Juan Antonio González Fuentes
Ayer estuve unos momentos con
Clara Janés. No nos conocíamos personalmente, aunque sí nos habíamos escrito en algunas ocasiones gracias a la facilidad prodigiosa que proporciona en nuestros días el correo electrónico. Su dirección electrónica creo que me la proporcionó otra gran poeta,
Amalia Iglesias, actual coordinadora de
Revista de Libros. Fue hace tres años, cuando yo estaba comenzando a trabajar, junto al profesor
José María Beneyto, en la edición del que luego sería el libro colectivo
María Zambrano, la visión más transparente (Trotta y Fundación Carolina, Madrid, 2004). Sabía que Clara Janés había conocido a la pensadora malagueña y le pedí una colaboración para el libro. No tardó mucho en enviármela. Era un texto maravilloso en el que se mezclaban con brillante sabiduría la memoria personal, la biografía ajena, la lírica y el pensamiento, instalándose así en un tipo de literatura que no anda muy, muy alejada de la de autores como
Sebald o
Pierre Michon, y que a mí me parece que es por donde camina la prosa creativa más interesante de las últimas décadas.
Quizá el mejor ejemplo de esta compleja escritura practicada por Clara Janés es su último libro,
La voz de Ofelia (Siruela, 2005), en cuyas páginas la poeta barcelonesa narra con lirismo de muchos quilates los últimos tiempos de vida del enigmático poeta checo
Vladimir Holan, pero a la vez repasa su propia relación particular con él, otros episodios de su propia existencia y plantea además una reflexión sobre el espacio y el tiempo, sobre el conocimiento del interior personal y sobre la importancia de la palabra poética en el desarrollo vital de determinados seres.
Al cabo de dos o tres misivas electrónicas decidí enviarle a su casa de Madrid mis últimos libros de poemas,
La luz todavía (DVD) y
Atlas de perplejidad (Icaria). En respuesta a mi envío, la pasada navidad me llegó un librito de Clara con poemas inspirados en obras de
Brancusi que iba además acompañado de una tarjeta en la que me otorgaba la felicidad de decirme que le habían gustado mis textos poéticos, y que sus últimos trabajos se estaban desarrollando en una dirección semejante.
Ayer por la tarde Clara dio una charla en Santander, en un modestísimo Centro Cultural, el Matilde de la Torre, en el que la llama de la lectura como placer sagrado se aviva cada semana entre un numeroso grupo de mujeres y hombres mayores, gracias a los oficios impagables de la profesora de la Universidad de Cantabria
Marisa Samaniego.
Me acerqué hasta allí para saludar a Clara y poder escuchar ese hilo de voz que ya es una leyenda. El Centro Matilde de la Torre está apenas a unos minutos de mi casa y me encaminé hacía allí con
La voz de Ofelia en una mano. Al poco llegó Marisa Samaniego charlando con un hombre, detrás, a dos o tres pasos, caminaba lenta Clara Janés, completamente vestida de negro y con una melena encrespada blanca, muy blanca. Clara Janés tiene ojos de leona y hechuras de santa antigua. Su presencia se asemeja a un milagro, es sencillamente una aparición venida de un lugar que desde luego no es éste que habitamos cotidianamente.
Clara Janés no es un fantasma, pero su presencia espiritual es tan poderosa que por momentos parece que se va a desvanecer en el aire cálido de la tarde o que va a traspasarte, a leerte tan a fondo por dentro que puedes incluso quedarte sin memoria y sin otros recuerdos. Me presenté y los ojos de leona sonrieron con sorpresa, afecto y una pizca de angustia. Habló con voz casi imperceptible, un vaivén de palabras que se acercan mientras ya se están yendo. Era la voz de Ofelia, la voz que también escuchó sin duda Holan en su casa en la isla de Kampa. Y sin más supe que ese hilo de voz era el de la poesía misma, el de la poesía con ojos de leona y melena blanca; que era también la voz del propio Vladimír Holan, casi inaudible y que años después yo escuchaba en Santander, a tan sólo dos pasos de mi casa. Y con letra negra y gastada Clara Janés escribió en mi libro: “para Juan Antonio, a primera vista, Clara”.
La voz me había reconocido.