Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano

Carlos Malamud es profesor Titular de Historia de América Latina de la UNED e investigador principal del Real Instituto Elcano



Evo Morales

Evo Morales

Álvaro García Linera

Álvaro García Linera

Lucio Gutiérrez

Lucio Gutiérrez

Cristóbal Colón

Cristóbal Colón


Análisis/Política y sociedad latinoamericana
Indigenismo y pueblos originarios
Por Carlos Malamud, sábado, 31 de diciembre de 2005
La contundente victoria de Evo Morales, esperada pero no así su magnitud (53,7% de los votos), ha servido para que Bolivia, el más pobre de los países de América del Sur (960 dólares de renta per capita) ocupe durante algunos días el centro informativo. Y junto a Bolivia y Morales el problema indígena. Eran muchos los periódicos que tras su elección hablaban del “presidente indio” y también eran constantes las alusiones a los “pueblos originarios”, el término políticamente correcto que se utiliza para hablar de los indígenas en América Latina. Sin embargo, más allá de su mayor o menor corrección, lo cierto es que no se trata ni de un término neutro ni inocente.
Muchas de las declaraciones públicas de los líderes masistas (del MAS, Movimiento al Socialismo), después de su contundente victoria, insisten en hablar de los 500 años de coloniaje y de los 200 de opresión, aludiendo tanto a la dominación española como a la criolla, y, sobre todo, de los pueblos originarios. Álvaro García Linera, el vicepresidente electo, gusta hablar de los derechos de los pueblos originarios (que en algunas acepciones también se presentan como dueños originarios).

La realidad de América Latina está marcada en numerosos países por una presencia destacada de población de origen indígena. Más allá de las dificultades en definir qué es un indígena y quiénes lo son, lo cierto es que Bolivia, Perú y Ecuador en América del Sur y Guatemala y México en América Central y del Norte tienen porcentajes importantes de población indígena. Durante mucho tiempo los indígenas se confundieron con los campesinos e inclusive en nuestros días resulta difícil establecer la línea divisoria entre unos y otros. Los indígenas, no casualmente, también representan la proporción mayoritaria de los sectores más pobres de las poblaciones nacionales y su situación se ve agravada por su escasa integración social y política en la vida de sus países.
Desde el siglo XIX, desde el nacimiento de las nuevas repúblicas latinoamericanas, de una u otra manera los indígenas han participado de la vida política de sus países

La situación de los indígenas, y de los movimientos indigenistas, no es la misma en toda la región. Hay países, como Colombia, que reconocen en sus Constituciones los derechos de los indígenas o que, inclusive, les reservan algunos escaños en el Parlamento. Lo más evidente es que el grado de organización de los indígenas varía de país a país. En Ecuador, las organizaciones indígenas, comenzando por la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador), han formado parte del gobierno nacional (bajo la presidencia de Lucio Gutiérrez hubo ministros indígenas vinculados a dicha organización) y controlan numerosas instancias locales. El polo opuesto en la región andina lo vemos en Perú, cuyos movimientos indígenas son mucho más incipientes. Inclusive fracasaron algunos intentos de replicar organizaciones aymaras en su territorio nacional a imagen y semejanza de lo que ocurría en Bolivia.

Se insiste en la carencia casi absoluta de derechos políticos para los indígenas, algo que es a todas luces una exageración. Desde el siglo XIX, desde el nacimiento de las nuevas repúblicas latinoamericanas, de una u otra manera los indígenas han participado de la vida política de sus países. Por lo general podían votar, aunque con el tiempo se introdujeron algunas reformas para recortar sus derechos, como ocurrió en Perú a fines del siglo XIX que se prohibió el voto a los analfabetos (antes sí votaban), que mayoritariamente eran indígenas. Pero siempre quedaba el recurso al fraude, ya que como ocurría en Bolivia muchos indígenas terminaban votando aunque legalmente estaban incapacitados para hacerlo. Por eso sería importante escribir la historia de la participación indígena en la política latinoamericana, partiendo de la base de que se trataba de personas con intereses claros y con muchas herramientas para poder defenderlos. Los indígenas no eran, como nos pinta aquella historia que quiere ser más fiel a sus intereses, menores de edad u objetos manipulables en manos de la oligarquía.
No es verdad que con Colón llegaran todos los males a un territorio que hasta entonces sólo conocía la felicidad

Más allá de la innegable justicia de muchas de las reivindicaciones existentes en la agenda de las organizaciones indígenas, lo cierto es que existe una gran manipulación en torno a la cuestión. Por un lado se pretende jugar con la culpa del colonialismo europeo para que la ayuda oficial al desarrollo (AOD) occidental engrose las cuentas de numerosas ONG. Por el otro, como ocurrió en la Francia de Miterrand, se quiere dotar a través del reconocimiento de los derechos indígenas de un matiz progresista al discurso político oficial.

En esta línea de desmesura encontramos el concepto de pueblos originarios, un concepto que poco se condice con la realidad histórica, pero que se encamina al reclamo de derechos de propiedad sobre tierras y recursos naturales. Es verdad que a la llegada de los europeos los indígenas eran dueños y señores del continente y que fueron usurpados de sus derechos por los invasores. Pero lo que no es cierto es que las tierras controladas por los distintos imperios, reinos y tribus fuera una Arcadia de armonía y felicidad. Guerras, conquistas, explotación de clase y explotación nacional formaban parte de la cotidianeidad americana preeuropea. No es verdad que con Colón llegaran todos los males a un territorio que hasta entonces sólo conocía la felicidad.
¿Quiénes son, entonces, los originarios y qué es lo que esconde esta definición?

En lo que hoy es el continente americano, al igual que ocurría en el resto del mundo, las sociedades humanas luchaban unas contra otras por imponer su control sobre el medio hostil en que intentaban establecerse. Eran frecuentes, por tanto, las expulsiones de unos grupos por otros así como las migraciones masivas cuando los recursos naturales, siempre escasos, se agotaban. El sedentarismo llegó mucho más tarde y para entonces los pueblos originarios habían sido expulsados por otros pueblos que devendrían más tarde en pueblos originarios y así en varias oportunidades. ¿Quiénes son, entonces, los originarios y qué es lo que esconde esta definición?

Mientras los países latinoamericanos no integren de un modo eficaz a los pueblos indígenas en sus sociedades y en sus sistemas políticos el futuro será complicado. En este punto la responsabilidad de las elites nacionales es importante y su inhibición de larga data frente al problema es causa de males mayores. Su rapacidad les ha impedido entender la verdadera naturaleza del problema y divisar el volcán sobre el que estaban sentados. Pero, al mismo tiempo, la retórica que rodea algunas de las reivindicaciones indigenistas, asimilada al discurso antiglobalización y antiimperialista, con bastantes toques de lo que en Argentina se ha denominado el setentismo, hace temer por el porvenir, por que se pierda el norte y que en vez de atacar las verdaderas causas del atraso y la marginación, el combate se entable contra molinos de viento, y que los recursos y las energías se dilapiden rápidamente, conduciendo una vez más a la frustración a las masas indígenas de esos países. En este sentido la diferencia entre los políticos tradicionales y los originarios sería prácticamente inexistente.