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    AUTOR
Rick Atkinson

    GÉNERO
Historia

    TÍTULO
Un ejército al amanecer

    OTROS DATOS
Traducción de Marcelo Covián Fasce. Barcelona, 2004. 703 páginas. 29 €

    EDITORIAL
Crítica



Dwight. D. Eisenhower

Dwight. D. Eisenhower

Desembarco en Fedala, Marruecos (8-11-1942)

Desembarco en Fedala, Marruecos (8-11-1942)

El puerto de Orán seis meses después de haber sido tomado por los Aliados

El puerto de Orán seis meses después de haber sido tomado por los Aliados

Rueda de prensa al final de la Conferencia de Casablanca (24-1-1943)

Rueda de prensa al final de la Conferencia de Casablanca (24-1-1943)


Reseñas de libros/No ficción
La campaña del Norte de Africa (1942-1943)
Por Rogelio López Blanco, martes, 6 de julio de 2004
El periodista norteamericano Rick Atkinson, en un trabajo que mereció el premio Pulitzer de historia de 2003, ofrece una reconstrucción de un episodio fundamental de la Segunda Guerra Mundial, la campaña en el norte de África entre 1942 y 1943, momento en el que irrumpieron decisivamente las tropas norteamericanas frente al fascismo. La operación Antorcha supuso el inicio de un ensayo inédita para los Aliados, en particular para los Estados Unidos, tanto respecto a la experiencia militar y política como en cuanto a la coordinación de esfuerzos.
Así pues, fue una campaña determinante por diversas factores, siendo el más importante el que desde su culminación la ventaja estratégica en la guerra pasó a manos de los Aliados. Juntamente con la toma de Sicilia, en el verano de 1943, el Mediterráneo se convirtió en un mar controlado por los angloamericanos y un espacio desde el que golpear, en palabras de Winston Churchill, el “vientre bando” de los dominios del Eje en Europa: a partir de ahí se podía apuntar a Francia, Italia y Grecia, es decir, el flanco sur de Europa.

El otro elemento fundamental es que la elección del escenario norteafricano, gracias a la insistencia británica, impidió el gravísimo error de intentar un desembarco prematuro al otro lado del Canal de la Mancha, catástrofe militar que de este modo pudo ser evitada. Una tradición militar caracterizada por su acometividad animaba a los Estados Unidos a ir directamente a por el corazón de Alemania, cruzando por el paso de Calais, lo que se combinaba con la insistencia de Stalin, que apremiaba con la patente necesidad de abrir otro frente para aliviar el empuje alemán sobre su país. Frente a la convergencia de ambas circunstancias, Wiston Churchill supo hacerles frente con habilidad y diplomacia, convenciendo al Alto Mando norteamericano, por medio de estudios y un debate franco, de la inviabilidad de un desembarco para el verano de 1943 por falta de capacidad de intendencia y logística (ni siquiera había suficientes lanchas de desembarco construidas, ni todavía capacidad productiva para subsanar esta carencia). Churchill demostró fehacientemente que los Aliados no estaban preparados para una operación de esa magnitud. Faltaban muchos componentes para la que la maquinaria bélica estuviera suficientemente preparada para tamaña empresa. Sobre esa maduración da cuenta Atkinson en su libro, reflejando con rigor y viveza las tribulaciones que sufrieron los aliados para imponerse en el Africa magrebí a las fuerzas alemanas e italianas.

La ejecución de Antorcha, el desembarco simultáneo en Marruecos, Argel y Orán, una operación anfibia de gran envergadura, se saldó, con los consabidos contratiempos, en parte debido a errores propios, en parte a la resistencia de los franceses fieles a Vichy

El caso es que los norteamericanos querían intervenir ya, la opinión pública acuciaba a unos líderes políticos y militares de por sí muy motivados para volcarse en el esfuerzo bélico tras el golpe de Pearl Habour, y esto facilitó los designios imperiales británicos que pretendían, a partir del control del Mediterráneo, enlazar por el Canal de Suez con sus dominios en Asia y Oceanía, además de suponer un enorme ahorro de barcos (se calcula que se evitaría el hundimiento de unos 200 por efecto de los ataques submarinos), tiempo y combustible.

La ejecución de Antorcha, el desembarco simultáneo en Marruecos, Argel y Orán, una operación anfibia de gran envergadura, se saldó, con los consabidos contratiempos, en parte debido a errores propios, en parte a la resistencia de los franceses fieles a Vichy, con un notable éxito. Contra lo que se ha venido creyendo entre la opinión no advertida sobre lo que ocurrió realmente, debido al imaginario construido sobre un supuesto fervoroso deseo francés de ayudar a los Aliados a la menor oportunidad, la oposición de las tropas y la marina gala fue muy significativa. Entre el día del desembarco, 8 de mayo, y el 12, causaron cientos de bajas a los invasores hasta que se vieron forzados a claudicar. Sólo algunos oficiales y porciones reducidas de soldados ayudaron o se mantuvieron al margen. Es ilustrativo el dato de que, mientras los aliados vieron caer a numerosos hombres, los alemanes no tuvieron ninguna baja a consecuencia de las iniciativas francesas.

Durante el transcurso de las operaciones destinadas a ocupar por entero el norte de Africa, desde el 15 de enero de 1943 se celebró la Conferencia de Casablanca, acto que reunió los líderes de las dos potencias, Roosevelt y Churchill. El anecdotario sobre el encuentro que proporciona el autor es muy rico y significativo, desde las distintas posiciones de ambos países, a la caracterización de los mandos y discrepancias sobre cómo seguir acometiendo unas operaciones que no iban desarrollándose como se había planificado. La operación Antorcha había sido u éxito, pero ya no ocurrió lo mismo con el intento de tomar Tunicia. Aquí los reveses de los aliados fueron considerables, lo que el autor muestra con detalle dando cuenta de las penalidades por las que pasaron los norteamericanos y que pusieron al mando militar supremo, Eisenhower, en una situación verdaderamente apurada.

Para Atkinson, Casablanca, como la campaña africana en su conjunto, marcó la llegada a la mayoría de edad de los norteamericanos, concluyendo algo exageradamente que fue “una bisagra sobre la que giraría la historia mundial en el siguiente medio siglo”. Antes habría que esperar a Normandía.

En Casablanca no sólo se trató del curso de la guerra en Africa, realmente el asunto capital fue la estrategia bélica global. Los compromisos alcanzados suponían priorizar la guerra contra Alemania, la consagración de la estrategia mediterránea y la confirmación del empeño de los Estados Unidos de castigar al Japón. La Conferencia puso otra vez de relieve la experiencia y la capacidad de maniobra de los británicos que impusieron sus criterios a los norteamericanos. Roosevelt era consciente de esto, pero, con perspicacia, lo consideraba una situación temporal ante el inevitable predominio final de su nación. En la rueda de prensa que ponía término a la reunión, el 24 enero, el presidente proclamó solemnemente que la única vía para concluir la guerra era la rendición incondicional de Alemania. Parecía que ese acto irreflexivo, había sorprendido a todos, aunque no a Churchill, era contraproducente pues espolearía la determinación alemana de resistir hasta el final. Pero Roosevelt quería evitar otro fracaso como el de 1918 y además conseguía otros objetivos. Atenuaba el recelo de una paz por separado en el sempiternamente desconfiado Stalin, comprometía a Gran Bretana en la aniquilación del Japón, y, sobre todo, proporcionaba un designio moral.

Pero el problema que no se resolvía era crucial, como apunta Atkinson, pues se carecía de una visión panorámica de la guerra tanto por parte británica como norteamericana. Mientras no se desembarcara al otro lado del Canal, operación fijada para el verano de 1944, los Aliados sólo podía aguijonear la periferia del Eje, con el riesgo añadido de empantanarse en Italia, quedando pendientes, por tanto, de las iniciativas de la URSS. En esto coincidían los deseos de Hitler, para quien el escenario norteafricano era de rango menor.

Entretanto se desarrollaban las operaciones militares con resultados iniciales muy desalentadores para el mando Aliado. El terreno abrupto facilitaba la defensa y a ello se unía la falta de experiencia de combate de la tropa, su pésima actitud bélica, la limitada capacidad de coordinación y los recelos entre mandos británicos y norteamericanos. Todo esto se conjuntó para que se sucedieran errores y estropicios militares de cierta consideración. Aquello no era el “paseo” que se habían prometido tras el fulgurante desembarco inicial. Ante la inoperancia militar Aliada para concentrar rápidamente fuerzas de combate y prolongar la acometida inicial que había supuesto el desembarco, a los alemanes les había dado tiempo a reforzarse en Tunicia mientras esperaban la llegada del Afrika Korps de Rommel, que venía hacia el oeste acosado por el VIII Ejército de Montgomery tras la derrota de El Alamein.

El enfrentamiento resultó muy duro, lleno de reveses y bajas abundantes, pero fue útil como banco de pruebas para formar un ejército experimentado y capaz. Cuando los americanos llegaron a las playas argelinas y marroquíes no odiaban al enemigo ni estaban empeñados en su destrucción, sencillamente no sabían combatir, tardaron en asumir que estaban implicados en una lucha a muerte por tiempo indefinido y carecían de las ataduras morales que unían al grupo, un ingrediente decisivo en el combate (no fallar a los compañeros). Entre finales de marzo y abril de 1943 se produjo el cambio, la experiencia de combate, los reveses, las bajas incidieron en la agudización de la agresividad de las tropas. Finalmente, Túnez calló el 10 de mayo de 1943. La campaña del norte de Africa había terminado. Suponía la quinta victoria relevante de los enemigos del Eje tras Midway, El Alamein, Guadalcanal y Stalingrado.

Atkinson refleja con detalle los errores aliados, pero también se aprecia en el texto cómo van emergiendo las aptitudes que harán de los Estados Unidos la fuerza decisiva. Así la capacidad para descifrar los códigos del enemigo resultó, como a todo lo largo de la guerra, fundamental, lo mismo que la de explotar la debilidad alemana para el avituallamiento y para combinar fuerzas y coordinar los mandos. En este sentido, Eisenhower se percató de que la unidad aliada exigía una atención diplomática extremada. En definitiva, para el autor, Casablanca, como la campaña africana en su conjunto, marcó la llegada a la mayoría de edad de los norteamericanos, concluyendo algo exageradamente que fue “una bisagra sobre la que giraría la historia mundial en el siguiente medio siglo”. Antes habría que esperar a Normandía.

Pero Atkinson no sólo se detiene en las operaciones militares y las pinceladas bélicas, junto al análisis de las estrategias no olvida describir cómo se vivía en la retaguardia, ni otros detalles importantes como el fenómeno de las bajas siquiátricas, la violencia contra los árabes, la represión francesa, etc. El resultado es un libro ameno, muy bien documentado, con una magnífica descripción del ambiente bélico y de las figuras militares más importantes.