lunes, 18 de diciembre de 2006
El escándalo Leo Bassi, o el relato de un jueves cualquiera
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[947] Comentarios[1]
Es este el relato seguido, sin puntos ni apartes, de un día más o menos normal, de un jueves más inmerso en mi rutina. Rutina salpicada sólo por los vociferantes grititos en torno al "irreverente" Leo Bassi.

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Juan Antonio González Fuentes

Son las 8 de la mañana. Me despierta el sonido de la tertulia y las noticias radiofónicas. Anuncian las ondas que murió Loyola de Palacio y que en Santander la temperatura es de 6 grados, 5 en el aeropuerto y menos 2 en Reinosa. Me quedo adormilado bajo el edredón y las mantas de la cama pensando en el frío exterior. Me levantó al fin. Preparo el primer café de la mañana y me ventiló dos capítulos enteros de la biografía de la Baronesa de Greenwich Village. Me afeito y me ducho. Del aparato de música salen notas agudas de la trompeta de Clifford Brown. Segundo café de la mañana. Mi perro Miller me avisa de que va a entrar en el piso la chica que todos los jueves del año limpia la leonera. Bajo con el perro a la calle. Breve conversación con el barrendero del barrio. El correteo de Miller espanta a las gallinas y patos que deambulan por dos o tres minúsculas zonas verdes que, en terrazas, ayudan a conformar el paisaje entre urbano y rural de mi calle. Estamos en el centro de Santander. Hace frío pero brilla un sol prometedor. Me suena el móvil. Es ella, hoy le toca viajar a Sevilla y ya está en el aeropuerto de Bilbao. Del chalet abandonado del final de la calle salen hordas de rumanos ataviados con los ropajes más estrafalarios de la pobreza: cargan con bultos, palos y carritos de la compra. De la otra gran casa abandonada del otro extremo de la calle, salen en silencio los toxicómanos que pasan el día a la puertas de la iglesia de San Francisco. Miller husmea por el salvaje pasadizo ajardinado de la casa, pero lo llamo con fuerza enseguida. Hay decenas de jeringuillas usadas plantadas junto a los arbustos. Dejo al perro y me despido de la chica. Apenas la veo diez minutos cada semana; así llevamos casi diez años. Compro los periódicos en el quiosco de siempre, y veo que ofrecen en dvd la película de John Ford My darling Clementine, el western que hace ya muchos años Mario Camus me confesó que era su película preferida. Enseguida me viene a la mente la sublime escena en la que un actor borracho recita el monólogo de Hamlet en el interior de un saloon, rodeado de pistoleros. Compro la película. La municipalidad está arreglando el entorno de la iglesia de los jesuitas, y el árbol gigantesco que daba sombra y color al pequeño parque de al lado ha desaparecido. Los vecinos lo comentan. Como todos los jueves, leo los periódicos sentado en una mesa solitaria de la chocolatería Áliva. Me gusta tener en la boca el sabor de los churros y el café mientras leo las noticias sobre libros, música, teatro y cine de El cultural. Paso un momento por la librería Gil. La dependienta chilena me cuenta en cuatro trazos sus vacaciones en Egipto. Subo al despacho. Leo los correos electrónicos: tengo uno graciosísimo de Álvaro Pombo. A lo largo de la mañana leo y contesto cartas, atiendo visitas y consultas, llamadas telefónicas, escribo el comienzo del blog diario, repaso los apuntes de la clase que me espera, preparo las diapositivas en power point para la clase, escribo parte de la conferencia que debo dar en breve en el Museo de Bellas Artes, corrijo pruebas de una revista y un libro... Cojo un taxi y me voy a dar la clase. No me sale mal. Estoy contento. Hoy hemos terminado el bloque dedicado a la Guerra Fría: el sistema bipolar, la guerra civil en China, la división de Alemania, la crisis de los misiles de 1962, los países no alineados, la OTAN, el Pacto de Varsovia, la guerra de Corea, la guerra de Vietnam... Regreso andando al despacho atravesando el túnel de Tetúan. Luce el sol y a lo lejos veo cómo se mueven los mástiles de los veleros atracados en Puertochico. La llamo a ella. Sí, ya está en Sevilla, y le espera un día ajetreado viendo locales para abrir un local de la empresa vasca en la que trabaja. En el despacho compruebo otra vez el correo electrónico, contesto a Álvaro Pombo, avanzo con el blog y la conferencia, y limpio un haiku nuevo que me ha pedido Paz Gil, la librera, para publicarlo en un señalador, detalle navideño de la empresa. Me llama el director del Museo de Bellas Artes, mi amigo Salvador Carretero. Acaba de llegar a Madrid, va a montar en el Círculo de Bellas Artes una exposición sobre el célebre conocido de arte Miguel Logroño. No, el sábado no irá al fútbol. Voy andando a casa de mi madre, dispuesto a comer. No está. Se ha ido a comer con sus amigas a un restaurante de la ciudad, pero me lo ha dejado todo preparado. Como, repaso los periódicos y enciendo la televisión. En TCM acaba de empezar Vértigo, la película de Hitchcock. La veo entera. La rocambolesca solución final de la película nunca me ha interesado, pero los tres primeros cuartos de hora de la película no sólo me parecen de lo mejor de Hitchcock, sino de lo mejor de la historia del cine. Subo a casa. En el buzón tengo las primeras felicitaciones navideñas institucionales: el Instituto Cervantes, el Círculo de Bellas Artes, la Fundación Santillana, la Fundación Gerardo Diego, el Parlamento y la Universidad de Cantabria... Tomo el cuarto café del día, leo más capítulos de la biografía de mi baronesa, descubro que a la chica que limpia se le ha descolgado una pintura del gallego Xesús Vázquez que tengo en el cuarto de estar, y recibo la llamada de una amiga, diputada del PP por Valladolid. Quiere que le dé ideas para una presentación de un libro que tiene que hacer en su ciudad. Me pregunta por Carmen Balcells, por Wagner, Tolkien, Ediciones B... Otro paseo con Miller, que lo husmea con sorpresa todo, como si el mundo se hubiera transformado en unas pocas horas. Bajo de nuevo al despacho. Pongo punto final al blog y lo edito. Más visitas y consultas, pongo remate al haiku y avanzo una líneas en la conferencia o lectura que preparo. Hablo con el reciente premio de poesía Loewe, Juan Antonio González Iglesias, que va en tren a Palencia. Bajo a la librería y le doy el haiku a Paz. Me entretengo pasándole la mano a algunos libros y compro la preciosa edición que se ha editado con todas las letras de las canciones de Silvio Rodríguez. Es un regalo para ella, un poco de leña al fuego de su educación sentimental. Voy casi corriendo a la radio, a la cadena Ser en Santander. Llego como casi siempre tarde. Ya están todos los amigos tertulianos sentados junto a sus micrófonos. Empieza el programa, y la moderadora nos pregunta por la polémica en torno a Leo Bassi. El italiano va a representar en la Muestra de Teatro que desde hace dos décadas organiza en la ciudad mi amigo Paco Valcarce, la obra La revelación. En La revelación, al parecer, Leo Bassi se mofa de la iglesia, y entre otros gags de tono supuestamente irreverente, sale a escena con una copa, que semeja un cáliz, llena de condones. Entra en directo una periodista que ha ido a la rueda de prensa que acaba de dar el actor, y se escucha de fondo un sonido de protestas, silbidos... La periodista cuenta que han sido recibidos por unas doscientas personas cargadas de pancartas y estampitas y que, entre zarandeos e insultos, les han llamado “fascistas”. Bassi ha declarado que está siendo utilizado como arma arrojadiza por un partido que no ha ganado las elecciones contra otro que sí las ganó. En la tertulia me entero de que los furibundos católicos han repartido incluso pasquines, y que han amenazado a las instituciones programadoras y subvencionadoras del acto. Hablamos de la censura, de los dineros públicos, del integrismo católico... Nos enteramos de que la función se ha trasladado a otra sala de la ciudad, con más capacidad, que ya se han vendido todas las entradas, y que una horda de católicos, apostólicos y romanos hacen guardia ante el teatro para montar un escándalo. Acaba la tertulia, y acompaño a mi amiga tertuliana hasta su casa: gran parte de su familia milita y tiene cargos directivos en el PSOE. Voy corriendo al Ateneo, donde un buen amigo presenta su último libro, una historia de los vascos y catalanes más destacados en la historia de España. La presentación la organiza una fundación para mí desconocida: la que defiende la nación española. Llegó casi al terminar el acto. Bastante público en la sala pero no llena. Entre los asistentes distingo a algunos políticos conservadores locales, y a algún profesional liberal con los colores de la bandera de España en los tirantes. Acaba la presentación y sin despedirme salgo zumbando. Son más de las nueve de la noche. Cojo un taxi y voy a uno de los restaurantes más lujosos y bonitos de la ciudad. Está situado en una de las “zonas nobles”, cerca del Hotel Real, donde el taxista me explica que también han dejado las aceras sin los centenarios pinos que las presidían. Era la antigua mansión de un armador, y ahora sus descendientes la han transformado en restaurante de lujo, con su aire tan británico y su césped tan verde, sedoso y fino. Ella me llama. Ya está otra vez en el aeropuerto de Bilbao, agotada y deseando que llegue el fin de semana. En el restaurante se celebra un cóctel, una fiesta para conmemorar la década de vida de una editorial regional. En una gran mesa están todos los libros editados, hay copas de vino y cava en las manos de los numerosos asistentes. Para conmemorar el cumpleaños, la editorial ha editado un librito con poemas de un buen amigo y buen poeta. Todos tenemos un librito en las manos. Bandejas con exquisiteces deambula por la gran sala. Hay corrillos formados, y el editor va de grupo en grupo saludando. Veo a fotógrafos y fotógrafas, a poetas y escritores, a pintores, diseñadores, periodistas, profesores de la universidad, empresarios... Hablo un largo rato con el cónsul de Dinamarca en Santander, luego con una profesora de historia del arte, luego con un conocido economista, luego con el director del Museo Marítimo, luego con... Finalmente me tropiezo con un viejo amigo, exfutbolista, que alto y fibroso, destaca entre todos los asistentes, vestido con un largo abrigo de astracán y un gorro peludo como el que llevaba Atila, rey de los Hunos, al acercarse a Roma. A las doce se acaban las charlas, y un amigo matemático nos lleva a un amigo poeta y a mí al centro de la ciudad. Me bajo del coche, nos despedimos y siento la punzada del hambre en el estómago. Voy a la plaza de Pombo y compro un perrito caliente en el puesto móvil que desde hace décadas atempera las hambres noctámbulas de los santanderinos. Está el tipo que por las mañanas trabaja en Hacienda y por las tardes-noches vende salchichas entre pan. Está muy contento porque, me dice, le acaban de entregar un piso de protección oficial. Andando poco a poco se acerca el dueño del chiringuito. Es un hombre de más de setenta años, con aspecto de vienés reciclado, y lleva vendiendo perritos en la misma furgoneta desde hace al menos 35 años. Le pregunto por él al más joven, y éste me dice que el anciano está forrado, que es dueño de al menos ocho pisos repartidos por la ciudad, pero que así todo, sigue vendiendo perritos los fines de semana hasta las cinco o las seis de la mañana. Ya estamos los tres reunidos. Y cuando le pego el primer bocado a la salchicha, el joven me pregunta si sé algo del follón de Leo Bassi. No puedo terciar palabra. Entre el joven y el viejo aniquilan al italiano, y claman por la dignidad católica, el castigo a las irreverencias, la quema de herejes, y dan varios vivas por la educación en colegios de monjas y frailes. Perplejo ante la violencia de las opiniones, me alejo poco a poco, reflexionando sobre las nimiedades que pueden convertir a una persona en principio normal, en un ser con capacidad de hacer daño más allá de la autodefensa. Y traslado esa reflexión al campo social, al de la sociedad, al de las masas, capaces de manifestarse y movilizarse para que un actor no haga su función, e incapaces, por ejemplo, de hacer lo mismo por la mejora de sus calles, de sus plazas..., por la mejora de la actividad política ciudadana. Llego por fin a casa. Miller me hace todas las fiestas habidas y por haber, y lo bajo a dar un breve paseo por los alrededores. Leo los poemas de mi amigo (me gustan), leo unas cuantas páginas más de la biografía de mi ya amiga la baronesa, y tomo un vaso de leche caliente. Es ya de madrugada y todo está en un silencio que sólo rompe el cantar afónico de un gallo inoportuno. Me asomo a la ventana. Los tejados de la ciudad se desparraman desde mi altura. Las luces doradas iluminan las fachadas, y en el agua de la piscina azul del jardín que queda abajo, flota un Papa Noel hinchado. Un barco surca lento las aguas de la bahía, las luces de dos aviones se cruzan en la negrura de la noche, y la silueta conocida de la montaña de Peña Cabarga se recorta tenue al final del horizonte. Unas pocas estrellas tililan frías en el cielo espeso que ha contemplado este día.

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NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente .


Comentarios
18.12.2006 11:10:51 - Wilhelmina
Comentarios ... Un apunte: los pinos a los que haces referencia no tienen nada de centenarios. Se plantaron en época de Hormaechea y son fruto de una malísima elección en lo que a arbolado urbano se refiere, pues sus enormes raíces levantaron las aceras casi desde el princio, con el consiguieente peligro para todos los viandantes. Además, a más de de uno le ha caído una piña en la cabeza en los días de viento.









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