miércoles, 15 de noviembre de 2006
Los Diarios de Azaña (10 años después)
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[5102] Comentarios[0]
El muy cercano año venidero se cumplirán 10 años de la publicación de los Diarios de Azaña por la editorial barcelonesa Crítica

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Juan Antonio González Fuentes

Fue Juan Pablo Fusi quien, hace ya algún tiempo, nos aseguró a un grupo de estudiantes de doctorado de la Universidad de Cantabria, que cualquier español con cierto interés por la historia tenía por delante al menos tres lecturas obligadas: Cánovas del Castillo, Manuel Azaña y Ortega y Gasset. Pues bien, en la medida de mis posibilidades, he procurado seguir el sabio consejo del profesor Fusi. Y en ese trabajo que me propuse hace ya bastantes años, han ocupado siempre un lugar del privilegio los diarios que Manuel Azaña escribió entre julio de 1932 y agosto de 1933, y que fueron publicados por vez primera íntegros por la editorial Crítica va a hacer ahora nada más y nada menos que diez años, una década entera.

Nos lo recordaba hace tan sólo unas cuantas semanas, el propio editor barcelonés de Crítica, en la conferencia que sobre la historia y trayectoria de su editorial impartió en mi librería habitual. Nos contó entonces cómo la edición de los diarios de Azaña supusieron uno de los mayores éxitos editoriales de la empresa, y cómo a día de hoy, una década más tarde, los Diarios continúan siendo una referencia imprescindible en su catálogo editorial.

Recuerdo también que ese libro fue uno de los últimos regalos de Reyes que le pude hacer a mi abuela (una de las mejores y más talentosas lectoras con las que me he topado), y las discusiones que, tomando café, mantuvimos sobre Azaña y el libro en la cocina de su casa.

Los diarios de Azaña son un texto que sirve de inestimable ayuda para comprender mejor algunos de los principales problemas planteados durante la Segunda República. Las anotaciones y reflexiones del entonces presidente del Gobierno se constituyen en fuente de primer orden para subrayar las tensiones dentro del régimen republicano, y para delinear los resortes del poder público en instantes de crisis, o en el planteamiento de asuntos de Estado la discusión del Estatuto de Cataluña, la aplicación de la reforma agraria, la reforma del ejército, la sublevación del general Sanjurjo o los sucesos de Casas Viejas son algunos ejemplos.

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Manuel Azaña

A todos estos valores hay que añadir otro que no es precisamente de calibre menor: la calidad literaria de una narración que posibilita al lector un más acertado y placentero acercamiento tanto a los protagonistas de los acontecimientos narrados, como a la esencia de los llamados “problemas de España”. Logro al alcance tan sólo de una inteligencia capaz de conjugar con habilidad y sabiduría dos oficios en principio tan distintos entre sí como son los de político y escritor, y que poco va a sorprender al conocedor del Azaña de El jardín de los frailes.

Azaña empezó a redactar sus diarios en julio de 1931, interrumpiendo la tarea en agosto del 33, cuando dimitió como presidente del Gobierno. Los cuadernos escritos fueron nueve en total; cuadernos que una vez iniciada la guerra civil en julio del 36, el autor confió a su cuñado Rivas Cheriff, cuando éste fue nombrado cónsul general de España en Ginebra. A partir de entonces, los diarios de Azaña sufrieron una serie de peripecias, a consecuencia de las cuales pasaron a estar impregnados de una cierta aureola mítica, secreta y tremebunda. Tres de los nueve cuadernos fueron robados por un funcionario del consulado ginebrino, que cuando se pasó al bando franquista, los utilizó a modo de “salvoconducto” que sirviese para hacer pasar por alto sus pasadas “veleidades republicanas”. Una vez que en 1937 los diarios estuvieron en manos del aparato de propaganda franquista, fueron parcialmente publicados tras verse sometidos a convenientes procesos de mutilación y descontextualización. El objeto perseguido no era otro que el de apuntalar el creciente desprestigio de Azaña y el del resto de los dirigentes republicanos. Una vez acabada la guerra, la totalidad de los cuadernos acabaron formando parte de la biblioteca personal del general Franco, hasta que la por aquel entonces ministra de Educación y Cultura, Esperanza Aguirre, los recibió de manos de la hija del dictador, Carmen Franco. En ese momento los diarios pasaron a manos del presidente Aznar (¿?), procediéndose tiempo después a su publicación, con el aval de un estupendo trabajo introductorio del profesor Santos Juliá. Todo esto también nos lo contó, de viva voz, y ofreciendo detalles maravillosos, como la relación que estableció con la viuda del político, el editor barcelonés, de cuyo nombre no puedo acordarme.

Hay que decirlo con rotundidad, es este un libro de obligada lectura. El lector no se va a topar con el consabido texto autojustificativo, sino con unas notas rebosantes de lucidez, perspicacia e inteligencia, redactadas con pulso firme y un exceso de frialdad en medio del fragor y la vertiginosa inmediatez de los acontecimientos. Vamos a encontrar en esta lectura reflexiones de hondo calado político y humano, sabrosas descripciones de personas y paisajes, irónicos o amables apuntes referidos a los políticos que asumieron distintos papeles sobre el escenario de la Segunda República. Pero por encima de otras consideraciones, el lector atento va a tener acceso a las apasionantes experiencias que en torno al poder vivió Manuel Azaña, una de las escasas y verdaderas personalidades políticas y literarias de nuestro país en el siglo XX.

Como muestra de la agudeza, la ironía, el talante y la precisión literaria que rezuman las páginas de estos diarios robados de Azaña, puede servirnos esta reflexión del escritor fechada el día de Navidad del año 32: “No puede llegarse normalmente a la cumbre del poder político y conservar la integridad y entereza del propio ser, con la vitalidad de los veinte años, si ha ido uno sufriendo las mutilaciones de una larga ‘carrera’. Yo no he hecho carrera, y estoy interiormente tan recio y tan en mi ser como hace veinte años”.

Si hubiera que poner un pero a estos diarios, yo lo haría en torno a la constante frialdad y dureza que el autor impone en su juicio a los demás, y a los a menudo irritantes destellos con los que ilumina y subraya sus propias actuaciones. Con todo, este es un libro que desde la atalaya de la calidad literaria nos ofrece las reflexiones, la lucidez y las vivencias de un hombre/nombre esencial para la mejor comprensión y aceptación de nuestra historia más reciente, y cada vez más lejana.

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NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente.


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