miércoles, 24 de mayo de 2006
Chéjov en la playa de la Magdalena
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[3690] Comentarios[1]
Los cuentos de Chéjov inoculan en el lector una sensación de encanto apasionado, de experiencia artística inolvidable.

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Juan Antonio González Fuentes

Hace ahora casi quince años viajaba yo en autobús por una zona alejada del centro de Moscú, cuando la guía que nos acompañaba anunció que la casa que podíamos ver a nuestra izquierda había sido durante años el hogar de Anton Chéjov. No sé si aquello que vimos era realmente la casa del escritor, o un comentario más hecho sólo para turistas crédulos, incluso no sé si esa parte de mi experiencia moscovita ha sido añadida a posteriori por mi imaginación, pero para lo que quiero contar poco importan los detalles de la escena.

Conservo sólo una vaga idea de cómo era la construcción, pero si cierro un momento los ojos y pienso en ella, visualizó con nitidez el pálido azul de sus muros y el desolado entorno en el que estaba situada, un entorno sucio y apagado por el deshielo que traía consigo la incipiente primavera.

Cierro de nuevo los ojos y veo esta vez la santanderina playa de la Magdalena al final de un ya lejano verano, casi, casi en el mismo comienzo del otoño. Mientras caen de los árboles cercanos las primeras hojas y se zambullen en el agua los últimos bañistas de la estación, yo termino la lectura de un libro con varios relatos de Chéjov. La sensación que todavía atesoro es la de un pleno bienestar, la de uno de los más intensos momentos lectores de mi vida.

En este mismo instante contemplo de nuevo aquel viejo volumen. Busco el índice y repaso algunos de los títulos de los cuentos que ofrece: La dama del perrito, Intrigas, El duelo, Relato de un desconocido, En la hondonada, Los señores ciudadanos, Historia de un contrabajo, Medidas sanitarias, El padre de familia, Boda por interés... Al terminar la negrura de las letras de molde del índice, aparece escrito a lápiz por el lector de aquel lejano verano la siguiente frase: ¡todos maravillosos!

Buena parte del prestigio que posee Chéjov, y casi toda su proyección literaria universal, se la debe a sus cuatro obras maestras teatrales, La gaviota (1895), El tío Vania (1899), Las tres hermanas (1901) y El jardín de los cerezos (1904). Sin embargo es en los cuentos donde en mi opinión se encuentra plasmado sin ningún rasgo coyuntural o extraliterario todo el inmenso genio de este autor absolutamente imprescindible.

Sus cuentos difícilmente pueden adscribirse a ninguna escuela o movimiento y si tratamos de adherirles cualquier etiqueta ésta salta de inmediato por los aires. Todos ellos, a excepción tal vez de los más oscuros y simbólicos El Monje negro y el Pabellón nº 6, muestran un marcado carácter unitario al reproducirse los asuntos, el tono y los motivos dramáticos referidos siempre a una visión contemplativa de la vida desde un posicionamiento existencialista, profundo pero suave y amable. En los cuentos de Chéjov la acción es anecdótica y carente de intriga o suspense, toda su intención está concentrada en describir con encantadora sutileza el melancólico desconsuelo que genera la tragedia del vivir cotidiano; cotidianeidad que está situada en el marco histórico y social de la pequeña y pasiva burguesía rusa, absorta en la contemplación de los síntomas de su propio fin. Los protagonistas de Chéjov suelen ser hombres frustrados por la incomprensión de quienes les rodean, hombres a los que la vida humilla precisamente porque su ilusión es la de aspirar a un mundo mejor y diferente.

La escritura chejoviana es muy sobria y de una aparente sencillez que parece dibujada, modelada por las pequeñas penas y alegrías que proporcionan los día a día sin notables sobresaltos. Es un estilo que definió con acierto su amigo Tolstoi, quien lo comparó a una tipo de pintura en el que las pinceladas parecieran dadas “de forma casual, como si no tuvieran ninguna relación entre sí, aunque cuando se miran de lejos uno advierte un cuadro claro, indiscutible”.

La construcción de los cuentos del escritor ruso provoca que los temas, como si se tratase de una estructura musical en forma de sonata, se enuncien y se pongan en relación unos con otros, consiguiendo ampliar su capacidad emotiva y que el discurso resultante inocule en el lector una sensación de encanto apasionado, de experiencia artística inolvidable por su profundidad y verdad.

Comentarios
08.08.2010 23:54:28 - Miguel



Antón P. Chéjov – La isla de Sajalín
“¡Qué bello es este mundo! Sólo hay una cosa en él que no funciona: el ser humano”.

Mala experiencia debió extraer Chéjov de su viaje a Sajalín para dirigirse, de esta manera, a su editor, pocos días después de su regreso a Moscú. Y sí, es cierto, tras la lectura de esta heterodoxa obra, no cabe inferir nada más que conclusiones negativas sobre el ser humano.

El Chéjov al que nos enfrentamos en “La isla de Sajalín” no es el Chéjov clásico, maestro de los maestros en el relato corto, capaz de desgranarnos la psicología de sus personajes suavemente a lo largo de historias, en las que no hay ni buenos ni malos y aparenta no ocurrir nunca nada. Este Chéjov es distinto, es una mezcla de libro de viajes y de riguroso tratado científico que, como siempre acontece en su obra, se empeña en comprender algo incomprensible en sí mismo: el ser humano.

El libro es una dura denuncia al concepto de colonia penitenciaria fundada en Sajalín, pero peca de excesivo tanto en el manejo como en el aporte de datos, lo que lo convierte, en ocasiones, en algo farragoso. Impecable, eso sí, (como siempre), su atinada y bella prosa, da lo mismo que nos hable de meteorología, de horticultura o de las terribles vivencias de los penados. La lectura de esta obra deja a la luz un sistema político incapaz, injusto y corrupto que trata a sus gobernados, en este caso convictos, como auténticos esclavos, unas bestias de carga destinadas al servicio de guardias y funcionarios. Semejante colonia penal sólo podía tener cabida en un régimen como el zarista, una entelequia agonizante que se hallaba presta a iniciar su particular calvario; Japón le propino su primer golpe serio al invadir la isla durante la guerra ruso-japonesa de 1904, en el caos consiguiente, unos treinta mil presos rusos consiguieron escapar.

He aquí algunos párrafos significativos sobre las condiciones de vida en el penal:

“Su zamarra huele a oveja, su calzado hiede a cuero y a alquitrán. La ropa interior, impregnada de secreciones cutáneas y compuesta de restos de sacos viejos y andrajos podridos, está húmeda y hace tiempo que no se lava; los harapos con que cubre sus pies despiden un asfixiante olor a sudor; y él mismo, que hace mucho tiempo que no se baña, está lleno de piojos, fuma tabaco barato y sufre constantemente de flatulencia”

“El verdugo se sitúa de costado y golpea de forma que el látigo recorra el cuerpo de través. Cada cinco latigazos se desplaza al otro lado y hace una pausa de medio minuto. A Prójorov los cabellos se le han pegado a la frente, el cuello se le ha hinchado. Al cabo de cinco o diez latigazos el cuerpo, ya lleno de cicatrices por latigazos anteriores, se vuelve morado y azul. La piel se resquebraja a cada golpe.
-¡Excelencia!- implora entre llantos y gemidos-. ¡Excelencia! ¡Apiádese, excelencia!
Al cabo de veinte o treinta latigazos, Prójorov, como borracho o sumido en el delirio, se lamenta:
-Soy un desdichado, soy un hombre muerto… ¿Por qué me castigáis así?”

El prólogo, traducción y notas son de Vicente Gallego Ballestero, uno de nuestros mejores traductores del ruso, juntamente con Ricardo San Vicente, y la edición contiene más errores tipográficos de los deseables, lo que es menos disculpable aún si tenemos en cuenta el elevado precio del libro.

Al respecto de lo sugerido en su introducción, sobre las posibles causas que motivaron el viaje de Chéjov a Sajalín (un desengaño amoroso, la pena por la muerte de su hermano Nikolái o el deseo de rendir tributo a la ciencia), quisiera apuntar otro motivo, en mi opinión, más fundado y plausible.

Rosamund Bartlett, en su libro “Chéjov. Escenas de una vida”, hace referencia a la extrema admiración, devoción casi, que el escritor profesaba a Nikolai Przhevalski, explorador y militar zarista que abanderó la ansia expansionista del imperio ruso en Asia (realizó expediciones a Siberia, Mongolia y China en 1870 y 1880, llegando hasta Lhasa y el desierto de Gobi). A su muerte el propio Chéjov le dedicó un obituario repleto de reconocimiento: “Un solo Przhevalski o un solo Stanley valen más que una docena de instituciones docentes y cien libros buenos”.

Pero el espíritu curioso y emprendedor del escritor, (en su infancia había leído y releído el libro de viajes “La fragata Palladia” de Iván Gonchárov), que albergaba una auténtica veneración hacia los personajes intrépidos (Przhevalski, era sólo un ejemplo), se veía encarcelado por un cuerpo débil y enfermo, por lo que su periplo a Sajalín representó un acto extremo de rebelión contra su frágil salud y sus obligaciones familiares: “vivir alguna aventura y hacer algo extraordinario en la vida antes de que fuera demasiado tarde”, expone, como justificación al viaje, la autora inglesa.

El libro, a parte de su valor literario (es Chéjov, palabras mayores), interesa como documento de una época, que aunque superada, el ser humano repite una y otra vez con desgraciada facilidad.










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