viernes, 28 de septiembre de 2007
A Brahms no lo quería Hitler
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[6565] Comentarios[0]
El músico predilecto de ese singular monstruo que se llamó Hitler era Wagner, de lo que el músico no tenía mucha culpa, la verdad

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Juan Antonio González Fuentes

Yo tengo un amigo escritor que es un melómano empedernido e irreductible. Su especialidad y debilidad es la música sinfónica centroeuropea tardorromántica, y muy especialmente la de su idolatrado hamburgués, Johannes Brahms. Por el contrario, la música de Richard Wagner no le produce mucha simpatía, quizá porque la ópera no sea género que goce de su aprecio.

Mi amigo atesora en su casa una discoteca más que apreciable, donde guarda, asegura, sinfonías del periodo mencionado de más de un centenar de compositores. Pero insisto, en la cúspide de su devoción melódica figura Brahms y el dulzor hiriente, melancólico y poderoso de su música. Wagner, el “rival” por antonomasia de Brahms, queda muy por detrás en su querencia razonada y construida durante horas y horas de atenta escucha.

Sin embargo mi amigo tiene un conocido, de cuyo nombre ninguno quiere acordarse, cuya ideología es, cómo decirlo, extremadamente radical hacia la derecha. La perífrasis sirve para disfrazar la evidencia: el conocido de mi amigo es un nazi, o al menos cree serlo, lo que, de una forma u otra, lo sitúa de lleno dentro del género tonto. Este peculiar personaje, al parecer, además es un entregado admirador de Adolf Hitler, y lleva su devoción hasta extremos imposibles de encajar en lo razonable. Por ejemplo, el salón de su casa está presidido por una monumental bandera nazi, tiene una biblioteca sobre temas hitlerianos y nazis de cientos y cientos de volúmenes, atesora reliquias militares nazis, posee una demencial colección de “escarabajos” volkswagen por el simple hecho de ser el vehículo esbozado en dibujos por su ídolo, y es un wagneriano de un extremismo enajenado.



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Richard Wagner


Sí, el músico predilecto de Hitler fue Wagner, y no se recató jamás de decirlo una y mil veces. La asociación entre Wagner y le nazismo es tan profusa que da al menos para elaborar una extensísima bibliografía y para que Woody Allen concibiera uno de sus “chistes” más inolvidables: “cada vez que escucho Wagner me dan ganas de invadir Polonia”.

A estas alturas del relato todos intuimos que el conocido de mi amigo tiene una peligrosa tendencia a confundir la velocidad con el tocino, y como el músico y artista predilecto de Adolf era Richard, pues él decidió en su momento escuchar sólo música de Wagner o de wagnerianos rendidos, situando por el contrario en el terreno de lo inaudible a todo aquel músico que no hubiera seguido, siguiese o siga los postulados del autor de Lohengrin. El absurdo es tal que al parecer hasta el mismísimo Beethoven es considerado una especie de junta notas por nuestro personaje, y eso a pesar de que el propio Wagner lo consideró siempre un maestro, es decir, Beethoven, por razones obvias, no pudo ser jamás wagneriano, pero Wagner sí fue un convencido beethoveniano.


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Johannes Brahms


La cosa pinta de tal manera que, en la foto principal del “Se busca” ideado por el conocido de mi amigo, el mencionado personaje ha colocado el retrato de Brahms, situando así al compositor de Hamburgo en la posición de máximo enemigo del sacrosanto Wagner. Ni una nota pensada o sentida por Brahms ha sido jamás escuchada con conciencia por nuestro hombre. Si de todos es conocido que Hitler sólo leía libros que venían a refrendar sus propias ideas, nuestro conocido desconocido sólo escucha la música que avala su tesis: Wagner es el único músico entre los músicos. Pero quiero insistir en ello, a dicha conclusión ha llegado sin haber escuchado nada compuesto por los “enemigos”. Su fe en las opiniones de Adolf es irrevocable.

La anécdota se cierra un día en el que el protagonista de esta grotesca historia viajaba conduciendo su coche (imagino que un “escarabajo") por alguna carretera de España. Distraído puso la radio del coche y del aparato surgió una melodía que lo encandiló. Durante kilómetros y kilómetros se deleito con la maravillosa música desconocida, y esperaba con impaciencia el final de la retransmisión para conocer al autor de la obra. En su mente sólo cabía la posibilidad de que lo escuchado fuera una partitura de algún epígono de Wagner, de alguno de los muchos compositores que en cada una de sus notas delataban la deuda que tenían contraída con el maestro. Pero no, ante su asombro e indignación, el autor de aquella música que lo había complacido hasta el extremo era ni más ni menos que el canalla de Brahms, ese músico que había osado desafiar a Wagner cara a cara.

El “escarabajo”, según cuenta mi amigo que le contó su conocido, estuvo a punto de empotrarse en un árbol, y el personaje en cuestión, muy hitleriano él, se juró a sí mismo no volver a escuchar ninguna música jamás cuya procedencia desconociera, no fuera a gustarle y caer así en pecado de inteligencia y opinión propia.

Esto que he contado no es una historia inventada, y cambiados algunos elementos proviene directamente de la realidad. Y ahora pensemos en cuántas personas conocemos entre las que nos acompañan en nuestra cotidianeidad que piensan y actúan de forma muy parecida a la de nuestro conocido pero desconocido seguidor de Hitler. Seguro que nos llevamos una desagradable sorpresa.


Otro texto sobre Brahms en el blog de Juan Antonio González Fuentes:

Las sinfonías de Brahms según Bruno Walter ______________________________________________________________________
NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente.


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