lunes, 30 de marzo de 2009
Manipular y seducir. Poética de González Fuentes en el Cervantes de Lyon (II)
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[1694] Comentarios[0]
Creo que el orden cultural en el que Occidente se forjó durante siglos, entró en crisis abierta y probablemente definitiva hace mucho tiempo, por lo que ya son varias las generaciones (la mía sin ir más lejos) encadenadas a una incertidumbre cultural cuya más evidente materialización George Steiner ha definido como la paulatina “retirada de la palabra”
Juan Antonio González Fuentes 

Juan Antonio González Fuentes

“Pero si más arriba he subrayado cuál es el elemento de trabajo que maneja el poeta, y he procurado establecer cuál es su función, desvelando así mi propia poética, ahora me pregunto si he conseguido plasmar aquí, aunque sea indirectamente, una definición asumible de poesía. Pero no, no lo creo. Y es que en esencia la poesía, el canto y la exaltación, no pueden “razonarse”. A este respecto, sin embargo, mantengo una íntima y viva convicción: si la poesía no es “razonable”, sin embargo sí debe llevarnos a la reflexión, al pensamiento que es su materia natural. La poesía no hace efectivo el mundo (no alienta la acción), pero sí su carácter y su destino.

Sí, apenas sabemos nada razonado de lo que es la poesía, pero se me olvidó recalcar que tal desconocimiento poco debe importarnos. Hablar de poesía es hacerlo de algo que no se comprende, a pesar de que se piense, y mucho. Donde mejor he sentido expresada esta idea es en la parábola protagonizada por el poeta japonés Basho, y recogida por el ya aludido Roberto Juarroz en su trabajo Poesía y realidad. La narración es la siguiente: “He estado explicando Zen toda mi vida –confesó una vez Basho– y sin embargo nunca he podido comprenderlo. Pero –dijo su interlocutor– ¿cómo puedes explicar algo que tú mismo no entiendes? ¡Oh! –exclamó Basho–. ¿También tengo que explicarte eso?”.

No, no puede explicarse qué es la poesía, y la razón última de esta imposibilidad, sospecho, radica al final en que denominamos poesía a los caminos emprendidos por el hombre para procurar penetrar en los términos de aquello que no es decible y que, en consecuencia, se hace imposible. Ya quedó dicho antes: se trata de hablar ante el abismo en el que estamos con el abismo que somos, y ese hablar (en no pocas ocasiones balbuceo, como bien precisa Juarroz) requiere una meditación trascendental del lenguaje o sobre el lenguaje (una honda conciencia del manipular diría yo en el contexto en el que nos movemos), una meditación conducente a que cada palabra empleada por el poeta haya surgido de una ineludible necesidad expresiva, de una transfiguración inducida por esa irrenunciable necesidad.

Significar la geometría de lo indecible, ése, me parece, es el asunto de la poesía más plena. De ahí que la poesía sea la luz más propicia que posibilita nuestra percepción de los espacios situados más allá; que persigue lo inverso, el otro lado de las cosas; que ensancha, abre la realidad sumándole realidad, localizando aquello presente tras los márgenes de nuestros conocimientos sistematizados (un logos racional) y que, como lo indecible de la muerte, por ejemplo, exige otras presencias, otras precisiones distintas a las habituales, a las que he denominado normalizadas.

Todo acceso al mundo conlleva una autocomprensión de la existencia, pero a menudo esa comprensión no se expresa. En el uso de la palabra poética, viene a decirnos Roberto Juarroz, el poeta no busca sólo un modo de expresarse, sino un modo de participar en la realidad misma, en una realidad, añado yo, exponenciada, es decir, elevada a una potencia cuyo exponente no está precisado. Por eso el verdadero poeta necesariamente se desenvuelve en la marginalidad, porque para su propósito debe someter los preceptos y normas del lenguaje recibido, de la realidad que le ha sido dada, a su propia videncia o iluminación imaginativa y experiencial, en un proceso de revelación fundadora. Así, el mundo de la poesía, como nos recuerda Miguel de Unamuno, es el de la más pura heterodoxia, el de la herejía, siendo el poeta el heterodoxo por antonomasia, dado que “se atiene a postceptos y no a preceptos, a resultados y no a premisas, a creaciones, a poemas, y no a decretos, a dogmas”.

El poeta cree sinceramente en la infinitud de lo que no consigue decir y que, por esa misma circunstancia, encuentra puntual eco en los otros, en los demás, en los susceptibles de seducción. Tal vez, aventura Hans-Georg Gadamer, esta íntima sabiduría del balbucir y enmudecer sea la herencia que nuestra cultura espiritual deba transmitir a las generaciones próximas. Balbucir y enmudecer sustentan nuestro incesante abrirnos a la existencia. En ese esfuerzo sitúo la poesía de nuestro tiempo, en ese esfuerzo personal, íntimo, me cuento y encuentro. Y hablo de “esfuerzo íntimo y personal”, siguiendo el discurso del pensador Fernando Savater, quien escribiendo sobre la relación entre filosofía y poesía en la obra de María Zambrano, escribe “el canto, la exaltación, la celebración o la constatación del horror pertenecen siempre a alguien; el logos racional es –o pretende ser- de todos, aspira a una perspectiva imparcial que sería en sí misma, caso de lograrse, el único espacio en el que ningún pulmón poético podría respirar”.

A este respecto, sin duda posible, una de las cuestiones esenciales que deben mover a reflexión en nuestros días dentro del terreno de lo poético, es el sensible paso atrás que la palabra, es decir, el elemento de precisión que “manipula” el poeta para “seducir” y conocer, está dando en nuestro contexto cultural.

Creo que el orden cultural en el que Occidente se forjó durante siglos, entró en crisis abierta y probablemente definitiva hace mucho tiempo, por lo que ya son varias las generaciones (la mía sin ir más lejos) encadenadas a una incertidumbre cultural cuya más evidente materialización George Steiner ha definido como la paulatina “retirada de la palabra”. Pues bien, en este punto crítico actual es donde el poeta creo que debe jugar un papel esencial: ser un manipulador y seductor, un transmisor decisivo entre generaciones de lo que Gadamer ha venido en llamar “la íntima sabiduría del balbucir y enmudecer”, o lo que es lo mismo, del uso arriesgado, meditado, trabajado, indagador, intuitivo, riguroso, imaginativo..., de la palabra.

El edificio cultural levantado por la Ilustración (cimentado en la palabra) no sobrevivió, entre otras realidades, a los campos de exterminio nazis. Las distintas sociedades occidentales de comienzos del siglo XXI ya no producen ni perpetúan gran parte de su cultura con herramientas literarias y humanísticas. La era del humanismo moderno pasó hace tiempo a mejor vida, como certifica en un reciente trabajo Peter Sloterdijk, y con él la “palabra se retira”, va perdiendo espacio vital. En nuestros días, todo debate serio en torno al futuro de la poesía fundamentada en la palabra, adopte esta la forma que adopte, opino que sólo puede partir del análisis y comprensión de esta realidad aquí descrita. Todas las demás posibilidades de debate se me antojan, en esta hora, aburridos e inútiles ejercicios de malabarismo.

Quizá como en ninguna otra etapa de la historia hayan tenido tanto que ver entre sí el futuro próximo del hombre, el de la poesía y el de la palabra, el de la palabra poética como eficacísima, imprescindible herramienta manipulada para la seducción, para entrar en la compleja, delicada, misteriosa, inabarcable geografía de lo indecible”.

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Última reseña de Juan Antonio González Fuentes en Ojos de Papel:

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