Tribuna/Tribuna libre
El fin del servicio militar
Por Bernabé Sarabia, sábado, 21 de julio de 2001
El servicio militar obligatorio acaba de desaparecer en España sin pena ni gloria. En España, como en gran parte de los países europeos, no hubo un verdadero ejército nacional hasta entrado el siglo XIX. El modelo de ejército mercenario que sirve por dinero va a suponer un nuevo sistema de organización social.
El servicio militar obligatorio acaba de desaparecer en España sin pena ni gloria. Nadie ha levantado la voz ni a favor ni en contra. Lo que comenzó cuando los ejércitos y flotas de las naciones europeas de los siglos XVII y XVIII, dieron a escoger criminales condenados por la justicia entre servir al rey o ir a prisión, alcanzó su máxima expresión en la perfección bélica de los ejércitos que combatieron en la Segunda Guerra Mundial.

En España, como en gran parte de los países europeos, no hubo un verdadero ejército nacional hasta entrado el siglo XIX. Dicho ejército, encuadrado por oficiales profesionales, tuvo su vértice en el modelo prusiano. Carl von Clausewitz fue capaz en torno a 1860 de poner en marcha un conjunto de innovaciones técnicas y de reflexiones teóricas que acabaron desembocando en el uso organizado del fusil, de la ametralladora y de las grandes masas de soldados. Junto a ello, percibió la importancia estratégica del transporte y de las comunicaciones. La guerra franco-alemana de 1870-1871 demostró la superioridad militar prusiana y España, entre otros países, decidió imitar el modelo prusiano. A partir de 1870 los estados de la Europa imperial y Japón introdujeron la conscripción obligatoria, y el concepto de “nación en armas” tomó la forma que ahora acaba de morir en silencio.


En la España pobre de la posguerra el servicio militar fue tan casposo como el conjunto social en el que operaba. La mili suponía someter a una rigurosa disciplina a unos jóvenes que carecían de motivación y de interés


La carrera armamentística desarrollada entre 1870 y 1914, principalmente entre los ejércitos alemán y francés y entre las armadas británica y alemana, contribuyó sin duda al comienzo de la Primera Guerra Mundial. Con la segunda gran guerra, el poder aéreo y el del armamento blindado adquirieron la gigantesca relevancia que tienen en la actualidad.

Las relaciones entre los militares y el resto de la sociedad nunca han sido fáciles. El carácter aristocratizante de buena parte de la oficialidad, y el gesto con frecuencia altivo de sus esposas, han levantado a lo largo del tiempo barreras a su alrededor. El monopolio del uso de la violencia, compartido en cierto modo con la policía, ha dado a los militares un grado de poder político difícil de justificar. En España, la intervención militar en la política ha sido una desdichada constante hasta fechas muy recientes.

En ocasiones, al igual que el seminario, la mili sirvió para que los españolitos de la pobreza soltaran el pelo de la dehesa. Aunque ahora cueste reconocerlo, el paso por el ejército fue un factor positivo de socialización

En la España pobre de la posguerra el servicio militar fue tan casposo como el conjunto social en el que operaba. La mili suponía someter a una rigurosa disciplina a unos jóvenes que carecían de motivación y de interés. Para convertir en tropa útil a un grupo disperso y heterogéneo de jóvenes, la máquina militar debía organizar una comunidad masculina que además de separar a los muchachos de sus familias y de sus novias, los sometía a un rigor no exento de brutalidad.

En ocasiones, al igual que el seminario, la mili sirvió para que los españolitos de la pobreza soltaran el pelo de la dehesa. Aunque ahora cueste reconocerlo, el paso por el ejército fue un factor positivo de socialización.

En los años sesenta, la pasión antifranquista y su creencia en Marx y en Mao, hizo que durante años se creyera posible, por parte de la juventud antisistema, derrocar al Estado franquista a través de una insurgencia armada cuyo apoyo debía estar en quienes hacían y habían hecho el servicio militar.

En las dos últimas décadas el sistema de conscripción ha entrado en crisis en muchos países occidentales. Por un lado, la maquinaria de guerra se ha hecho tan compleja que necesita soldados profesionales. Y, por otro, la resistencia a un servicio militar generalizado ha ido en aumento


Fueron años en los que el ejemplo primero de Mao Tse Tung y después de Fidel Castro y Che Guevara hizo creer a muchos jóvenes que saber montar y engrasar una ametralladora constituía un conocimiento útil para un futuro e inevitable levantamiento en armas.

En las dos últimas décadas el sistema de conscripción ha entrado en crisis en muchos países occidentales. Por un lado, la maquinaria de guerra se ha hecho tan compleja que necesita soldados profesionales. Y, por otro, la resistencia a un servicio militar generalizado ha ido en aumento, en parte debido a un antimilitarismo creciente y, en parte también, debido al declive de la conciencia nacional de muchos países.

El modelo de ejército mercenario que sirve por dinero va a suponer un sistema de organización social distinto del que ha funcionado hasta ahora. Se acabó el ejército revolucionario, el entusiasmo por una causa y la estricta disciplina del viejo ejército. Volvemos en España a un sistema utilizado ya en Egipto, Mesopotamia, Cartago, el Imperio Romano y la Legión Extranjera Francesa. Tal vez esta vuelta al pasado sea mejor o incluso, quizá, inevitable, pero lo cierto es que para empezar nos va a costar bastante cara. ¿Será mejor un futuro ejército profesional cosido a base de inmigrantes?