NOMBRE
Alejandro Krawietz

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
Canarias, 1970

    CURRICULUM
Profesor de Literatura Española e Hispanoamericana en la Universidad de la Bretaña Occidental (Francia). Fue secretario de redacción de Paradiso, pliego de literatura y es coordinador de las colecciones Paradiso/Ediciones y El resplandor. Entre otras publicaciones destaca el poemario La mirada y las támaras (1996)



Alejandro Krawietz

Alejandro Krawietz


Creación/Creación
Quietud del aire
Por Alejandro Krawietz, sábado, 17 de febrero de 2001
HACES, EN EL AIRE abierto del balcón, en la claridad del aire, en el alba, un gesto, un trazo, un signo, con la mano blanca. Abajo, allá, más allá de la costa, sobre el mar tan profundo de la noche, las últimas trenzas de la oscuridad liberan ligeros ramos de luz rosada. En la soledad de la hora presientes, en las habitaciones, en las casas vecinas, el susurro de las sábanas, el crepitar primero del fuego y el café, el lento, ceremonioso, pero tan leve, deslizarse de las mujeres por pasillos y corredores. Ese silencio que habitabas, quebrado sólo por el poder de una quietud sin límites, se separa ahora, sigue las órdenes de tu mano blanca, de tu signo del despertar. Miras hacia el horizonte donde la noche se disipa: árboles, ruinas, oscuras brumas presientes, tan lejos, allá en el norte, en el horizonte del día y de la memoria. El límite seguro en que las diferencias se disipan y el mundo es el buscado ensueño, la indistinción sin fisuras de las cosas que habitan en el tiempo y no en el tiempo. Hacia ese abismo miras en una mañana que pudiera ser, otra vez, la primera del mundo. Agradablemente, el cuerpo, ajeno a ti, ajeno al laberinto al que el pensamiento y la memoria se entregan, respira la brisa salina, el aire que la noche inflamó en yodos y frescores proscritos en el interior de las habitaciones. Acodado, sobre la baranda, tentando el abismo y las flores de geranio, miras, miras siempre, hacia el oriente en que la noche desaparece. La mañana mueve las ramas de los laureles, y silba, en las esquinas de las casas, en los picos puntiagudos de las pitas. Se agitan, también, las camisas blancas tendidas en la azotea cercana, los cables de la luz. Miras. Miras siempre en esta hora en que el olor, el sabor, el tacto, el silencio, todo se vuelve mirada, todo se torna una determinada graduación de la luz. Sobre la mesa blanca reposan ahora los libros del insomnio, la taza, ya fatigada, de un té lejano, oscuro, secreto té de madrugada. Sobre las sillas, oreadas, las toallas rojas, verdes, amarillas. Nada, así se te revela, te ata al lugar. Ni la oscuridad que se disipa, ni el cordón umbilical de una mirada capaz de detenerse para siempre en el mundo, ni la memoria brumosa de un norte de luz oblicua, de luz pegada al suelo como el tronco leproso de la sabina. La profundidad de la visión, aquí donde lo visible se ve hasta el fin, se reúne, a esta hora, para devolverte a las brumas, a la lluvia leve y ligera sobre otro mar, y a la velada oscuridad en que las cosas lanzan, al centro del día, su pesadumbre, su voluntad de permanencia. En este mismo balcón en el que la claridad no permite dudar de la continuidad de las cosas, la luz del alba añade a los planos superpuestos de los árboles y las montañas su porción de profundidad e interrogación. Con el gesto blanco de tu mano detienes el tiempo, separas el recuerdo, quiebras para siempre el hilo de la palabra que te arroja, otra vez, hacia las rocas inmarcesibles del tiempo.
(De Memoria de la luz, 1996-1999)