Vaca

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Granja

Granja


Tribuna/Tribuna libre
Los problemas de la "agricultura química" y la "ganadería industrial"
Por José Manuel Naredo, sábado, 17 de febrero de 2001
Cuando el fantasma de la inseguridad alimentaria recorre Europa de la mano de las “vacas locas” y los gobernantes tratan, más que de informar, de ocultar información para evitar la “alarma social”, cabe preguntarse si lo que aflora es un accidente aislado e imprevisible o una consecuencia lógica del tipo de agricultura que estamos haciendo.
En lo que sigue postularemos que la manipulación parcelaria de los procesos guiada por la brújula del lucro inmediato genera un campo abonado para que afloren consecuencias no deseadas a escalas y plazos más amplios, instalando el riesgo de sufrirlas en el corazón de nuestra sociedad.

A mi juicio el principal elemento diferenciador que separa la moderna “agricultura química” de las practicas agrarias tradicionales y de la actual “agricultura ecológica”, reside en sus distintos modelos de funcionamiento. En lo que sigue utilizaré esta expresión, junto con la de “agricultura o ganadería industrial” o “moderna”, para referirme a la agricultura que resultó de la “revolución verde” del siglo XX fruto de la aplicación conjunta de medios químicos, variedades de elevado rendimiento y mecanización de las labores. La parte de arriba de la figura "vaca" adjunta (véase imagen ampliable) denota cómo el sistema biosfera, y los sistemas agrarios tradicionales construidos sobre el mismo patrón, se han mantenido establemente en el tiempo porque han cerrado los ciclos de materiales, reconvirtiendo los residuos en recursos con la ayuda de la energía solar. La clave de su “sostenibilidad” estriba en que el “motor solar” ha conseguido mover en la Tierra los ciclos de materiales como el agua mueve la rueda del molino, construyendo sobre ellos los circuitos de la vida y de la propia agricultura hasta épocas recientes. Así, siendo el agua la principal materia prima en tonelaje que interviene en la fotosíntesis, una vez utilizada, el “motor solar” se encarga de devolverla a las condiciones iniciales de cota y calidad a través de la fase atmosférica del “ciclo hidrológico”. Lo mismo ocurre con los desechos de la materia orgánica generada en el proceso: los organismos descomponedores los incorporan a los suelos como fuente de fertilidad que nutre de nuevo a la fotosíntesis. De esta manera, todos los materiales (lluvia-suelo, hierba, vaca, detritus, humus) van siendo objeto de un uso posterior mediante la continua renovación de recursos y residuos, tal y como ilustra el esquema simplificado adjunto. Este modelo de funcionamiento se apoyó necesariamente en la adaptación secular de los aprovechamientos a los climas y las vocaciones del territorio originando una gran variedad de sistemas y paisajes agrarios. Surgió así la civilización del trigo como respuesta adaptada a la sequía estival propia del clima mediterráneo, la del arroz en las zonas de clima monzónico, aprovechando el encharcamiento de los suelos en los momentos de mayor insolación y temperatura, o la del maíz y otros “cereales de primavera” en las zonas de clima húmedo, donde podían crecer durante el verano sin problemas de escasez de agua.
Por mucho que se fuerce al reciclaje, este modelo es por definición insostenible, al ser el planeta Tierra un sistema cerrado en materiales

La parte de abajo del esquema representa el modelo de funcionamiento del sistema industrial, sobre el que se apoya también la “agricultura química” (y la “ganadería industrial”). Este modelo se nutre de determinados stocks minerales contenidos en la corteza terrestre, los usa y los degrada, sin reconvertir los residuos en recursos. Este modelo sería viable a largo plazo en el supuesto de que los recursos y los sumideros disponibles fueran infinitos, pero como ello no es así, apunta irremisiblemente hacia el deterioro por escasez de recursos y por exceso de residuos: por muy eficientes que sean los procesos y por mucho que se fuerce al reciclaje, este modelo es por definición insostenible, al ser el planeta Tierra un sistema cerrado en materiales.
La avidez de recursos y la excesiva emisión de residuos aumentaron, y siguen aumentando, a un ritmo muy superior al de los productos obtenidos

Como es sabido, la civilización industrial promovió el segundo de estos modelos guiada por la confluencia de una ciencia parcelaria y un cálculo económico regido por un rentabilismo pecuniario, ocasionando daños “ambientales” sin precedentes. La agricultura misma siguió este modelo: ya no trataba de colaborar con la naturaleza para acrecentar sus frutos, como hacía la agricultura tradicional, sino de forzar rendimientos y reducir costes artificializando los procesos de espaldas a aquella. El modelo de la biosfera y sus derivados agrarios se vieron así troceados en un sin número de subprocesos que demandaban todos ellos recursos y generaban residuos (Figura "granja"). A medida que tal especialización parcelaria se extendió, la avidez de recursos y la excesiva emisión de residuos aumentaron, y siguen aumentando, a un ritmo muy superior al de los productos obtenidos. A la demanda de agua y agroquímicos de los cultivos intensivos y su incidencia contaminante, que alcanza incluso a los productos, se suman la exigencia en recursos y la generación de residuos de la ganadería industrial,... y de la industria agroalimentaria. Es más algunos nuevos productos (pesticidas, escardas, fertilizantes químicos,...) tienen la enorme virtud comercial de eliminar a sus competidores naturales: al romper el equilibrio natural de los suelos y las poblaciones de microorganismos, insectos,...y animales, hacen a los agricultores cada vez más dependientes de su aplicación, generando nuevas plagas y problemas. Así, la artificialización de los procesos agrarios comportó problemas imprevistos en la salud de las plantas, de los animales y hasta de las personas, que acabaron poniendo en entredicho la propia razón de ser de la agricultura: la de conseguir una alimentación sana y abundante.
La agricultura industrial, en su marcha de intensificación parcelaria , se revela fuente inagotable de nuevos problemas ambientales y sociales, como ejemplifica el presente affaire de las “vacas locas”

Mientras que la agricultura tradicional solucionaba problemas (reprocesando los residuos orgánicos, asegurando la calidad o al menos la inocuidad de los alimentos y siendo compatible con la diversidad y la estabilidad de los ecosistemas y la calidad de sus paisajes,...), la agricultura industrial, en su marcha de intensificación parcelaria , se revela fuente inagotable de nuevos problemas ambientales y sociales, como ejemplifica el presente affaire de las “vacas locas” (La introducción descontrolada de los cultivos y alimentos transgénicos en nuestro país es una de la últimas tropelías de los afanes de lucro parcelario: véase Riechmann, J. (2000) Cultivos y alimentos transgénicos. Una guía crítica, Madrid, Libros de la Catarata). La terrible estética de los establos que divulgó la televisión con motivo de este affaire, hería la sensibilidad más elemental del espectador denotando por si misma que algo sórdido estaba ocurriendo, con independencia de la gravedad de sus consecuencias para la salud humana y de la conciencia que de ellas se tenga. El deterioro del paisaje rural va de la mano de la simplificación generalizada de los agrosistemas y de su impacto contaminante, haciendo que la salud de plantas y animales se sostenga “con alfileres” mediante la administración masiva de medios químicos, antibióticos, etc. que contribuyen a generar problemas en la alimentación humana resultante. Los amargos frutos de la alocada carrera actual de manipulación y alteración parcelaria de los ecosistemas, los procesos y los organismos que la biosfera y los sistemas agrarios tradicionales habían configurado durante milenios de selección y aclimatación, se asemejan a los cosechados por el alquimista víctima de su empeño en desatar procesos que luego no pudo controlar.

La llamada “agricultura ecológica” aparece como reacción contra tal estado de cosas, buscando la reinserción de las prácticas agrarias en los ecosistemas locales y atendiendo de nuevo para ello a la vocación de los territorios. El objetivo de la estabilidad aparece así normalmente vinculado a la diversidad de cultivos y aprovechamientos adaptados, que puede devolver la calidad al paisaje rural que le había robado el empeño de la explotación descontextualizada y simplista de la agricultura convencional. Se trata en suma de crear un nuevo marco mental e institucional que permita recomponer las piezas que el enfoque analítico-parcelario había ido separando para conseguir beneficios que se revelaron a menudo tanto más elevados cuanto menos social y ecológicamente recomendables.