jueves, 23 de julio de 2009
¿Enterrado o incinerado?
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[1838] Comentarios[0]
Quiero que mi nombre, fechas y apellidos figuren en una piedra que me simbolice y guarde en líneas lo que fui, lo que dejé. Quiero que esa piedra sea visible, que ocupe un espacio geográfico concreto en un cementerio abierto a los vientos del mar, la sombra de los árboles, la lluvia, el sol y las nubes. Quiero que mi tumba sea localizable, que figure en un mapa y que alguien, alguna vez, cada cierto tiempo, rebusque en ese mapa y me localice como un tesoro de su memoria, un tesoro viejo, de valor tan sólo sentimental..., y que deje sobre mi piedra una flor y un rezo, es decir, unas palabras cantadas con ritmo en mi recuerdo


Juan Antonio González Fuentes 

Juan Antonio González Fuentes

La otra noche cené con un grupo de amigos en un recién inaugurado restaurante santanderino, Los Raqueros, justo al lado de la sede del Partido Socialista Obrero Español de Cantabria (¿casualidad y/o justicia poética?). La cena discurrió en un ambiente jocoso y divertido, a pesar de que la comida a degustar no fue nada del otro mundo ni muchísimo menos. El negocio estaba bastante poblado de comensales, la temperatura era agradable, la puesta en escena aceptable..., y quizá el inconveniente más sobresaliente era la escasa altura de los techos, lo que hace imposible la conversación en un tono de voz adecuado a la buena educación y el sosiego.

En un momento dado de la velada, y no recuerdo nada bien la causa, se comenzó a hablar de la forma en la que a cada uno le gustaría en el futuro más alejado posible transformarse materialmente en otra cosa. Todos los presentes, salvo la excepción de quien esto escribe, abogaron por convertirse en cenizas tras pasar por el fuego no del infierno (para alguno de los presentes sin duda merecido) si no del horno crematorio. Todos, insisto, aducieron las más razonables razones (valga la redundancia) para apostar por señalada transición: razones ecológicas, de espacio, sanitarias, económicas, etc... El único de los presentes que a la hora de hacerse ausente deseaba ser tradicionalmente enterrado era yo. Y claro, también puse sobre la mesa de las viandas mis razones; razones al parecer poco razonables desde el punto de vista del orden práctico, razón que a mi, quizá para fastidiar, me las hacen no sólo razonables, sino muy deseables juiciosas.

A mi los enterramientos me gustan porque son muy cinematográficos. Y dentro de dicho campo son desde luego muy de John Ford, muy de western de edad dorada y crepuscular. También son muy de cine de sesión doble con palomitas en el regazo, sustos programados, gritito adolescentes adorablemente histérico, sangre a raudales, vampiros y demás fauna de ultratumba.



Pero la tumba abierta en la tierra y su cruz señalándola, o el espacio arquitectónico construido para dar cumplido y eterno descanso a nuestros muertos (mejor si es panteón de algún fuste y enjundia), y esto es asunto creo que muy serio, proporciona una geografía, un lugar en el mundo que simboliza y ubica la memoria de lo ido, de lo sido. Y al localizarla en un espacio concreto, en un lugar reconocible con nombres, apellidos, fechas..., la memoria de quien fue se agarra con mucha más fuerza la presente, se revela con nitidez de piedra y tierra en el presente de sus deudos, de los que le preceden..., estableciendo así una cadena mítica de recuerdos y palabras que conforman una historia a seguir, es decir, una memoria.

Parece que la gente le tiene hoy un miedo atroz a la memoria, a recordar y a ser recordados. La inmensa mayoría al parecer desea diluirse para siempre en forma de polvo recogido en una caja funesta y ridícula, fácil de camuflarse junto al televisor, la figuritas de Lladró o las fotos ridículas de los vivos retratados en algún jolgorio.

No, yo quiero que mi nombre, fechas y apellidos figuren en una piedra que me simbolice y guarde en líneas lo que fui, lo que dejé. Quiero que esa piedra sea visible, que ocupe un espacio geográfico concreto en un cementerio abierto a los vientos del mar, la sombra de los árboles, la lluvia, el sol y las nubes. Quiero que mi tumba sea localizable, que figure en un mapa y que alguien, alguna vez, cada cierto tiempo, rebusque en ese mapa y me localice como un tesoro de su memoria, un tesoro viejo, de valor tan sólo sentimental..., y que deje sobre mi piedra una flor y un rezo, es decir, unas palabras cantadas con ritmo en mi recuerdo. Y si a alguien más joven, preferiblemente un niño, le dice “mira, aquí está enterrado Juan Antonio González Fuentes; fue un pariente tuyo que dejó escritos algunos versos”..., pues mejor que mejor, seguro que algo sentiré sepultado por el peso de la tierra, de los años, de los gusanos, de la hierba..., pero nunca por el peso definitivo, total del olvido.

***

Últimas colaboraciones de Juan Antonio González Fuentes en Ojos de Papel:

-LIBRO: Stieg Larsson: Millennium 3. La reina en el palacio de las corrientes de aire (Destino, 2009).

-PELÍCULA: Niels Arden Oplev: Millennium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres (2009).

Más de Stieg Larsson:

-Millenium 1. Los hombres que no amaban a las mujeres (Destino, 2008)

-Millennium 2. La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Destino, 2008)


NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente.


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