometedoras hornadas de la joven poesía montañesa, cuando estaba a punto de enfrentarse a una grave crisis personal que trastocaría sin remedio y por completo toda su existencia, y de la que muy probablemente nunca sepamos toda la verdad.


NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente.


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