Juan Antonio González Fuentes
Hemos pasado buena parte del largo fin de semana en Madrid. Hacía ya muchos meses que no caía por la capital del Reino, y estos días de asueto, sin clases que impartir ni ninguna otra obligación muy perentoria a la vista, me empujaron al viaje, al cambio de rutina y de ambiente.
Nada más llegar, y una vez dejado el coche a buen recaudo, todo pareció torcerse, tornarse negrura agria y malos augurios. En la recepción del hotel, situado en la calle del Prado, a tiro de piedra de la carrera de San Jerónimo, nos indicaron que, debido a un problema que nunca se especificó, y a pesar de tener la habitación pagada desde hacía una semana, no podíamos alojarnos esa noche. Eso sí, nos propusieron una solución que pensaron iba a complacernos: una habitación ya reservada a nuestro nombre en el cercanísimo Hotel Palace. Y de repente, como por ensalmo, todo volvió a iluminarse para nosotros.
Puestas así la cosas, la vida no pareció pintarme mal. Tenía por delante todo un fin de semana en Madrid con un mujer estupenda, una habitación en el Palace, el bolsillo medio lleno, y un programa de actividades bastante completo y variado: visitas al Prado, al Thyssen, a la Fundación March para ver la exposición de
Gustav Klimt, a la Residencia de Estudiantes para ver la exposición sobre
Juan Ramón Jiménez, a un restaurante senegalés de Chueca, a un restaurante de diseño en la calle Esproceda, a las tiendas más sofisticadas e inasequibles de Serrano y Ortega y Gasset, a la Fnac, a la Casa del Libro, al café de Oriente, a la Plaza Mayor y al Madrid de los Austrias…
No había tiempo que perder. Así que salimos dispuestos a caminar sin parar y a disfrutar del ambiente navideño de la gran ciudad, con las calles principales iluminadas de manera profusa y un ambiente festivo que casi podía amasarse, retorcerse con las propias manos.
Paseando por la Plaza Mayor y su entorno, por la Gran Vía, por Alcalá, la Castellana, el barrio de Salamanca, el barrio de las Letras, Chueca..., me asaltó una certidumbre que hasta ese mismo instante no había sentido nunca antes, en visitas anteriores: estaba recorriendo el motor de España, la máquina principal y más potente que hace que esto que llamamos nuestro país se mueva, avance hacia algún lugar concreto. Me sentí de repente como el
Charlot que en la película
Tiempos Modernos es engullido, atrapado por el mecanismo metálico y eficaz de un artefacto que produce, que insta al movimiento, que consume, que mueve con enorme fuerza piezas incluso minúsculas e invisibles que no se ven pero se intuyen.
La velocidad de crucero de la gran ciudad madrileña es inasible, produce un vértigo interno que te invita a ser activo, a producir, a no estarte parado ni pensativo, a no ser ocioso. Es Madrid, indudablemente, la punta de lanza que le abre paso al resto de España por los espacios difíciles de la Modernidad. Madrid es el laboratorio en el que se mezclan los ingredientes químicos y metafísicos que segregan la sustancia de lo que somos, o de lo que acabaremos siendo todos algún día por estas geografías hispanas. Madrid es el espejo en el que el mundo se mira para reflejarse con colores y sabores hispanos. Es Madrid la locomotora del tren, el potente rompehielos que va abriendo paso al resto de lo español por entre los hielos ásperos y blancos de lo por venir, de lo por llegar, de lo que se cuece y cultiva en otras latitudes más curiosas afines a las probaturas, a los intentos.
La sensación de pequeñez personal es elocuente en Madrid, te habla directamente a los oídos, aunque no tienes mucho tiempo para comprender el mensaje, pues la corriente te embarca en una aventura en la que nadie te pregunta si quieres participar, si es la tuya personal e intransferible, o es la que comparte a la fuerza la ingente masa multirracial que se mueve al galope por las aceras sin osos ni madroños.
Pero el axioma, la gregería, la conclusión a la que he llegado en esta fulgurante y fascinante visita a los madriles rutilantes por la iluminación navideña, es que si en España pretendes estar, debes estar en Madrid, no hay otras posibilidades, otros vericuetos.
Fíjense bien que entre el ser y el estar he optado en la descripción por el estar, pues es evidente que para ser, basta con la vastedad infinita de uno mismo, pero para estar necesitas un espacio, un escenario en el que actuar, en el que proyectar tu estar singular e intransferible, en el que vestirlo o disfrazarlo buscando su expansión, su puesta en escena.
Se puede ser en la infinitud de lo minúsculo, en la gota de agua que calma una sed, o inunda un espíritu. Pero sólo se puede estar de verdad donde debe estarse, donde están todos los que están, aunque quizá no todos los que están sean, es decir, disfruten de la posibilidad real de ser, de ser ellos, y no otros. Así Madrid, en España, es ante todo una opción, es por antonomasia el campo de la opción, posiblemente dramática, entre el ser y el estar.
Claro que si le damos la vuelta a la tortilla, debemos concluir que el resto de España (alucinaciones nacionalistas y protoautonómicas y mineralizantes a un lado) también es una opción, pero la opción que dificulta la posibilidad de estar, con lo que Madrid es, a todas luces, la opción más completa, la que permite con suerte ser y estar. De ahí que en España o en español, el famoso y manido monólogo de
Hamlet, haya que modificarlo de la siguiente manera “Ser o estar, esa es la cuestión”, y la cuestión, si es estar, sólo se resuelve convenientemente en Madrid.
Claro que recurriendo a otro clásico, debemos decir también que la vida es sueño, y que el hermoso sueño que he vivido este fin de semana en Madrid, me ha convencido definitivamente de que al menos yo, dado mi carácter y mis circunstancias, para soñar, no debo estar, y para ser, tampoco debo entregarme al afán de estar.
De Madrid no se va al cielo, sino al estar, que para muchos, claro, es el cielo. Aunque a esta conclusión yo haya llegado, durante un inolvidable fin de semana, contemplando a mi vez otro cielo: el cielo artesonado de un baño crepuscular de una habitación del madrileño Hotel Palace.
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NOTA: En el blog titulado
El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente .