Inongo vi-Makomé: "La emigración negroafricana: tragedia y esperanza" (Ediciones Carena)

Inongo vi-Makomé: "La emigración negroafricana: tragedia y esperanza" (Ediciones Carena)

    NOMBRE
Inongo vi-Makomé

    LUGAR Y FECHA DE NACIMIENTO
De la etnia Batanga, nació en Lobé (Kribi), a las orilas del
Átlántico en el sur de Camerún


    CURRICULUM
Cursó los estudios en Kribi, Ebolowa, Santa
Isabel (Guinea Ecuatorial). Terminó el bachillerato en Valencia, después ingresó
en la facultad de Medicina, estudios que continuaría en la Universidad de
Barcelona. Entre sus publicaciones destaca Benama; Akono y Belinga, Los reyes
Reyes de Zookala
(cuentos), España y los negros africanos (ensayo) y Rebeldía (novela)




Inongo vi-Makomé

Inongo vi-Makomé

Inongo vi-Makomé: "Akono y Belinga" (Ediciones Carena)

Inongo vi-Makomé: "Akono y Belinga" (Ediciones Carena)


Tribuna/Tribuna internacional
Problemas de los inmigrantes africanos en Europa
Por Inongo vi-Makomé, miércoles, 05 de julio de 2006
A pesar de la buena voluntad de muchos ciudadanos europeos, es cierto que los gobiernos occidentales mantienen una política de depauperación progresiva para con los pueblos negroafricanos. Inongo-vi-Makomé centra su vena investigadora en la convivencia cultural y en la pervivencia de la cultura africana. Su libro La emigración negroafricana: tragedia y esperanza (Ediciones Carena) analiza con lucidez, dureza y esperanza el contraste de costumbres entre los inmigrantes centroafricanos y los occidentales, dos concepciones distintas que pueden complementarse o destruirse pero nunca ignorarse porque ya estamos todos metidos en el mismo barco.
Los inmigrantes africanos tienen muchos problemas en Europa, pero aquí aludiremos solamente a unos cuantos.

1. Documentación

La documentación es el problema más angustioso de los inmigrantes en Europa. Los europeos, como es lógico, han endurecido las leyes tanto para la obtención de los visados de entrada en sus territorios, como para la legalización una vez en Europa. En este problema el inmigrante ilegal y la administración, junto con su policía, juegan al gato y al ratón.

El inmigrante negroafricano por ejemplo, emprende su viaje (que suele durar mucho, a veces años) hacia Europa con el itinerario bien aprendido. A medida que avanza hacia el norte, (Senegal, Mauritania, Marruecos, Melilla), va adquiriendo conocimientos del continente a donde va.

En el norte de África se encuentran todas las estaciones de asalto. Es el centro de vigilancia y de información. Las mafias locales y europeas han aprovechado estas circunstancias para establecer sus “agencias de viajes”. Como estas “agencias” cuestan mucho dinero, algunos optan por otros medios: “Me metí debajo de un camión, pero me pillaron y me dieron una soberana paliza...”, nos cuenta un joven nigeriano en Barcelona. No tendría más de veintitrés años. La media de edad de estos viajeros ha ido bajando considerablemente en los últimos años.

Le habían roto un diente pero no desistió de su empeño y volvió a meterse debajo del mismo camión cuando el conductor y su ayudante se despistaron. Llegó a Almería y una vez en la ciudad buscó una comisaría para dar parte del robo de su documentación. La policía le extendió un certificado de la denuncia con el que podía andar unos cuantos días sin correr el riesgo de ser detenido y con él viajó hasta Barcelona. La información recibida en alguna parte de África había funcionado.

Esta misma suerte no la tuvieron otros tres muchachos de la misma nacionalidad en el aeropuerto de Bruselas que no pudieron jugar al escondite con el gato local. La información o la suerte les había fallado. En el aeropuerto no les dejaron pasar, aunque alegaron ser perseguidos por el régimen de Abacha. Reclamaron el estatuto de refugiados políticos, pero no se lo concedieron. Les dejaron errar por el espacio neutro o internacional del aeropuerto. Cuando los encontramos haciendo escala en este aeropuerto, tenían los tres las caras dramáticamente tumefactas. Unos cuantos policías belgas, con la crueldad y la brutalidad que les caracterizan (cuando tienen que vérselas con los africanos), habían aprovechado la escasa presencia de público por la noche para introducirlos en un cuarto solitario y hartarlos de palos.

En París, otro inmigrante africano cuenta que llevaba viviendo en Francia desde hacía más de diez años y sólo había conseguido el estatuto de estudiante. Se casó en su país pero las autoridades consulares francesas no querían darle el visado a su mujer. La incertidumbre duró dos años hasta que recurrió al soborno. “Gasté un par de millones de francos, cefa...”, dijo. Un diplomático consiguió darle un pasaporte francés con una falsa nacionalidad y por fin su mujer llegó a Francia.

Éste había logrado burlar al gato, pero a medias. En realidad las victorias y las derrotas entre los inmigrantes africanos y las autoridades europeas nunca son completas. Nuestro protagonista, que no podía trabajar porque, aunque había terminado los estudios, no le dejaban cambiar su estatuto de estudiante, tuvo problemas después para conseguir que su mujer pudiera trabajar. Arrastró siempre un miedo atroz a que descubrieran la falsedad de su documentación.

Las autoridades ganan prestigio cuando arrestan a uno en situación ilegal y lo expulsan a su país. España, con el gobierno conservador recién estrenado, expulsó a un grupo de africanos tras drogar a todos ellos como si fueran animales del zoo. El presidente del gobierno español, José María Aznar, justificó entonces la medida diciendo que había un problema y se había solucionado. Una solución que no difiere de la que aplicó un capitán griego, en cuyo barco subieron unos polizontes senegaleses. Al ser sorprendidos en alta mar, el capitán heleno mandó tirar a los africanos al agua. Cuando le preguntaron en el juicio si no sabía que aquellas aguas estaban apestadas de tiburones contestó que, como los negros huelen tal mal, creía que los tiburones no se atreverían a aproximarse a ellos. El capitán griego tenía un problema y lo solucionó.

Pero muchas veces el expulsado inicia inmediatamente una nueva aventura para regresar. Lo hace siempre con otro nombre y, si es posible, con otra nacionalidad, algunas veces incluso con la de un país europeo.

Las autoridades policíacas europeas suelen tener graves problemas con los inmigrantes africanos: muchos carecen de documentación alguna por lo que su identificación y su expulsión suelen ser arduas. Una vez la policía suiza se las vio y se las deseó para identificar a un camerunés al que habían arrestado varias veces y en ciudades distintas vendiendo ilegalmente cuadros de pintura con motivos africanos. Cada vez que lo arrestaban daba una nacionalidad y un nombre distinto. Sólo las huellas delataban que se trataba de la misma persona. Pero ¿a dónde expulsarle? Ese fue el dilema.

En España la policía se ha quejado algunas veces de la poca o nula colaboración que reciben de los consulados africanos. “Los blancos molestan mucho”, confiesa riendo un diplomático centroafricano en la capital de España, cuando requerimos su opinión. "¿Por qué íbamos a facilitarles la expulsión de un compatriota? Han arruinado nuestros países, que aguanten ahora las consecuencias", luego añadió: “Por otra parte, como usted sabe, nos cuesta saber si el detenido es realmente nuestro compatriota. No basta con que el individuo lleve encima un pasaporte de nuestra nacionalidad”. Y es verdad, muchos inmigrantes africanos llegan a Europa con pasaportes que no son de sus verdaderos países y no suelen inscribirse en ningún consulado por miedo a ser descubiertos.

La falta de documentación provoca una gran angustia en los inmigrantes. Muchos viven con documentación falsa. “He visto caras de personas que jamás podía imaginar que no tenían documentación en regla...”, nos comenta un inmigrante africano en París, a la vuelta de la comisaría de legalizar su estancia, aprovechando la oportunidad que acababa de dar a los ilegales el gobierno del socialista Jospin. Suele ser todo un espectáculo la alegría del inmigrante que consigue legalizar su situación. Se le cambian hasta las facciones y la cara refleja entonces una expresión de alivio y de paz indescriptible. Es posiblemente el momento en que el inmigrante tiene la sensación de haber conquistado, por fin, el paraíso por el que tanto había luchado. Conseguir o no el trabajo, suele ser ya una cuestión secundaria.

2. Trabajo

El problema de empleo no es tan angustioso para los inmigrantes africanos como el de la legalización pues los inmigrantes vienen dispuestos a trabajar en lo que sea. Y lo que sea, no es que sobre, pero sí que se encuentra con más facilidad. ¿En qué trabajan?

Hombres

Los inmigrantes centroafricanos hacen los trabajos que la mayoría de los europeos rechazan. Suelen ser duros, peligrosos y mal pagados. El ejemplo lo tenemos en Cataluña que alberga 4001 gambianos, según el Anuario Estadístico de Extranjería del Ministerio español del Interior de finales de 1996. La mayoría de estos inmigrantes vienen dispuestos a trabajar en el campo, por lo que se les localiza a lo largo de los campos del Maresme, Girona y Lleida.

Los senegaleses, que son también una comunidad numerosa en toda la Europa comunitaria, se dedican en su gran mayoría a la venta ambulante. En general los inmigrantes trabajan en lo que encuentran. También hay técnicos universitarios negros en casi todas las profesiones aunque en España sean escasísimos.

Mujeres

La mujer africana en Europa trabaja más o menos en las mismas condiciones que los hombres. Están en fábricas, en tiendas, en hospitales, etc. La excepción es España en donde la mujer negra tiene solamente dos opciones: los trabajos de hogar o la prostitución. La prostitución es una opción oculta, mientras que la del trabajo en el hogar es la oficial y legal. Así, para obtener una plaza en los cupos que otorga el Ministerio del Interior anualmente, las mujeres inmigrantes (que son mayoritariamente negras africanas, dominicanas, filipinas y magrebíes) han de tener un precontrato de trabajo de hogar o cualquier empleo que rechacen las españolas.

Es difícil que una joven negra sueñe con un empleo diferente en España, aunque tenga sus papeles en regla, y a veces una graduación media. La situación no ha variado desde el tiempo del dictador Franco, si exceptuamos que entonces el poder adquisitivo de los españoles no alcanzaba para pagar el salario de una chacha, por lo que la única salida para la mujer negra era la prostitución. La gran aportación en este aspecto de la era de la democracia ha sido la creación de la riqueza y el consiguiente aumento del poder adquisitivo de la población española, lo que ha permitido que en muchos hogares se pueda contratar a una criada. Cuesta encontrar otro país de Europa occidental donde la mujer negra sea tan despreciada y su suerte tan triste y sin horizonte.

La mujer negra africana en Europa se bate, lo mismo que la de África, con mucho dinamismo llevando la manutención de su hogar. Las que no tienen trabajo fijo e incluso algunas que los tienen recurren para su subsistencia a lo que, N. Wago, denomina como economía, “Crillol” que él aplica a la economía que actualmente rige en África, pero que también podemos aplicar a la de las inmigrantes en Europa. Digamos que es una economía que no entra en las reglas generales que estudia la economía científica, pero que sin embargo es tan poderosa que ha mantenido y mantiene a millones de africanos en los duros momentos de su crisis económica actual. Algunas de estas profesiones son:

- Peluqueras: que atienden en sus casas o se desplazan a los domicilios de sus clientes.

- Vendedoras: se llaman también tredas. Venden de todo: productos cosméticos a domicilio que adquieren ya sea en Inglaterra o en Francia (este comercio se da más en España); telas y ropa africana; comida, como carne y pescado ahumados, caracoles, mehòndo, bebobolo, gari, harina de yuca para hacer fúfu, etc.

Algunas mujeres adquieren los productos en las tiendas autorizadas que se encuentran en las grandes capitales europeas y los revenden en las provincias.

- Cocineras: suelen elaborar la comida en sus casas a donde pasan a comer o a recogerla los clientes. Preparan toda clase de platos africanos: makalas, ndole, salsas de cacahuete, de modica; carne o pescado asado, al que acompañan, mehòndo, ablo, ekoki, etc.

- El njangui o la tontina: es una cotización rotatoria donde cada periodo de tiempo los miembros de la asociación vierten una suma de dinero a uno de los socios. Los beneficiarios aprovechan ese dinero para hacer una importante compra, o invertir en un negocio. Algunos negocios legales de los inmigrantes africanos como las cafeterías, los restaurantes, las peluquerías, las tiendas alimentación, etc., han visto la luz gracias
a esta iniciativa.

3. Alojamiento

En muchas ciudades de Europa los negroafricanos tienen grandes problemas para conseguir alojamiento pues bastantes propietarios se niegan a alquilarles los pisos. En España encontramos este problema en lugares donde se concentra un gran número de africanos. Por ejemplo en las ciudades del Maresme, en Cataluña, en la provincia de
Almería, etc. Si a ello unimos el elevado precio de los alquileres, el problema aumenta provocando una masificación de personas en la misma vivienda lo que, a su vez, alimenta la leyenda de que a los negros les gusta vivir hacinados en una misma casa. Esta leyenda es verdad en parte, pero se debe a las dificultades de encontrar alojamiento
y a la solidaridad entre los propios inmigrantes que no suelen permitir que uno de los suyos duerma en la calle o abandonado a su suerte.

En países como Francia, Inglaterra y otros, el problema lo resuelven en parte los ayuntamientos con los Archelins, que son viviendas municipales que pueden ser alquiladas por los necesitados a unos precios razonables. En España esta oportunidad apenas se da.

4. Segunda generación

La segunda generación son nuestros hijos que han crecido o que han nacido en nuestro exilio europeo. Su problema es uno de los más graves al que nos enfrentamos pues son ciudadanos de ninguna parte, de ningún lugar. Los padres, tan pronto como nacen, los incluimos en el censo de nuestros respectivos clanes, tribus y países: son dualeños,
bulus, batangas, bubis, annobonoses, mandingas, wolofs, bámbaras, ntumus, batekes, ibos, lingalas, etc. Por lo tanto, cameruneses, guineanos, malienses, senegaleses, gaboneses, nigerianos, congoleños, etc. Los inscribimos oralmente en este censo con orgullo.

Mas, ¿pertenecen realmente a esos grupos, teniendo en cuenta que han nacido, viven y vivirán siempre en otros países y en otras culturas? Por derecho de sangre pertenecen a nuestros grupos; y por derecho del lugar de nacimiento, a los países donde han venido al mundo y a las culturas donde viven. Pero no es así.

Según las leyes de algunos países europeos son ciudadanos de pleno derecho de estas naciones tan pronto como nacen. Es decir que se les incluyen en sus censos pero es una inclusión meramente estadística, porque, aunque estos niños lleven pasaportes y hagan el servicio militar en el país donde han nacido, los nativos no acaban de considerarlos como suyos. Salvo, claro está, si los individuos en cuestión son deportistas de elite y consiguen que se icen las respectivas banderas nacionales a lo más alto del mástil. Entonces los locutores de los medios de comunicación se refieren a ellos como: “El francés tal, el británico tal, o el belga tal”; pero cuando fracasan, oímos hablar de: “el camerunés tal; el nigeriano tal, o el congoleño tal.”

Por eso, para preservar esta diferencia y para guardarse también un as en la manga (nunca se sabe) los indígenas europeos los conocen como la segunda generación de inmigrantes. Pero estos niños (la mayoría de ellos) no han emigrado de ninguna parte, aunque sus apellidos y, sobre todo, su color, les convierten inmediatamente en inmigrantes.

Los padres somos emigrantes de nuestros respectivos países e inmigrantes en los países de los blancos. Nuestros hijos, sin haber hecho el mismo viaje que nosotros, se ven marcados con el mismo apelativo, aunque adornado con la expresión “segunda generación”.

Hoy muchos países europeos cambian su legislación y prolongan la concesión de la nacionalidad hasta que el hijo tenga la mayoría de edad. Por lo que, durante muchos años, estos niños vivirán como apátridas.

Los padres africanos intentan inculcar a sus hijos desde el exilio, los valores que ellos recibieron en África:

a) El respeto

Como ya vimos, la mayoría de inmigrantes se desplaza dejando sus raíces, su tierra de origen, pero habla siempre del retorno. Partiendo de esta ligazón muchos de los inmigrantes intentan educar a sus hijos. Las circunstancias que les han llevado al exilio y el alto índice de rechazo del que son objeto por parte de los europeos, obligan a los padres inmigrantes a vivir constantemente en la “provisionalidad” y con la misma mentalidad educan también a sus hijos.

El inmigrante africano quiere que su hijo sea respetuoso con los mayores, lo mismo que en África. Critica la mala educación de los niños blancos que muchas veces tratan a los mayores como sus iguales. El africano lucha para diferenciar a su hijo del niño blanco. No se conforma con que el niño tenga este respeto solamente con los mayores que hubiera en la casa y quisiera que el respeto se extendiese hasta los otros mayores que les visitan o que ellos frecuentan. El niño o niña no llamará a los amigos o conocidos de sus padres directamente por sus nombres. Siempre interpone la palabra: “tío”, si se trata de los inmigrantes que viven en España, y “tonton” para los de Francia, "oncle", para los de Inglaterra, y a continuación el nombre de la persona.

Este comportamiento, por parte de nuestros, hijos nos conforta y nos llena de orgullo pues nos acerca a nuestra África natal y a nuestras respectivas tribus o clanes.

La diferencia generacional es muy importante en las culturas africanas y la educación que obliga respetar esta diferencia es bastante estricta. Muchos adultos africanos nos sentimos ofendidos cuando algún niño nos llama directamente por nuestros nombres o cuando nos trata como a iguales.

Por desgracia, la educación de los países de blancos donde vivimos, es liberal y apenas hay rigor en el respeto de esta diferencia. Las escuelas que frecuentan nuestros hijos se rigen por esta educación liberal y por eso algunas familias de inmigrantes doblan la severidad.

Los niños de estas familias frecuentan una escuela donde sus compañeros blancos llaman a sus maestros por su nombre y les tratan con mucha confianza. Pero para el niño negro, el maestro es una persona mayor al que le han enseñado a conceder un trato diferente, un trato de respeto. Esta contradicción puede llevar al niño a retraerse en sí mismo, como hemos observado a veces, o a descontrolarse, aunque lo más normal suele ser que los niños resuelvan el conflicto adaptándose a ambos sistemas o educación.

b) La pertenencia al conjunto

La mayoría de los inmigrantes africanos en Europa han sido educados en el seno de los clanes, es decir que han recibido un tipo de educación de pertenencia a un conjunto e intentan inculcar a sus hijos esa misma concepción.

Es fácil escuchar en Europa cómo los padres reivindican la pertenencia de sus hijos a sus respectivos clanes y etnias. Así, un batanga o un ndowe (tribus del sur de Camerún y Guinea Ecuatorial respectivamente), dirá: Moma o ngona, Bongomu, Bovano, etc... es decir, el hombre o la mujer de Eleba o Bovano. Los padres procuran que los hijos tengan presente esta pertenencia.

c) Los problemas de los hijos

Las familias africanas inculcan a sus hijos que no son del país en donde han nacido, sino que pertenecen a una gran familia de muchos miembros que se encuentran en África; pero en Europa esta enseñanza es más teórica que práctica porque no vivimos como en nuestros poblados, rodeados de los miembros del clan, donde el niño puede comprender y asimilar con facilidad la situación. El problema aparece cuando, de pequeño, el niño va a la escuela; su corta edad le impide distinguir la diferencia racial. Sin embargo, cuando el pequeño alcanza una edad entre los cinco o seis años más o menos, (esta situación se da en países como España, en Francia, puede ser antes), y empieza a percibir las agresiones, a veces inocentes, de sus compañeros blancos (llamarle negro, por ejemplo), que ya le distinguen como “distinto”, él comienza también a notar con más fuerza su diferencia con respecto a los demás. Puede ser en este momento cuando el niño negro empieza a querer encontrar ese clan, tribu o país, donde le vienen incluyendo sus padres. Aunque suele ser a partir de los quince años cuando lo busca con más insistencia.

Desgraciadamente su casa no es ni por asomo el clan o la tribu al que dicen que pertenece. La mayoría de los padres negroafricanos no hablan ni sus lenguas en sus casas. Se comunican con la lengua del país europeo donde se encuentran, o en la lengua oficial del colono en que fueron educados en sus naciones de origen.

Entre tanto no han cesado de hablar del retorno a sus hijos. Muchas veces cuando un niño rechaza o tiene poca apetencia por la comida africana que se hace en casa, se escuchan frases como éstas por parte de sus padres: ¿Te crees blanco o qué?” Y a continuación viene la amenaza: “¡Ya verás cuando volvamos a nuestro país!” Pero esta vuelta nunca se materializa.

A medida que va creciendo, las constantes agresiones de los blancos le van creando una sensación de extranjero; de no ser ni pertenecer a la ciudad o país donde ha nacido o crecido. Esta circunstancia, sumada a la educación de los padres, crea también en él una situación de eterna provisionalidad.

El niño negro vive en Europa en un terrible ambiente de tensión. Él pertenece a una raza que parece maldita y que acumula todos los males. El entorno donde vive sólo refleja aspectos negativos de su raza: los medios de comunicación difunden constantemente noticias e imágenes de miserias y catástrofes de África que es la cuna de la raza negra; las diferentes organizaciones humanitarias europeas, a su vez, llenan los rincones de las ciudades y pueblos de carteles, fotografías y anuncios que vienen a confirmar las desgracias de África y de su raza.

Estas organizaciones utilizan con frecuencia imágenes de los niños negros en un estado lamentable. La intención de estas O.N.Gs. es conseguir sensibilizar a la opinión pública europea para que aporten ayuda a esos niños. Los mensajes que traducen esas imágenes son reales. No se inventa nada. Sólo que, mientras que estas imágenes y sus correspondientes mensajes sensibilizan al máximo a los europeos y consiguen que den donativos, a nuestros hijos, les producen un daño considerable y en algún caso, puede que hasta irreparable, porque les aumentan su complejo de inferioridad. Ya recordamos en otro trabajo, como es frecuente encontrar a un niño negro acompañado de unos amigos blancos, en una ciudad de un país como España, y constatar en seguida que el joven o niño en cuestión baja la cabeza al suelo, o se hace el distraído mirando a otra parte. Lo hace porque la persona que les viene de frente es negra y en ese momento les recuerda a él y a sus amigos lo negativo de su color y la vergüenza que este color arrastra. Es como si, mientras iba con sus compañeros blancos, éstos se hubieran olvidado por unos momentos ese color de piel que le avergüenza tanto.

Con todos estos factores en contra, nuestros hijos carecen de identidad a pesar del empeño de los padres por hacer de ellos hombres y mujeres de sus respectivos clanes y tribus, pero en Europa, este deseo no se consigue. No se identifican como africanos y menos como europeos. La debilidad, la miseria y todos los males endémicos de África les aleja de este continente. El rechazo, el desprecio y la violencia de los europeos contra ellos les alejan de Europa.

La falta de un espacio estable en el suelo les hace flotar en el aire, por eso vuelven sus miradas al otro lado del mar y se identifican con los afroamericanos. Quieren ser de Estados Unidos. Es fácil ver a estos niños en las calles, vestidos igual que la juventud afroamericana imitando su estilo. “Quiero ir vestido de afroamericano...”, nos dijo un adolescente en Barcelona, hijo de dos inmigrantes negroafricanos, cuando le pedimos que se disfrazara de africano, tal y cómo exigía el guión de la obra de teatro que estábamos ensayando. En broma, le dijimos: “si no eres americano”. “Tampoco soy africano”, nos espetó con frialdad y desprecio.

No podemos identificarnos con África” -razona un joven músico mulato en un congreso en París sobre la segunda generación. “Yo toco la música “rap” porque es con la que más me identifico. Estábamos como perdidos, hasta que apareció el “rap”. Enseguida sentimos que esa es nuestra fuerza. Mi padre, que es de Guinea Conakri, me obligaba a vestirme de boubou, porque quería que me pareciera a un africano, pero nunca me llevó a África. No sé nada de ese continente y su música me es también extranjera”. En Mataró (Barcelona), una maestra que impartía clases en una escuela donde los hijos de inmigrantes gambianos aprenden su lengua, el inglés, y otras asignaturas, nos comenta: “Inongo, estoy leyendo un cuento tuyo a los niños, pero ellos dudan que Inongo sea un negro.”

La presión del lugar, donde casi la totalidad de sus mayores son peones de campos y despreciados por los nativos, hace que los pequeños negros duden de que uno de su raza pueda hacer algo diferente como escribir un libro de cuentos.

Son muchos, variados y muy graves, los problemas que arrastran nuestros hijos en el exilio europeo. El espacio de la integración en la marginación, donde nos están encerrando los europeos, hace más dramática la situación. Nuestros hijos necesitan modelos para inspirarse en ellos pero, precisamente en un país como España, donde este espacio es un agujero profundo de donde es prácticamente imposible salir, difícilmente podemos servir de modelos para nuestros hijos.

d) Guetos

Esta situación lógicamente produce angustia a muchos padres y a nuestros hijos una cierta excitación que contribuye, junto con muchos otros factores, al alto índice de fracaso escolar. Nuestros hijos carecen del “muro de contención” que tenemos los progenitores y que, a pesar de los distintos complejos que nos han ido creando las sucesivas derrotas, nos sostiene y evita que nos derrumbemos con facilidad frente a las agresiones que recibimos. Este “muro de contención” es la fuerza que proporciona la cultura recibida en el seno de nuestros respectivos clanes y tribus. Una cultura que empieza con los ritos que nos aplican desde los primeros minutos del nacimiento, pasando por todos los de iniciación de la pubertad, los de la entrada en la juventud, hasta cuando iniciamos la aventura en la tierra del hombre blanco. Esta cultura hace que cada uno de nosotros se sienta como alguien; que se considere de algún lugar en donde se encuentra el conjunto de los suyos y al que él pertenece y ese lugar está en África. Nuestros hijos no sienten esa pertenencia por mucho que se lo inculquemos.

Nosotros, los padres tenemos una cierta identidad que nos ayuda a mantenernos con equilibrio pero no nuestros hijos, nacidos en Europa, cuya identidad es confusa y por lo tanto frágil, no saben quiénes son, ni de dónde son; están desprotegidos de “un muro de contención”, por eso sus caídas son frecuentes y fáciles ante el medio tremendamente
hostil en que viven.

Esta fragilidad, tanto de la identidad como del equilibrio, puede conducir y ya conduce a muchos de ellos a guetos donde los sin identificar se identifican; los ilegales se legalizan; los no afirmados, se autoafirman, y los desconocidos, se conocen.

Los guetos de hijos de inmigrantes africanos ya se dan en algunas ciudades europeas, aunque en países como España, no observamos todavía el fenómeno. No obstante la preocupación es mayor.

e) Los negros de la cultura hispana

La situación de los negros que se encuentran dentro de los ámbitos de la cultura hispana es preocupante. Los españoles y los portugueses han presumido siempre de ser los mejores colonizadores porque se mezclaron con los nativos. Hablan con orgullo del mestizaje de las culturas que se da en sus antiguas colonias, sobre todo en América Latina. Pero la verdad es que esta afirmación es una vil burla hacia la población nativa de los pueblos que colonizaron. Los españoles y los portugueses hicieron muchos hijos mulatos a las jóvenes nativas. Estos hijos, a los que no llamaremos bastardos porque en la mayoría de los pueblos negroafricanos esta denominación no existe, fueron también vilmente despreciados por sus propios padres biológicos a pesar de que llevaban su misma sangre.

La famosa “mezcla”, como es lógico, se llevaba al cabo en pleno anonimato, en ese mismo anonimato los españoles, los portugueses, y sus descendientes en esas colonias tratan a sus negros. Lo peor es que, por la fuerza de la costumbre, los propios negros de esas ex colonias se esconden y han asumido vivir en el anonimato.

Latinoamérica, como todos sabemos, está llena de negros. Pero hay que utilizar la lupa para encontrar a uno sólo en un puesto de relevancia en la vida pública de esos países, si exceptuamos mínimamente a Cuba. Donde sí abundan es en la calle, en los guetos o haciendo los trabajos que no hacen sus compatriotas, los de color más claro.

Este cáncer de la sociedad latinoamericana (que nunca se menciona en España), cuyos efectos y síntomas se dejan ver y sentir en todo momento, no ha preocupado nunca a los españoles. Desde este lado del océano, los políticos, los hombres públicos, los intelectuales, etc. presentan este mestizaje como la mejor conquista conseguida sobre la
mezcla de las razas en la historia de la humanidad. Nadie habla de su falsedad ni, sobre todo, del daño irreversible que ha causado a sus víctimas.

Pero, si es triste y lamentable es la actitud de los blancos, tanto los españoles como los blancos latinoamericanos, sobre sus negros, más triste aún es el comportamiento de los propios negros latinoamericanos que han acabado asumiendo su papel de anónimos y de ciudadanos de tercera o cuarta categoría en unas naciones que les pertenecen como todos los demás.

Muchos de ellos intentan salir del pozo de su anonimato renunciando al apelativo de negro y escondiéndose bajo cualquier otro: moreno, cobrizo, etc. “Descubrí que soy negro cuando llegué en España”, nos confiesa en Barcelona un ilustre antropólogo dominicano, profesor en una Universidad norteamericana. Y lo descubrió porque un contratiempo impidió que la persona que debía ir a esperarle al aeropuerto de Zaragoza, lo hiciera y encargó la misión a otra persona que le preguntó cómo conocería al viajero, el otro le dijo: “muy fácil, es negro”.

Después de conocer esta anécdota se fue a Estados Unidos, y allí el orgullo que los afroamericanos tenían de su raza, reconfirmó su negritud. El antropólogo volvió a su país para que le pusieran en su pasaporte: color de piel, negro. “La funcionaria se rió de mí”, contó nuestro interlocutor. "¿Cómo quiere usted que una persona como usted, todo un profesor de universidad, sea negro?," dice que se ofendió la funcionaria. Su pasaporte se quedó como estaba.

En Brasil los negros no quieren casarse con las negras”, nos informa también en Barcelona una negra brasileña. Borrar el color negro de los descendientes parece ser la consigna, y la solución. “Me llaman negro, no soy negro... Si por lo menos me llamaran café con leche”, dijo un día públicamente un famoso jugador de fútbol del Real Madrid, quejándose del trato racista que le dispensaban los aficionados de Barcelona.

Latinoamérica se encuentra lejos de nosotros, pero no por ello deja de preocuparnos ese problema. Si hemos mencionado el drama de sus negros en este trabajo es porque desde España observamos indicios de esta cultura que nos puede conducir a la misma situación en un futuro no muy lejano. Los españoles también ocultan a sus negros. Esta realidad lógicamente nos preocupa a los negros africanos de España. La educación en la cultura de la caridad y la integración en la marginalidad que ya mencionamos, hacen que temamos que nuestros descendientes terminen también por odiar y renegar de su color de piel, como pasa en América Latina. El exceso de piedad y de la caridad cristiana, que disimula un gran desprecio hacia el diferente, acaban haciendo creer al individuo que verdaderamente es un ser inferior que sólo puede y debe vivir de la piedad y la caridad. Esta claudicación lleva fácilmente al individuo a esconderse de sí mismo.

f) El triunfo de nuestros hijos

A pesar de todo, hemos de reconocer también el triunfo escolar de algunos de nuestros jóvenes, muchos de los cuales acaban brillantemente sus estudios universitarios y medios. Aunque este triunfo no les exime de un cierto vacío interior cuando su ambición por mejorar su posición social y profesional, es abortada por la discriminación.

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NOTA: Este texto pertenece al ensayo escrito por Inongo vi-Makomé titulado La emigración negroafricana: tragedia y esperanza (Ediciones Carena). Queremos agradecer al director de Edciones Carena, José Membrive, su gentileza por facilitar la publicación de dicho texto en Ojos de Papel.