Juan Antonio González Fuentes
Yo llegué tarde a
Luis Cernuda. Concretamente cuando aún no había cumplido veintiséis años y compré en una pequeña librería santanderina, hoy ya desaparecida, la edición de
Ocnos publicada por la editorial barcelonesa Seix Barral en su colección Biblioteca de Bolsillo.
Recuerdo que me llamó la atención la fotografía de la cubierta, que muestra a un Cernuda de porte aristocrático, o con pinta de maduro galán de cine años cincuenta, una especie de
Douglas Fairbanks ya en decadencia: chaqueta por encima de los hombros, pañuelo anudado al cuello, mirada pensativa, sienes plateadas y elegante pipa en la boca. También me sedujo que fuese un libro en prosa, construido de breves fragmentos con títulos evocadores y contundentes: el parque, el mar, atardecer, la música y la noche, el enamorado, el viaje, el maestro, el magnolio, el piano, el huerto, la poesía, jardín antiguo..., títulos que a mí me sonaron prometedores de melancolías y decadencias danuzzianas, tan apreciadas por el tonto y amanerado aprendiz de escritor que yo era entonces.
Luis Cernuda
El libro no me gustó. Me defraudó. No encontré en él lo que esperaba, una mezcla quizá de superficial dulzura. Ahora reconozco que aún no me había llegado la hora de entender al Cernuda de
Ocnos. Cuando lo publicó, el poeta tenía cuarenta años, edad a la que ya he llegado, sin duda esa es una razón por la que la reciente lectura de estas prosas me ha resultado, por fin, tan próxima, tan entendible, tan dramática.
Este Cernuda hace que su memoria se convierta en un elemento reflexivo de máxima exactitud y precisión dirigido a entablar un proceso comunicativo de carácter recíproco con lo exterior. Cernuda se explica así comunicándose con el mundo, y para ello utiliza la rememoración de aquellos momentos de vida auténtica, de perfecta armonía, de privilegió existencial que él ha vivido, y mediante los cuales consigue establecer desnudo contacto con el mundo.
En estos poemas en prosa Cernuda logra que cada palabra empleada se llene de sentido al contacto con las otras palabras, igual que los colores se modifican unos a otros sobre el lienzo. Cernuda se aplica a imágenes de su memoria aplanándolas pero sin atenuarlas, retoca lo real con lo real, desmonta sus recuerdos y los vuelve a montar hasta alcanzar la intensidad necesaria, utiliza las palabras en función de una asociación interna no retórica para llegar a una deducción moral sobre su vida. Cernuda ahonda en las sensaciones, mira lo que hay dentro de las cosas y a través de su recuerdo se expresa él mismo atrapado en ritmos, plegando el fondo a la forma, y el sentido al ritmo íntimo, personal de su propia vida.