lunes, 15 de mayo de 2006
Los sainetes de Pedro Almodóvar
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[1817] Comentarios[1]
Una parte del problema del último cine de Pedro Almódovar, es la considerable endeblez de sus personajes protagonistas, presentados con rasgos provocadores y con frecuencia muy superficiales.

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Juan Antonio González Fuentes

A mi modo de ver el gran problema último del cine de Pedro Almodóvar es la considerable endeblez de sus personajes, caracterizados casi siempre con rasgos muy llamativos e incluso provocadores, pero de una superficialidad a menudo sonrojante.

Este problema vuelve a hacer acto de presencia abiertamente en una de sus últimas películas, La mala educación, en la que una idea general que podría calificarse como interesante, viene a desmoronarse fotograma a fotograma por la impericia o la incapacidad de Almodóvar a la hora de dotar a sus protagonistas de una mirada moral sobre los distintos avatares de la existencia, tanto de la propia como de la ajena.

En el cine del director manchego todo parece ser apreciado, analizado, enjuiciado y narrado bajo la jurisdicción y el lenguaje de los sentidos, y muy raras veces bajo el más sutil, complejo y determinante prisma del entendimiento o la conciencia, dando así como resultado historias dotadas de una considerable potencia simplemente efectista, en las que Almodóvar hace recaer todo el peso del andamiaje cinematográfico sólo sobre los detalles, la puesta en escena y algunos diálogos quizá en exceso “literarios”. Pero estas historias almodovarianas, tan resultonas podríamos decir, adolecen para ser grandes de lo que sí tienen las del alemán Douglas Sirk (uno de los confesados referentes del director español), es decir, personajes con una vida interior que evoluciona y se modifica con los acontecimientos vividos, personajes cuya conciencia rígida o cambiante mediatiza el propio discurrir de la narración.

En el cine de Almodóvar los acontecimientos externos modifican los sentidos del personaje, su epidermis, pero no parecen hacer mucha mella en su conciencia, no repercuten decididamente en su interior, y ahí radica el principal problema de su mejor cine; sus personajes están hechos con llamativos y acertados trazos más propios de la caricatura y el esperpento, pero no con carne, sangre y huesos. No hay ni verdadero lirismo ni ninguna épica en las historias filmadas y escritas por Almodóvar, tampoco análisis, ni planteamiento claro de una determinada tesis, y por el contrario sí abunda el chascarrillo, los elementos propios del crudo sainete, la tristeza bufa del vodevil con pretensiones, la alegría del niño contenido que por fin puede dar rienda suelta a su naturaleza caprichosa e infantil. El entramado de ideas y sentimientos expresado por Almodóvar en la mayoría de sus películas, su mirada interna y externa al mundo que luego ofrece en imágenes, tengo la impresión de que le debe su existencia mucho más a una educación sentimental trabajada en el torno de la copla, el sainete y las páginas de los hermanos Álvarez Quintero, que al contacto con Chéjov, Cervantes o Shakespeare.

Para ejemplificar a lo que me refiero, baste comparar la película de ¡“nuestro Pedro”! con Mystic River, del otrora considerado por la progresía nacional reaccionario y machista Clint Eastwood. En las dos, los abusos sexuales a un niño sirven de punto de partida para narrar historias de autodestrucción, violencia, compasión..., y para lanzar una mirada crítica a las sociedades en las que dichas historias tienen lugar. Pero mientras en la película de Eastwood el infierno que viven los personajes es y está contenido con realismo en su interior (Tim Robbins y Sean Penn espectaculares), mostrándosele dicho infierno al espectador con una cruda sutileza emocionante, con un pulso narrativo sin estridencias que hace hincapié en los avatares de la conciencia resueltos en una violenta acción tolerada por una sociedad que ve en el asesinato un recurso legítimo para su defensa, en la obra de Almodóvar idéntico asunto se expone recurriendo al grito, al escozor de la sal gruesa, a la construcción del discurso a través de los sentidos, de la superficie, y no de la conciencia...

El niño que sufrió abusos en Mistyc River, Tim Robbins, es un hombre definitivamente destruido que intenta sobrevivir adormeciéndose en la cotidianeidad; es un hombre que pide en silencio que alguien ponga fin a su triste agonía. Los ojos de Robbins expresan ese mundo interior, esa conciencia de fracaso absoluto, de suicidio permanente, son metáfora inolvidable del desarraigo de nuestros días. El niño de Almodóvar se convierte en un drogadicto que chantajea para conseguir el dinero con el que poder desengancharse de la droga, y ponerse de paso unos mejores pechos de silicona. El personaje de Almodóvar podría formar parte sin ningún problema de una revisión posmoderna, macarrilla y socarrona de La verbena de la paloma.

Y ahí radica a mi modo de ver buena parte de la cuestión. A Clint Eastwood le están saliendo de la cámara que filma auténticas óperas, y ya son varias a lo largo de su carrera; a Pedro Almodóvar zarzuelas, y también van siendo unas cuantas, aunque he de reconocer que su última película, Volver, mucho más contenida que las anteriores, comienza a tomar una distancia con su anterior modo de hacer cine que promete cosas, a mi juicio, mucho más interesantes.

Comentarios
15.05.2006 9:00:53 - CELIA
Comentarios ...Una vez más, los amantes del cine nos sentimos reconfortados por la clarividente visión de González Fuentes.









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