miércoles, 13 de diciembre de 2006
Pinochet
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[2299] Comentarios[0]
El dictador Pinochet ha muerto. Y veo en la pantalla de televisión el desfile de fieles e infieles ante el ataúd que guarda su viejo cadáver. Un desfile interminable, una cola larga y larga de gentes que miran en su cajita al juguete roto.

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Juan Antonio González Fuentes

Nada más regresar de Madrid a Santander tras el fin de semana, me entero de la noticia escuchando la radio ya por la noche y metido plácidamente en la cama: Pinochet ha muerto. Coincide la nueva con el inicio en la clase de historia contemporánea del tema dedicado a la Guerra Fría y el mundo bipolar, y algún alumno avispado me pregunta al comenzar el lunes la clase si el personaje tenía algo que ver con lo que estamos estudiando ahora mismo en el temario.

Le explico que obviamente sí, y que tras la Segunda Guerra Mundial, las dos grandes potencias vencedoras, los EE.UU. y la URSS, se repartieron el mundo casi como si de un tablero de ajedrez se tratara. Cada potencia movía las fichas de un determinado color, y no permitía que la otra ganase con sus movimientos cuadrados del tablero geográfico mundial. Los EE.UU. lideraban el primer mundo, el capitalista occidental con democracias parlamentarias liberales. La URSS lideraba el segundo mundo, el de los países de órbita socialista, y el resto del globo, el tercer mundo, el conformado por países dependientes y subdesarrollados, quedaba al albur de las estrategias de los otros bloques.

En el tácito reparto, todo el continente americano quedó bajo la custodia ideológica, política y económica de los EE.UU. De ahí el enorme revés que para la política norteamericana supuso la llegada al poder en Cuba de Fidel Castro (un peón o alfil de los soviéticos colocado a tiro de piedra y de misil de las playas de Miami), y la determinación que desde entonces registró cualquier administración norteamericana: no permitir bajo ninguna circunstancia otra aventura socialista de envergadura en los cuadrados del tablero bajo su sombra.

La aventura socialista y populista de Salvador Allende en el Chile de los años setenta del siglo XX, fue visto por la política exterior norteamericana como un nuevo intento del principal enemigo ideológico de su sistema por asentarse en su cercanía geográfica, y por extenderse desde allí a otras latitudes, a otros cuadrados del tablero americano: Perú, Nicaragua, Bolivia, etc...

El apoyo directo al golpe del general Pinochet era el movimiento lógico y predecible de la gran partida que se estaba jugando entonces. Los EE.UU debían mover ficha para comerse el alfil o peón del contrincante, para evitar que esa pieza del contrario se enquistase en sus dominios, en su territorio de influencia. Y la pieza fue movida. La pieza se llamó Pinochet, o mejor dicho, cúpula militar chilena. La eficacia del movimiento fue la precisa, la justa y necesaria para lograr el objetivo. Se comieron a la pieza Allende y el país chileno quedó de nuevo asegurado como espacio amigo, como terreno de juego propio.

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Augusto Pinochet Ugarte y Salvador Allende

Pinochet, una de las piezas norteamericanas en el tablero de ajedrez de la Guerra Fría, ha muerto de viejo, lo han matado los días. Castro, la pieza soviética de la misma partida ajedrez, está a punto a punto de sucumbir a sus días, al peso ya insoportable para sus viejas carnes del uniforme verde oliva y las barbas chivescas.

Los dos sucumbirán en la cama, rodeados de parientes y amigos-enemigos. Los dos fueron piezas importantes de una partida que ya hace décadas se dejó de jugar, que fue abandonada por incomparecencia de uno de los contrincantes, la URSS, que a golpe de talón y razón iba recuperando sus antiguos ropajes, los de la Rusia de la toda la vida.

Pinochet y Castro son parte de esos juguetes viejos que ya no sirven para que los niños nuevos se entretengan. Son, eran, piezas arrumbadas en el desván de la historia, de la historia de un siglo que ya pasó a los libros con el sonido viejo de las campanadas de un año nuevo, de un siglo nuevo que además llamaba a la puerta invitando a beber con burbujas Freixenet.

Pinochet ha muerto. Y veo en la pantalla de televisión el desfile de fieles e infieles ante el ataúd que guarda su viejo cadáver. Un desfile interminable, una cola larga y larga de gentes que miran en su cajita al juguete roto y desmadejado, sin pilas ni mecanismo. Algunos lloran la pasar, otros observan para asegurarse de que el muñeco no se levantará más, muchos para contemplar la última y negra historia de su país metida en una caja, en una caja sin música posible.

Y me vienen a la memoria escenas muy parecidas de un invierno español, el de 1975. Jamás podré olvidarme a mí mismo sentado en el sofá del pequeño cuarto de estar del piso de mis padres, viendo la televisión en blanco y negro, viendo como miles, como cientos de miles de españoles desfilaban llorando, enlutados, algunos con el brazo en alto y la mano abierta, ante la cajita de madera que contenía los restos del juguete roto y descosido que era el general Franco tras 40 años ininterrumpidos de uso y abuso.

Y jamás podré olvidar, jamás de los jamases mientras viva, la figura de la pobre Lucía, una señoruca mayor que trabajaba en casa de mis padres, vivaracha y escuálida, con el poco pelo ya desparramado en ricitos pobres y enclenques sobre la frente, que apoyada en el quicio de la puerta del salón, contemplaba también el desfile mortuorio televisado, y de vez en cuando hipaba en llanto, y con el mantel medio sucio con la harina de rebozar, se secaba las lágrimas más abundantes que nunca he visto derramar por el paso ineludible de la historia.

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NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente .


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