viernes, 23 de noviembre de 2007
Fernán-Gómez, un genio malogrado
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[4150] Comentarios[1]
Fernando Fernán-Gómez fue un genio español al que se le impuso la realidad aceptada de su tiempo y sus circunstancias


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Juan Antonio González Fuentes

En España los genios no tienen mucha aceptación. Su trabajo a contra corriente o sencillamente sobresaliente molesta siempre. En España lo que sobresale se nivela con rapidez con la guadaña del lugar común y la ramplonería. En España está claro que a corto plazo siempre deslumbran la risotada y el chascarrillo, la ocurrencia por encima del ingenio verdadero.

Probablemente Fernando Fernán-Gómez fuera un genio, pero nunca lo sabremos a ciencia cierta. Las circunstancias en las que vivió y trabajó durante buena parte de su vida cercenaron sin duda sus verdaderas posibilidades, e hicieron de él lo que finalmente fue: un excelente actor, un buen director de cine, un estupendo escritor, un cómico excelso... Impresionante y magnífico, pero quizá insuficiente para lo que pudo haber sido y no fue.

Fernando Fernán Gómez

Fernando Fernán-Gómez empezó en el oficio de cómico mediatizado por su pelo panojo, su fealdad delgada y su esbeltez de hambre: era el gracioso torpón y feúcho en el teatro y en el cine. Jugándose la vida de artista en el trapecio de la risa se percató de que el mercado para su ingenio estaba formado por señoronas con abrigos de cuello de piel y sus maridos funcionarios de buen suelo y bigotillo. Tal panorama le hizo ser realista, y acallar en gran medida su condición intrínseca de creador metafísico y de vanguardias inéditas. Tuvo éxito disfrazándose de gran payaso pelirrojo y se dedicó a otra de sus grandes aficiones: ser un señorito con algún dinero, rodeado de mujeres guapas y exhibiendo sin abuso las plumas que da la inteligencia.

Ganada la posición a través de un buen número de estimables trabajos como actor, autor y director, intentó la genialidad, quiso quitarse la careta o ponerse otra distinta, la de autor con mayúsculas y músculos de genio, y dirigió mediados los años sesenta trabajos en el cine con la semilla plantada en ellos de lo grandioso. El ejemplo más palpable es esa obra maestra titulada El extraño viaje (1964), película fallida en su eclosión final por la mano torpe y pacata de los censores y productores, pero que tiene momentos que hubieran firmado con los ojos cerrados tipos como Fellini u Orson Wells. Sólo el arranque de la película con los créditos sobreimpresionados constituye un monumento al talento cinematográfico concebible sólo, insisto en ello, entre los más grandes: un twist arrebatador y sexualmente atómico que se marca una chica guapísima en medio del bar del pueblo rodeada de paletos con boina y de mujeres sometidas al entorno, con una banda de músicos en la que destaca un impagable Carlos Larrañaga tocando la guitarra con mangas de bolerista cutre de romería, y donde casi todos al final se suman al frenético ejercicio danzarín. Cine en estado puro, carga conceptual sin palabras, las imágenes expresan mundos e ideas, posicionamientos éticos y estéticos. Maravilloso.

 

 

Fernando Fernán-Gómez es nuestro Wells pero al revés. Si el joven Wells filmó sus obras maestras más redondas y logradas dentro de la industria de un Hollywood al que literalmente asustó, y luego sólo pudo dar muestras de su genialidad apoteósica en coproducciones europeas de bajo presupuesto y rodajes tormentosos, Fernán-Gómez sólo trazó dibujos de su portentoso talento en las las películas de los grandes estudios españoles y reveló todo su olímpico talento en pequeñas películas masacradas por la cerrazón y la intolerancia de la industria y la cultura franquista del desarrollismo.

Consciente de la imposibilidad de plasmar todo su talento dadas las circunstancias que le tocaron vivir, volvió a ponerse la noble máscara de cómico y prosiguió su trabajo con ahínco, desperdigando los frutos de su grandeza creadora en interpretaciones memorables en películas de otros, en nuevas producciones teatrales y cinematográficas, y contando su vida entera en algunas páginas de libro ciertamente recomendables.

Fernando Fernán-Gómez quizá hubiera tenido que marcharse de España cuando pudo y aún su “genialidad” estaba fresca. Lo hizo Buñuel, lo hizo Picasso. Fernán Gómez tenía trazas y diseño de exiliado genial en Francia, Italia o Méjico, pero le pudieron las circunstancias y sobre todo su espíritu de español señorito al que le gustan el güisqui, los cafés y sus tertulias, los artículos estilo González-Ruano o Umbral, las mujeres guapísimas que hablan castellano y los paseos por Recoletos hablando de Galdós, Chéjov o Benavente.

Fernando Fernán-Gómez fue un genio español al que se le impuso la realidad aceptada de su tiempo y sus circunstancias.


NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente.


 


Comentarios
24.11.2007 12:58:28 - Harry

Mágnífico tráiler, de un golpe está todo reunido. En un país tradicional que empieza la transición a un modelo de desarrollo y modernización. Está lo viejo, las comadres recalcitrantes que encarnan el control social de las cotillas, la represión sexual, la aburrida y monótona vida del pueblo, sólo salvada de vez en cuando por el entretenimiento del baile. Las caras son todo un panorama de una España con mala y pobre alimentación, hay profusión de boinas todavía y cierta desaprobación del baile moderno, pero...

Pero aquí entre lo nuevo, el baile, ese twist maravilloso de Sara Lezana, que baila descalza, con un enorme y medido potencial erótico, que aún sigue seduciendo y excitando por su gracia (sin los actuales contoneos grotescos y espasmódicos), la idea de salir del pueblo, de irse a una capital (en la década de los 60 millones de españoles salen de sus pueblos a por tabaco para no volver más). Pero es el baile, la música moderna, el signo de los tiempos que están por venir, aunque aún estén algo lejos. Parece que la brecha se abrió en la ruptura de las costumbres.










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