lunes, 21 de mayo de 2007
T.S. Eliot: una influencia en la poesía de la Postmodernidad
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[5371] Comentarios[0]
Utilizar mitos y formas del pasado para dar estructura al caos del presente, esta es, con gran simplicidad, la lección de T. S. Eliot.

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Juan Antonio González Fuentes

El principio básico del arte poética más influyente del pasado siglo, aplicado primero por Joyce en el Ulises y luego por T. S. Eliot en The waste land, quedó perfectamente definido y perfilado por este último en su trabajo Ulysses, order and myth, publicado en la revista The Dial en noviembre de 1923: Utilizar mitos y formas del pasado para dar estructura al caos del presente, preparando así la superación de éste, de cambio a algún orden o creencia vagamente soñados o añorados. En su ensayo, Eliot venía a afirmar que la aplicación del mito clásico al caos moderno era un modo de procurar forma y significación al inmenso panorama de futilidad y anarquía que era la historia contemporánea; además, aseguraba que la implantación en el campo de la literatura de este principio básico era tan importante como el de la relatividad de Einstein en el de la Física.

Pues bien, en mi opinión, casi toda la producción literaria posterior a 1922, queda, repito, en alguna forma, supeditada a dicha propuesta.


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T. S. Eliot


Tal afirmación nos ha de llevar, necesariamente, a reflexionar sobre un hecho que se hace a la luz de tales razonamientos evidente: llevamos vivido casi un siglo sin que aún nadie -individuo, grupo o generación- haya sido capaz de aglutinar bajo un nuevo proyecto las posibles direcciones que señalen al hombre de nuestros días un camino distinto al marcado por la vanguardia de 1922, una nueva tarea a desarrollar. Esta clara situación de parálisis vital quizá sea debida a la imposibilidad de tal propósito y destino que la misma esencia de la vida en nuestro tiempo parece guardar congelada en sus genes. Puede que también se deba a que hoy nos sentimos míseros y demasiado conscientes de nuestra pequeñez, y sepamos ya con entera certeza que los dioses nos han desposeído de la suficiente arrogancia como para llevar a cabo tan singular empresa. De todas formas las causas del fenómeno responderán, que duda cabe, no a la presencia de un sólo elemento o circunstancia, sino a la suma y coalición de múltiples y complejos factores. Pero lo cierto es que hoy la gran literatura y el gran pensamiento, entendiendo por estos los que presentan la capacidad de arrogarse en esencia misma de su tiempo -precisa e inteligible-, no existen, han muerto como tales. Y es en el reconocimiento de nuestra incapacidad, en nuestra propia falta de grandeza, en la palpable consciencia de la imposibilidad vital de ser grandes, donde radica una de las razones fundamentales por las que en la actualidad se continúa requiriendo, incluso con mayor exigencia que en tiempos de Eliot, la presencia del pasado.

Uno de los escasos matices que hoy nos distancia en algo con respecto al arte poética vanguardista de 1922, es, sin duda, la propia conciencia de nuestra limitación; conciencia que hace que visitemos los mitos y las formas del pasado no ya con un deseo de superación bajo el brazo que esperamos nos ponga en camino hacia lo soñado como predicaba Eliot, sino que más bien hacemos el viaje cargando con una distanciada y lúcida ironía esperando tan sólo un alejamiento momentáneo de la sordidez y vulgaridad cotidianas. Y es que en poco tiempo todos nos hemos hecho más sabios, más tristes y peores, y sabemos mucho de lo inútil de los sueños.

Es en este contexto de irónica contemplación donde el poeta ha pasado a constituirse, paradójicamente, en un ser más preciso y configurado, más hedonista y conservador -que no reaccionario-. El poeta es hoy culto, civilizado y ordenado, escribe con la cabeza fría y los cinco sentidos puestos en su trabajo; es menos mago y figurante, menos ingenuo y decisorio, menos Dios y salvaguardia. El poeta ha optado por la reserva y el sutil distanciamiento; guarda sus tensiones interiores para revelarlas con calma y exactitud en una obra cada vez más reflexiva y deudora de las circunstancias; no es un histrión de esfuerzos, sino un hombre que sabedor de sus profundas limitaciones no aspira soberbio a encabezar destinos, más bien se centra en su propio apocalipsis, modesto y personal.

Una búsqueda que en nuestros días de postmodernidad marchita aún continúa, aunque impregnada por la ironía y el sentimiento de imposibilidad. Hoy, como ayer, como en 1922, se busca el retorno. Pero hoy los caminos -y aquí topamos con otro matiz diferenciador con respecto a antaño- son varios, son prácticamente todos.

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NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente.


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