martes, 17 de abril de 2007
Julio Maruri
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[4226] Comentarios[0]
El juicio crítico que realizó en 1958 Gerardo Diego sobre la poesía de Julio Maruri ha marcado el devenir de esta hasta nuestros días.

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Juan Antonio González Fuentes

En el momento en el que Gerardo Diego reseñó para la publicación Panorama Poético Español, en 1958, la entonces recién salida del horno Obra Poética de Julio Maruri (Santander, 1920), con la que ganó el Premio Nacional de Poesía, muy probablemente no podía ni imaginar que estaba determinando para muchos años la recepción crítica de la poesía de Maruri. Escribió entonces Diego de este libro que recoge los dos primeros del autor y los poemas publicados hasta el mismo año 58: “(la poesía de Maruri)..., apenas ataviada, titubeante y monótona con frecuencia, quizá en algún momento un poco empalagosa y empachada de situación, de trance de ebriedad melancólica en primavera adolescente, sin suficiente contraste de color complementario, de pensamiento rector o de ímpetu y nervio viriles. Pero por eso mismo, en la tersura de las aéreas y fluyentes coplas, hallaban (se refiere a los lectores primeros del poeta) también un bemolado tono, una comunicación de tesoros escondidos de estaciones del año y de la vida, un temblor tan auténtico y estremecido de poesía que no cambiaban a su Maruri por otros cantores más ostentosos o sabios, pero que no acertaban a desnudar así su corazón, acaso porque les daba vergüenza su dura pobreza”.

Evidentemente este juicio de Diego pretende hacer especial énfasis en la supuesta ausencia de ímpetu de la primera poesía de Julio, quiere subrayar su condición de lírica espontánea e intuitiva, juvenil, melancólica y huérfana también de una/s idea/s rectora/s. Todos estos elementos no son contemplados por Gerardo Diego como positivos, si no más bien como rasgos necesariamente mejorables, susceptibles de pronta corrección. Lo mejor de la poesía de Maruri es, en opinión de Diego, su autenticidad y su competencia comunicativa.


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Julio Maruri


El análisis del poeta y profesor santanderino apunta desde luego aciertos, pero creo que peca de bastante precipitación, llegando así a conclusiones muy apresuradas, y enmarcando la poética de Maruri dentro de un resultón pero tosco marco de ingenuidad y ternura. Una de las claves para acercarse con algún éxito a la poesía de Julio, como a toda verdadera poesía, es tomarse las cosas con mucha calma, dejando los sentidos abiertos y prestando atención a los pequeños detalles. Diego no lo hizo, al menos no del todo.

Sin embargo, es el propio Maruri quien da una pista ineludible para realizar una correcta lectura de su poesía, una pista que Diego, paradójicamente, recoge en su texto sin llegar a apreciarla en lo que vale. Dice Maruri que su poesía viene a simbolizar en palabras su corazón maltrecho; y yo añado que encarna también su tiempo histórico, y en consecuencia, el origen de su tragedia personal, una tragedia que levanta su estructura sobre los mismos cimientos sobre los que se levantaba la de José Hierro, y a la que en el caso de Maruri, a la altura del año 1958 y de sus casi cuarenta años de edad, habría que sumar, por supuesto, la conciencia del tiempo perdido, la experiencia del amor roto o acabado, y la manifestación de una abierta crisis de carácter religioso.

Maruri sí ha reflexionado sobre el modo en el que desea “simbolizar en palabras” esa tragedia personal y generacional que recorre de principio a fin su obra. En él no es ni mucho menos cierta la ausencia de un “pensamiento rector” en su postura o manera poética, como escribió Gerardo Diego en su crítica. Muy al contrario, lo que ocurre es que Maruri huye, y aquí Diego acierta plenamente, del calificado por el propio Diego como “canto sabio”, creyendo con firmeza que la ciencia busca para encontrar lo que ya está ahí, mientras que el arte y la poesía, en clara oposición, viven de lo que aparece por sorpresa, de lo impensado. En lógica con lo así planteado, Maruri escribe intentando ser consecuente con su idea, rehuyendo además, en la puesta en práctica de su escritura, de todo lo que huela a superflua intensidad dramática, y en ocasiones incluso, zambulléndose abiertamente en el terreno de lo paródico y lo humorístico, Maruri quita hierro a su poesía, la deja esponjosa, leve en su arquitectura, sin retórica. De ahí sin duda la apariencia de ingenua naturalidad que ofrece su poesía en una primera lectura con algo de distraída.

Víctor García de la Concha ha realizado, a mi entender, una meticulosa y certera lectura de la poesía de Maruri, de ahí que titulé su acercamiento a la misma como “Julio Maruri o la engañosa ternura”, páginas de cuya lectura cualquiera sacara provecho, dada la inteligente interpretación que en ellas se plasma. En este trabajo, el hoy director de la Real Academia Española de la Lengua, estudia lo que también para mí sigue siendo lo mejor de la obra poética de Maruri, sus dos primeros libros, los publicados durante su etapa proelista, libros que después de más de medio siglo de existencia conservan una voz muy reconocible, ahíta de calidad y hondura.

Para García de la Concha esta poesía de Maruri, si se lee con la necesaria atención, encarna “la sonrisa que brota de la amargura de la conciencia”, y surge “remansada en una superficie que produce el espejismo de la verde serenidad. Aunque en el fondo se agazapa idéntica amargura”.

En su poesía mejor, la amasada con la materia verbal más delgada, la concisa, la que está escrita desde la pura intuición, desde la atención a lo impensado, Maruri, al igual que Charlot, se enfrenta a la tragedia con un trazo de sonrisa en los labios, con la entrega de una rosa a la persona desdichada, con el saludo de un golpe de bombín. La poesía de Maruri es melodrama en estado puro: una sutil, conmovedora y modesta ópera de cámara.

Sí, la poesía queda, y lo hace porque las palabras salvan del olvido al tiempo, y con él, algún fragmento de nuestra vida, y además, como dice Claire Goll en sus memorias, “permiten, al final, despertar un poco”. Lo mejor de la poesía de Maruri, lo que la sitúa “en un alto lugar dentro de la poesía de la posguerra española”, todavía sigue rescatando del olvido pellizcos de nuestro tiempo, continúa despertándonos con su clara música, con su tejer definitivo.

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NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente.


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