lunes, 05 de marzo de 2007
Francisco Umbral ama el siglo XX
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[2357] Comentarios[0]
Umbral publica ahora Amado siglo XX, el que dice será su último libro, aunque en realidad es el de siempre, apto sólo para melancólicos incurables.

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Juan Antonio González Fuentes

Estoy solo este fin de semana. La sensación es como estar un poco sonado, desorientado. Todo aparece volcado y revuelto, patas arriba, y la falta de los asideros de la costumbre me sitúan en el territorio del naufragio esperado, más o menos controlado, más o menos llevadero.

Siempre que me siento así, a punto de ahogarme entre las altas olas de un océano inmenso y helado, busco en un disco, en una película o en un libro ese tronco de madera flotante al que asirme mientras oteo el horizonte en busca de tierra cálida y segura.

Con tal intención me acerco el sábado por la tarde a la librería Gil, aunque antes me dejo caer por la confitería Gómez para adjudicarme dos sobaos de los grandes, de esos que mojados en un vaso de leche dan la energía suficiente como para escalar el Everest.

En la librería hay pocos clientes, cuatro o cinco mujeres de edad difícil de precisar, ni mayores ni muy jóvenes, ni hermosas ni invisibles. Son de esas que, según los estudios estadísticos, sostienen con su afición a los libros la industria editorial hispana.

Recorro las mesas y las estanterías con despreocupación. Me siento en el cómodo sillón que se asoma a la ventana que deja ver la plaza provinciana, llena a esa hora de niños que juegan al balón, de madres asentadas en los bancos atisbando las nubes blancas dibujadas en el cielo que comienza a dejar de ser azul. Mi cuerpo, agotado por el partido de fútbol de la mañana, agradece la comodidad del sofá, desde donde dejo vagar la vista con placidez entre los lomos de los libros, los lomos de las dependientas y de las compradoras de libros.

Al cabo de un rato me incorporo e inicio la caza del libro al que asirme en esta soledad infinita de tarde de sábado que presagia la primavera con unas gotas de aguacero. Hay muchos ejemplares apetecibles, muchos que cargaría con gusto para acariciarlos y olerlos en la tranquilidad austera de mi habitación, pero ya no es ni siquiera una cuestión económica, es una cuestión cada vez más de espacio, de metros cúbicos donde dejar que los libros envejezcan y adquieran el polvo eterno y leve en el que dormitan. Ya no sé dónde olvidar los libros hasta el recuentro con sorpresa. En algún lugar de la cocina o en el cuarto del fondo, donde está encendido a perpetuidad el deshumidificador y el perro Miller espera indolente su comida, he dejado estos días la biografía de Fellini, las dos ciudades de Zagajewski, el Unamuno moribundo de Salamanca, el Mahler recordado por su mujer Alma... Libros a los que he acogido sin saber muy bien cuándo les podré prestar la atención necesaria, las horas de compañía que prometen.

Sin embargo he bajado a la librería en busca de otro tronco al que asirme. Al fin doy con él. No lo sopeso tanto como otras veces, y me arrojo al Amado siglo XX de Francisco Umbral sin esperanza, con la determinación determinada por unas páginas que ya sé lo que me ofrecerán, y que por eso mismo me van a servir de consuelo y compañía.


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Francisco Umbral: Amado siglo XX (Planeta, 2007)


Ya en casa apago todas las luces salvo una que dirijo a una esquina del sofá. Las dos ventanas sin cortinas del último piso de un edificio sucio y viejo construido en al zona alta de la ciudad, me dejan ver las nubes casi negras, el cielo azul cobalto, los tejados sonrosados y grises, las montañas del fondo negras, la bahía como un espejo oscuro, las olas rompiendo blancas en la lejanísima lengua de playa, y un millar de gaviotas volando todas juntas anunciando con sus gritos el viento y la tormenta. Con un café negro y azucarado en la taza cercana, sentado ya en el sofá, con Miller dejándose dormir junto a mí, y con el piano de Bill Evans dibujando en el aire una pieza de Gershwin, comienzo la lectura del siglo XX tan amado por Umbral.

Al poco tiempo me doy cuenta de que todo se ha oscurecido alrededor, que ya no hay café en la taza, que Miller ha dejado su blancura suave depositada en el suelo de la habitación y que incansable Evans sigue ejercitándose en la misma pieza. He leído más de cien páginas.

A Umbral le pasa exactamente lo mismo que a muchos de nuestros más grandes prosistas: sólo pueden interesar a sus compatriotas más leídos, más sentimentales, más nostálgicos. Es decir, sólo le pueden gustar de verdad a pocas personas. La literatura de Umbral es intraducible, y no sólo porque esté plagada de imágenes y juegos de palabras de una brillantez imposible de verter en otro idioma, que también, sino porque hay que ser muy español para poder entretenerse con sus temas, con sus referencias, con sus vaguedades estilísticas de una sutileza antigua, fenicia, castiza y sólo castellana.

Francisco Umbral es un maestro inigualable del idioma español, por eso interesa de verdad tan poco su literatura, construida únicamente con historia de España, con recuerdos vallisoletanos, con meriendas y fulgores madrileños, con referencias atinadas, fulgurantes, metálicas como un alfiler en el centro de una mariposa, sobre en torno a europeos y americanos que nos han construido pero que hoy no le importan absolutamente a nadie: Proust, Baroja, Nabokov, Baudelaire, Valle Inclán...

Para leer a Umbral, para leer su Amado siglo XX, hay que inyectarse en vena una buena dosis de spleen, de melancolía provinciana de ciudad pequeña y churros tibios sobre la mesa camilla de la abuela recién muerta. Entonces sí, con el corazón lleno de melancolía y cierta vejez acariciada, tierna, pulcra pero manoseada, entonces leer a Umbral es un deleite extraño y satisfactorio, como una masturbación postergada hasta dar con la inspiración adecuada y efectiva.

No se puede hacer crítica literaria de Amado siglo XX, no se puede hacer con la literatura de Umbral. O mejor dicho, la primera reseña que se le hizo a algo de Umbral hace ahora más de medio siglo seguro que es válida para este que se anuncia quizá como su último libro. En las páginas dedicadas a este siglo XX tan amado está lo de siempre, están los de siempre, y sobre todo está él, umbral siempre de sí mismo, tan tierno, tan atractivo, tan grande y tan poca cosa, tan gacetillero y tan autor, tan literato con mayúsculas y minúsculas, tan brillante y tan pesado como siempre.

Me está encantando Amado siglo XX porque me encanta este Umbral que hace memoria de todo y todos haciéndola de sí mismo; este Umbral que se sitúa para contarnos su existencia y la existencia en general en el mismo centro del Universo, que para él es España, que para él es Madrid, y más concretamente esa línea grandilocuente, snob y de tan poco monta que es la Gran Vía.

¿Qué literatura se puede esperar de un tipo que se ha convencido de que el centro del mundo es un restaurante populachón del centro de Madrid? Pues como siempre, toda, o ninguna, dependiendo de si uno cayó de joven en una marmita llena de spleen y melancolía, o si por el contrario, uno se cura los arranques de melancolía con una aspirina Bayer o comiéndose una bolsa de conguitos.

Yo caí en la marmita, en esa que cantó hace más de un siglo mi paisano Amós de Escalante en un verso inolvidable: “¡Musa del septentrión, melancolía!”. Sí, estoy infectado hasta la médula de melancolía, de spleen santanderino, húmedo y brumoso, quizá por eso me guste tanto Umbral hablando de sí mismo, escribiendo siempre los mismos párrafos desde hace décadas y vendiéndolos con distinto título. Ahora los ha llamado Amado siglo XX, un siglo que me hizo y en el que no me reconozco, y me ayudan a emponzoñarme de dulce melancolía en una tarde ya crepuscular de mi crepúsculo autorizado.


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NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente .


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