Juan Antonio González Fuentes
Era una madrugada muy calurosa del mes de julio en un Madrid casi manchego de más de hace veinte años. No podía dormir, y asomado a la ventana contemplaba como un empleado municipal regaba con manguera los retorcidos y secos árboles de una minúscula plaza del barrio de Usera, en el sur pobre y descuidado de la capital de España. En el aparato de radio el locutor de RN2 anunciaba que a continuación iba a radiarse una de las mejores grabaciones de la historia de la fonografía, la
Novena sinfonía de
Gustav Mahler en versión del maestro italiano
Carlo Maria Giulini, quien dirigía, ¿1977?, a la por aquel entonces mejor orquesta del mundo, la Sinfónica de Chicago. La conmoción que experimenté esa noche escuchando el intensísimo y espiritual Mahler del director italiano aún perdura en mi memoria, y el largo adagio final, esa desgarradora despedida del mundo expuesta sólo por las cuerdas de la orquesta y que suena en la versión de Giulini de forma sobrecogedora, conforma uno de esos momentos musicales sin cuya audición hoy mi vida sería sin duda distinta, mucho más plana y yerma.
Carlo Maria Giulini
No mucho tiempo después, en una estancia que realicé en 1991 en la Leicester University, mientras todas las mañanas caminaba por Queen Road hacia el parque que rodeaba los edificios universitarios, tarareaba mentalmente algunos de los pasajes musicales degustados en Madrid, y sin mover casi los brazos, dirigía para mí y para el mundo esa música prodigiosa, enferma de melancolía y adioses.
Desde aquella noche madrileña busqué la versión en cada tienda musical de cada nueva ciudad que visitaba, hasta que por fin di con ella en Londres, ya no sé exactamente en qué lugar.
Han pasado los años, y al menos todos los septiembres saludo con spleen impostado la llegada del otoño escuchando la grabación del director italiano. Así Giulini se ha convertido en uno de mis músicos fetiche, y sus grabaciones pueblan mi discoteca: sus oberturas de
Rossini con la Philarmonia de Londres, su
Don Carlo con la orquesta del Covent Garden, su
Rigoletto con la Filarmónica de Viena, sus
Cuadros para una exposición con la Filarmónica de Berlín, su
Novena de Anton Bruckner con la Sinfónica de Chicago, su espléndido
Don Giovanni con la Philarmonia, su concierto para piano nº 1 de
Chopin con
Arthur Rubinstein y la Philarmonía, sus sinfonías de
Beethoven con la Filarmónica de la Scala, sus arias de ópera italiana con
Plácido Domingo y la Filarmónica de Los Ángeles y, claro está, la grabación mítica por excelencia, la
Traviata que en 1955 dirigió en la Scala de Milán con
María Callas, Di Stefano, Bastianini, y la dirección escénica de
Luchino Visconti.
Tuve la fortuna de verle dirigir aquí en Santander, en el casi recién estrenado Palacio de Festivales levantado por el gran arquitecto navarro
Sainz de Oiza. Recuerdo muy bien su figura espigada, enjuta y esencialmente elegante, y que de sus gestos emanaba una concentración que imantaba voluntades: las de la orquesta y las de todo el público. Su
Réquiem de
Verdi con la Philarmonia Orchestra de Londres fue una experiencia que creo no podrá desaparecer jamás de mi memoria.
Con la reciente muerte del maestro Giulini (1914-2005), no muy distante en el tiempo a la de otro grande de la dirección orquestal,
Carlos Kleiber, ha desaparecido, tal vez, la última gran leyenda de un arte hoy degradado hasta lo insospechado, como todo y todos, por las prisas, por la industria fonográfica, por los intereses económicos de las grandes compañías, por un mercado ignorante y deseoso de novedades jóvenes y chillones, y por la general ausencia del sentido de sacrifico y autoexigencia en el trabajo personal.
Adiós al músico Giulini y a una forma de hacer música con la orquesta en claro peligro de extinción.