lunes, 12 de febrero de 2007
Fellini, su biografía
Autor: Juan Antonio González Fuentes - Lecturas[{0}] Comentarios[{1}]
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La editorial Tusquets acaba de poner a la venta la biografía del cineasta Fellinni escrita por Tullio Kezich.

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Juan Antonio González Fuentes

Descubrí que el cine podía ser algo distinto a las películas de aventuras de los sábados por la tarde, una mañana en la que acudí con mis compañeros de instituto y el profesor de historia, Vicente Fernández Benítez, al teatro de la Obra Social de Caja Cantabria en la calle Tantín, justo al lado de donde vivió mi abuela durante más de medio siglo.

No sé exactamente por qué fuimos esa mañana al cine. Tampoco recuerdo si había un ciclo programado o fue una sesión especial pensada para nosotros. Pero la cuestión no es esa, ni importa absolutamente nada que fuera de una u otra manera. La cuestión es que aquella mañana vi por vez primera en mi vida Amarcord, la película de Federico Fellini, y que durante el tiempo que duró la proyección mi acercamiento y comprensión del cine cambió para siempre. En ese sentido, todo se lo debo agradecer, por tanto, a Fellini.

Nunca olvidaré las imágenes de aquellas oscuras calles de ciudad de provincia italiana fascista en las que, mientras cae lenta la nieve, un motorista fantasma vuela sobre el asfalto sin aparente ton ni son. Tampoco los enormes pechos de la estanquera con los que a punto está de ahogar para siempre los deseos sexuales de uno de los jóvenes protagonistas. O el trasatlántico de cómic que surge de la niebla ante el asombro operístico de los habitantes de la ciudad que lo observan desde unas chalupas de atrezzo que navegan sobre olas de pega. O la boda final, en mitad de un descampado, con un músico ciego que toca el acordeón pensando en el patio de Monipodio. O el hotel cerrado que se abre sólo para acoger la noche de amor entre la guapa del pueblo y un príncipe de carnaval. O el rostro gigantesco y ridículo de Mussolini hablándole a unos niños que juegan aburridos a soldados. O la música hipnótica, cósmica y a la vez casera de Nino Rota.


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Federico Fellini y Marcello Mastroiani


Sí, Fellini cambió para siempre mi relación con el cine, y después de aquella mañana encerrado en la sala oscura de un cine provinciano, nada volvió a ser igual con respecto a las imágenes que vuelan sobre el blanco de una pantalla, y el término felliniano adquirió para siempre un nuevo y preciso significado.

Después de Amarcord llegaron La Strada, Giulietta de los Espíritus, Entrevista, Ensayo de Orquesta, El jeque blanco, Ginger y Fred, Los clowns, Casanova, Las noches de Cabiria..., y las tres películas que, junto, a Amarcord, más me gustan del cineasta italiano: La dolce vita, 8 y medio e Y la nave va.

Marcello Mastroianni deambulando por las calles de Roma con las manos en los bolsillos y un cigarrillo humeante en la boca, o tomando con gafas de sol caladas un Cinzano en una terraza soleada, o metido en una bañera con sombrero y gafas con montura de pasta, mientras reflexiona sobre el arte de contar historias en imágenes… Todo eso es Fellini, todo es cine con mayúsculas, cine convertido en iconos irrenunciables de pura vida y esteticismo trascendido en látidos de una contemporaneidad atrapada en un plano: historia del arte del siglo XX.

Pero si alguien me pidiese alguna vez un solo fragmento felliniano, no lo dudaría mucho. A un lado dejaría al periodista y a la Venus rubia metidos en las humedades explosivas de la Fontana de Trevi, o a Alberto Sordi a lomos de un caballo blanco, o a Giuletta Massina como una dulce y trágica payasa sin futuro. No, yo me quedaría sin dudarlo con el final de Y la nave va. Y sobre todo con ese instante increíble, emocionante hasta las lágrimas, puro desnudo y alquimia cinematográfica, en el que la cámara su mueve hasta mostrarnos una plataforma móvil que semeja la cubierta del barco que se hunde, y con un giro sutil, nos muestra también a todo el equipo que filma, que echa el humo que quiere ser niebla, que mueve las olas falsas del falso fondo, y finalmente nos dirige hacia el encuentro directo con otra cámara que se acerca y tras la se encuentra, mirando, el propio Fellini. El cine sale de encuadre para mostrarnos la realidad que a su vez se ha transformado en secuencia. Magia al cuadrado, magia sobre magia.

Ayer me acerqué a la librería después de tomar un café. Antes de entrar, bajo los arcos de medio punto de la logia porticada, me encontré con un efusivo amigo pintor y escritor, que tras saludarme e intercambiar ingenuas ingeniosidades divertidas, me regaló un preservativo, deseándome una pronta felicidad. Felliniano pensé, un encuentro felliniano. Subí las escaleras de madera de la librería y entré en la gran sala invadida por los libros. Un oasis hermoso, soñado una y mil veces. Me dirijo a las meses, las recorro y lo encuentro: Fellini, la biografía del director escrita por su buen amigo Tullio Kezich y editada por Tusquets en su colección Tiempo de memoria. Compro el libro feliz, y con él bajo el brazo, con la imagen de Mastroianni andando por las calles sombrías de Roma, me adentro yo en la plaza provinciana y hermosísima, saboreando de antemano esta conversación con Fellini que estoy a punto de comenzar en las páginas de un libro que me ha dado felicidad.

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NOTA: En el blog titulado El Pulso de la Bruma se pueden leer los anteriores artículos de Juan Antonio González Fuentes, clasificados tanto por temas (cine, sociedad, autores, artes, música y libros) como cronológicamente .