AUTOR
Héctor Feliciano

    GÉNERO
Historia

    TÍTULO
El museo desaparecido. La conspiración nazi para robar las obras maestras del arte mundial

    OTROS DATOS
Reseña de Rogelio López Blanco.
Madrid, 2004. 391 páginas. 23 €


    EDITORIAL
Destino



Héctor Feliciano

Héctor Feliciano


Reseñas de libros/No ficción
La usurpación nazi del arte europeo
Por Rogelio López Blanco, martes, 4 de enero de 2005
Actualizando en esta versión española las investigaciones que vertió en las ediciones en francés e inglés desde 1996, el periodista puertorriqueño Héctor Feliciano completa el análisis de un episodio relevante de la etapa de dominio nazi de Europa cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días: el saqueo sistemático del patrimonio artístico francés compuesto por cuadros, dibujos, libros, vajillas, mobiliario y muchas otras piezas de valor incalculable. En este volumen aparece el quién es quién de la rapiña, los métodos y los beneficiados, pasados y, para general asombro, presentes.
Es preciso aclarar que el centro de la indagación no es el clásico pillaje que, producto de un impulso individual e improvisado, oficiales y soldados llevan a cabo a lo largo de cualquier confrontación bélica, sino la trama de un despojo urdido metódicamente que pretendía satisfacer tanto el revanchismo histórico alemán –desde Versalles a las confiscaciones efectuadas por los ejércitos napoleónicos—como los gustos artísticos de la jerarquía nazi. Este capítulo es fundamental para la concepción de la trama que cometió el expolio: particularmente las inclinaciones y proyectos artísticos del Führer, Goering y otros barandas del Tercer Reich son capitales para explicar la profundidad, el rigor y la dedicación de tan amplios recursos y personal especializado al expolio, aun en los momentos difíciles de la guerra, cuando las apremiantes necesidades exigían concentrarse en el esfuerzo militar.

El autor centra sus pesquisas en el núcleo objeto de la rapiña, las grandes colecciones de los principales marchantes y coleccionistas de origen judío como la rama francesa de los Rothschild, la colección Schloss, el conjunto del mecenas David David-Weill y los repertorios de los comerciantes Paul Rosenberg y los hermanos Berheim-Jeune, además de otros casos puntuales. Las preferencias de los jerarcas nazis por lo que consideraban admirable, los maestros germánicos, holandeses y flamencos, junto a los autores franceses más clásicos, propició la dispersión de estas grandes colecciones cuando los cuadros considerados pertenecientes al despreciado “arte degenerado” fueron empleados como medio de trueque por las piezas más apreciadas. Debido al tipo de cambio de moneda impuesto en las condiciones del armisticio, los alemanes señorearon un mercado enorme junto con los suizos, que supieron aprovechar las condiciones de neutralidad para obtener pingües beneficios. Las secuelas de esa diseminación continúan: en Francia quedan por recuperar 40.000 obras.
Frente a la constatación del coraje de los conservadores de los museos que trataron de proteger la integridad de los conjuntos artísticos, también se comprueba la importante colaboración de muchos franceses en el despojo. Frente a la imagen humanitaria de país neutral de acogida de los perseguidos, se alza la verdadera dimensión de una Suiza que explota las ventajas de la contienda y ampara legalmente a los ciudadanos que se lucran y benefician con los robos de arte, como ya se había demostrado con los repugnantes casos de las cuentas y el oro de ciudadanos judíos

Todo este mercadeo propició una dispersión cuyos ecos llegan hasta hoy día. El principal objetivo del trabajo de Feliciano, desvelar la gigantesca trama de la usurpación nazi, su extensión y consecuencias, tiene el valor añadido de haber resucitado un pasado que está lejos de ser debidamente reconocido y evaluado. Frente a la constatación del coraje de los conservadores de los museos que trataron de proteger la integridad de los conjuntos artísticos, también se comprueba la importante colaboración de muchos franceses en el despojo. Frente a la imagen humanitaria de país neutral de acogida de los perseguidos, se alza la verdadera dimensión de una Suiza que explota las ventajas de la contienda y ampara legalmente a los ciudadanos que se lucran y benefician con los robos de arte, como ya se había demostrado con los repugnantes casos de las cuentas y el oro de ciudadanos judíos. Queda apuntada la importancia que tuvo en la pérdida del paradero de objetos artísticos en la cuestión del botín de guerra que el Ejército Rojo acarreó hasta la antigua URSS. Por último, está el asunto todavía candente de los fondos de los museos franceses que a causa de una desidia moralmente inaceptable y culposa de los conservadores no han sido restituidos a sus propietarios originales o descendientes. Es aquí donde emerge con más fuerza un pasado de colaboracionismo y auxilio del invasor alemán al que se quiere pasar página de forma vergonzante.

El libro de Héctor Feliciano, fruto de muchos años de trabajo, cubre un vacío histórico, revela la persistencia de un drama oculto y pone de manifiesto una de las múltiples vertientes de aquella hecatombe que supuso la Segunda Guerra Mundial. Resulta imprescindible para los amantes de la verdad y del arte, sobre todo para aquellos a los que les repugne que no vayan unidos en un asunto de tanto significado.