Opinión/Revista de Prensa
Conmemoración de la Segunda República Española
Por ojosdepapel, sábado, 21 de abril de 2001
Repaso a la prensa española en torno a la efeméride del 70 aniversario de la proclamación de la Segunda República, un evento que contó con poca atención pública.
Hay que empezar constatando la escasa atención que los diarios más importantes de la prensa nacional han prestado al 70 aniversario de la proclamación de la Segunda República. Que sepamos en la redacción de ojosdepapel, El Mundo no dedicó ni una línea al recuerdo del régimen liquidado en 1939, un silencio estruendoso que quizá tenga que ver con las servidumbres que comporta haberse convertido en un diario adicto al Gobierno, en abierta contradicción con otro diario que también exhibe una fidelidad perruna, como La Razón que, haciendo gala de una posición opuesta a todo sectarismo, es el que incluye más artículos de lo partidarios del régimen republicano, alguno de ellos tan furibundo como el del juez Joaquín Navarro (19-4-2001).

Entre los pocos que han abordado el aniversario, cerca de las dos decenas, algunos denuncian el cerco de silencio que ha rodeado en la prensa española el aniversario de este episodio histórico. Para Antonio Elorza “el olvido de la República resulta excesivo”, algo a lo que se suman Carlos Paris y Josep Pernau, quien, quizá algo exageradamente, se malicia una consigna aznariana de silencio sobre la efeméride, englobada en el deseo de que “no mirar atrás se cumpla al pie de la letra” (El País, 13-4-001; La Razón; 16-4-2001; El Periódico, 17-4-2001).

Los hay que celebran la Niña de forma retórica, Enrique Curiel, o más lírica y tiernamente escéptica, Manuel Vicent (La Razón, 15-4-2001; El País, 15-4-2001) Otros lo hacen en forma de compromiso en positivo, haciendo gala de un elegante, por poco agresivo, republicanismo, tal es el caso de Leopoldo Alas o Rafael Borrás (Diario16, 15-4-2001; La Razón, 13-4-2001). En un tercer sector que agruapa a los pro-republicanos se encuentran los más beligerantes: Carlos Paris y el inefable juez Navarro. Ambos aprovechan la ocasión para saldar cuentas con el actual sistema político, cuyo nacimiento, la denominada Transición, consideran ilegítimo por ser corrupto y producto de una merienda oligárquica, siendo ambos firmes partidarios del “tratadista” republicano, o más bien esforzado develador de los apaños del período de la transición, García-Trevijano, cuya tarea nunca ha sido reconocida como él y sus partidarios creen que merece (La Razón, 16 y 19-4-2001)
En medio de este casi calmado piélago, solo agitado por los chapoteos de Navarro, irrumpe Federico Jiménez Losantos y se arma la gresca. Con su proverbial incapacidad para el matiz y ese desgarro tan noventayochista, este hiperbólico y feroz polemista se lanza a degüello, como era previsible, contra la Segunda República, sus hombres y sus historiadores

Excepto estos dos últimos, por lo ya mencionado, y algún otro que sencillamente no se pronuncia, la mayoría coincide con el expresidente del Tribunal Constitucional, Miguel Rodríguez-Piñero cuando establece un balance histórico muy positivo a partir de la proyección del régimen republicano sobre la actual monarquía parlamentaria, consistente en la asunción por ésta de los valores fundamentales y del espíritu de la Segunda República (El País, 13-4-2001; Leopoldo Alas, Diario16, 15-4-2001; Enrique Curiel, La Razón, 15-4-2001; Josep Pernau, El Periódico, 17-4-2001)

En medio de este casi calmado piélago, solo agitado por los chapoteos de Navarro, irrumpe Federico Jiménez Losantos y se arma la gresca. Con su proverbial incapacidad para el matiz y ese desgarro tan noventayochista, este hiperbólico y feroz polemista se lanza a degüello, como era previsible, contra la Segunda República, sus hombres y sus historiadores: 1) El régimen republicano estuvo condenado a muerte por la clase política que lo trajo y monopolizó; 2) La República no llegó por votación popular, pues ganaron los monárquicos, sino por deserción del Rey; 3) Los republicanos estaban dispuestos a cargarse la República, lo intentaron en 1934 y lo consiguieron en 1936; 4) La historiografía, es decir, Elorza, Tusell y Juliá, “es manipuladora hasta la náusea” (...) los tres “encubren, distorsionan y falsifican” (NB: los viejos del lugar deben recordar a los más jóvenes cómo Juliá pilló en falta a Losantos, chico malo, copiando páginas enteras de Azaña para uno de sus libros, por cuestiones intertextuales, sin duda); 5) No se sabe a qué valores se refiere Piñero, pues los únicos que tenían la mayoría de los republicanos encajan con los del totalitarismo, mientras que los de la izquierda “burguesa” se resumen en el anticlericalismo y el sectarismo progresista que se tradujo en persecución de la prensa católica, de la libertad religiosa, etcétera; 6) La Guerra Civil fue concienzudamente preparada por la izquierda (Estrella Digital, 15-4-2001)
No hay duda que los temores de Antonio Elorza se cumplen a la letra con estos dos comentaristas, pues adoptan, íntegramente en el caso de Losantos, la visión que dio el franquismo de la República, la de que instauró el caos, el desorden y preparó la victoria del comunismo, es decir, que fue el mero prólogo de la Guerra Civil, lo cual, en definitiva, viene a legitimar el golpe de estado, la guerra y las matanzas y purgas posteriores

En esta apoteósica labor de desmantelamiento de los mitos republicanos, Pío Moa, que actúa a la vez que Losantos y que ha escrito un par de libros sobre la República y su advenimiento en el que éste probablemente se inspira, considera que la prensa de estos días ha falseado la historia (Estrella Digital, 16-4-2001). Algunas de sus afirmaciones tampoco tienen desperdicio, si bien no llegan al grado de arrebato de Losantos. Que el lector juzgue si son justas sus acusaciones de falsificación a los demás: 1) La dictadura de Primo no provino tanto de Alfonso XIII como del torpedeamiento de la legalidad constitucional por socialistas, republicanos y anarquistas, destacando “la demagogia desbocada del PSOE en relación con Annual” (NB: será que los 20.000 muertos en pocos días lo fueron por insolación); 2) La insurrección de 1934 fue el comienzo de la Guerra Civil (NB: el golpe monárquico de Sanjurjo en 1932 ni se menciona) (ABC, 12-4-2001).

No hay duda que los temores de Antonio Elorza se cumplen a la letra con estos dos comentaristas, pues adoptan, íntegramente en el caso de Losantos, la visión que dio el franquismo de la República, la de que instauró el caos, el desorden y preparó la victoria del comunismo, es decir, que fue el mero prólogo de la Guerra Civil, lo cual, en definitiva, viene a legitimar el golpe de estado, la guerra y las matanzas y purgas posteriores.

Quizá la valoración más ajustada a lo que es la actual historiografía española que camina por las sendas de la profesionalidad, el rigor científico y el desapasionamiento la proporciona Javier Tusell, quien enmarca el advenimiento de la República en el proceso de modernización política y social inaugurado a principios de siglo por los intelectuales regeneracionistas. El nuevo régimen implicó un cambio esencial en la vida pública pues supuso la implantación de una verdadera democracia, con voto libre, partidos de masas y movilización política; también constituyó un proyecto de reformas ambicioso y prometedor; con planes positivos (estatuto catalán, reforma militar) y fracasos importantes (cuestión religiosa y reforma agraria); pero el error fundamental que Tusell achaca a esta etapa histórica, y que considera una lección que hoy mismo no conviene olvidar (cuestión vasca) es que “los partidos más importantes actuaron de forma semileal o manifiestamente desleal entre sí”, cuya consecuencia directa fue la descomposición del sistema (El Correo, 15-4-2001)

Por último, conviene no olvidar que si bien fueron muchos los errores y despropósitos del régimen republicano, que por cierto nació en la turbulenta etapa europea de los años treinta con el ascenso de los totalitarismos, el bagaje democrático de la Segunda República es impecable: extensión del voto para la mujer, aprobación del divorcio, separación ente Iglesia y Estado, extensión de la educación, encauzamiento del problema regional, separación de poderes, consagración de los derechos fundamentales de las personas, la protección social y un sinfín de medidas más que supusieron un notable avance político y social.